Martes, 13 de abril de 2021
Las opiniones de un experto: Luis Miguel Domínguez
Los toros y la biodiversidad
Junto a sus labores específicas, el Centro de Investigación del Toro de Lidia en Castilla y León realiza una meritoria labor de divulgación de temas ganaderos, que nos acercan a uno de los temas más apasionantes relacionados con la Fiesta. Dentro de esas tareas de difusión de las realidades ganaderas, ha difundido un interesante escrito del naturalista Luis Miguel Domínguez, en cuya haber se encuentra, entre otras, una interesantísima producción para televisión, "El Toro Amigo", que retrata la vida de un toro de lidia, reflejando con detalle su nacimiento, cuidados y crianza en la dehesa antes de que lo lleven a la plaza. En el escrito que tomamos en sus párrafos principales del fondo documental del CITL, Domínguez aborda otro tema importante: el toro y la biodiversidad.
Luis Miguel Domínguez
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No pretendo otra cosa con este escrito que rendirle homenaje sin mesura y con claridad a un animal y a un paisaje, sin los cuales España perdería su “ñ”.

Autenticidad, singularidad e historia natural se mezclan en el matraz de la ganadería de lidia. Los estudiosos y admiradores de la ecología, en el sentido más amplio, no pueden estar ajenos a esta verdad.

La presencia del toro de lidia en nuestros campos, no sólo es una realidad engendrada hace siglos, sino que hoy es una necesidad frágil y delicada.

La vulnerabilidad de este hecho ecológico le viene dada, según mi parecer, por dos caminos bien diferentes. Por una parte, por la vereda de la ideología, que en materia de protección animal ataca con frecuencia a la fiesta sin pararse a analizar con mesura, las desproporcionadas consecuencias que provocaría su desaparición de nuestra geografía.

Por otra parte, la amenaza que se cierne sobre la comprensión de este fenómeno en nuestra naturaleza, viene sembrada del mismo sector taurófilo, desde el que en más ocasiones de las debidas las cosas se hacen rematadamente mal y, aunque a favor del negocio del toro, en contra, a la larga de la ecología del toro.

A los primeros hay que recordarles que el 90% de los enclaves nacionales adehesados y de mayor valor ambiental insertados en el monte mediterráneo, están relacionados con el hecho ganadero en primer término y con el hecho ganadero de lidia de facto.

La biodiversidad que acogen estos parajes es portentosa e incuestionable. Por ejemplo, la población de lince ibérico de Sierra Morena Oriental, en estos momentos el núcleo de población con más posibilidades de resistir los pésimos datos que se ciernen sobre este felino único en el mundo, se asienta fundamentalmente en grandes fincas dedicadas a la cría de toros bravos.

Es el uso tradicional de ese suelo el que debe aquí tomar relevancia en el análisis exhaustivo, frío y calculador. Con los datos en la mano y esquivando las bombas ideológicas que de uno y otro sector –pro y anti taurinos– seguro que nos lanzan, hemos de dar protagonismo de una vez por todas a la ciencia.

Es evidente que cientos de miles de hectáreas de monte y dehesa, son ocupados por ganaderías de bravo y no por otros artilugios de la economía local más estridentes y nocivos para la biodiversidad ibérica.

En la medida en que las cuentas salgan a quienes crían los toros para alimentar a una fiesta de gran proyección, esos enclaves seguirán siendo lo que siempre fueron, tierra de toros.

Esta actividad ganadera, no choca frontalmente con los intereses naturalistas que esperan de la España de hoy lo mejor para nuestro patrimonio natural.

En el sector cinegético la cosa es muy diferente. Es verdad que en grandes fincas de caza mayor cohabitan águilas imperiales y cigüeñas negras con “reses” a abatir. Pero mi experiencia me dice que son todavía muchos los casos, por desgracia, en los que algún mal tiro se escapa en la dirección errónea y se matan especies protegidas por la ley, donde sólo la ley permite matar fauna cinegética.

Mis años de campo, también me llevan a reconocer que aún no le hemos ganado la batalla al veneno, y que hoy, ahora mismo, mueren en nuestros montes multitud de rapaces y carnívoros envenenados por aquellos matarifes que persisten en la infame y simplista norma de que la fauna libre compite con el negocio de la caza.

En el caso de la ganadería de toros bravos el término alimaña no significa otra cosa que no sea la definición irónica a cerca de ciertas reses resabiadas, y desde luego, en el ejercicio de las labores de crianza y cuidado de los toros no se mata ni un solo espécimen de la fauna libre. Tampoco debiera hacerse en el mundo de la caza, pero se hace impunemente a pesar de la gran información que hoy hay y de la severa legislación que separa a los escopeteros de los otros.

Volviendo a los toros, varios son los motivos por los que el beneficio a la biodiversidad valiosa de Salamanca, Madrid, Extremadura o Andalucía, por poner sólo unos ejemplos, se hacen casi simbióticos.

Por otro lado, la tranquilidad de la que hacen gala esas hermosas fincas por el hecho extendido entre la población de que los toros son peligrosos, aunque sabemos que este bóvido en el campo es un bicho más sin embestidas ni arrancadas de no verse hostigado y, desde luego, con un temperamento más propio de un ser tímido que de un ser valiente como glosan los amigos de la épica taurina.

Es cierto que la afluencia nula de público en el campo del toro, salvo la presencia asentada, reconocible y reconocida de los ganaderos, le hace la vida fácil a las especies silvestres más hurañas y desconfiadas.

Se han creado así reservas en las que poder reproducirse sin duelos ni quebrantos muchas de nuestras joyas zoológicas. El toro es, pues, garantía de tranquilidad y serenidad en la dehesa.

Recuerdo en este instante, el rodaje de mi película “El toro amigo”, y la búsqueda obsesiva por mi parte de unas localizaciones idóneas según mi parecer, para retratar al toro de lidia en una suerte de paisaje primigenio y virginal.

Seguro estoy de haber dado en el clavo, después de conocer a los hermanos Peralta y ofrecerme la oportunidad de rodar durante varias semanas en su finca “Cartacho” en Olivenza, provincia de Badajoz.

La seguridad me viene otorgada por un dato que no olvidaré. En aquel precioso lugar del lejano/cercano Oeste peninsular vivían 300 toros en 300 hectáreas.

El mayoral y su hijo eran los únicos humanos que transitaban por “Cartacho” y el resto de los seres vivientes además de los toros eran fauna ibérica protegida y sosegada por la tranquilidad y la hondura que aportaba el hecho ganadero dirigido por Don Ángel y Don Rafael.

Imposible pensar en una fórmula tan beneficiosa para la naturaleza de Iberia y mucho más cuando en los últimos tres lustros el ladrillo y los ladrones se han comido media España con recalificaciones e historias para no dormir.

¡Larga vida al mundo del toro pues!

Cuando más arriba utilicé el término “simbiótica”, lo hice conscientemente, pues quisiera incorporar un pensamiento que llevo madurando muchos años, a este artículo.

Ya hemos visto que la existencia de ganado bravo en un porcentaje importante de nuestros paisajes, principalmente mediterráneos, aporta seguridad y garantía de espacio para las especies más amenazadas de nuestra fauna, pero es hora también de reflexionar sobre cómo éstas enriquecen al mundo del toro.

Creo sencillamente que las reses criadas en ambientes naturales de gran calidad y diversidad zoológica y por tanto botánica, tienen un valor añadido que de algún modo debiera ponerse en valor en ese ángulo prosaico del sector taurino, en el que algunos sólo ven millones a cuatro patas y a otros nos gustaría ver economía de largo recorrido.

No puede ser el mismo animal aquel que ha crecido en un cercado y casi en un sistema de estabulación supina, que el que camina hacia el bebedero todos los días 30 kilómetros rodeado de abejarucos y esquivando a los jabalíes.

Nacer y hacerse en un ambiente de total libertad teniendo como vecinos al lince y al buitre negro, le da al cuatreño categoría y soporte cultural.

Desconozco los recovecos por los que el haz de luz de la ingeniería financiera más seria se podría abrir paso ante tantas prisas por rentabilizar la fiesta, pero convencido estoy que no se han explorado aún nuevas vertientes comerciales basadas en la ecología del toro.

El trapío, la casta y la personalidad de los toros de lidia no les vienen tan solo del diseño cromosómico de su estirpe. A los toros bravos, les hace el medio y si ese medio es de altísima  calidad mejor, y si es biodiverso, mejor que mejor.

Ya ocurre con los alimentos de nuestra tierra. Ya pasa hace tiempo que la denominación de origen o el hecho de que un producto sea de verdad etiquetado como ecológico le dé un valor añadido al mismo y sobre todo prestigio ante una parte de los consumidores que estamos dispuestos a pagar más por ello. ¿Por qué no con los toros de lidia?

¿Se imaginan en un cartel, describiendo a los astados además de por sus características corporales y sus curriculums sanguíneos por el hecho de haber nacido a doscientos metros de un nido de Águila Imperial o de ser vecino de

El mundo del toro precisa de la ecología, de la etnología y de la ciencia para enraizarse de manera firme en el campo abonado de la biodiversidad y del otro lado, los naturalistas, los amantes de los animales y los ecólogos –ecologistas a poder ser– deben admitir el hecho ganadero del toro de lidia como pieza imprescindible de la conservación de numerosos y valiosos hábitats de toda España.

Además de esto, está la cultura tradicional, la belleza, la historia.. También, el amargo y por muchos lícitamente incomprensible hecho de la muerte pública del toro, y la seriedad que ello conlleva y tantas y tantas cosas que le dan a la fiesta sentido/sapiens, es decir, tradición y contradicción al mismo tiempo.

Apasionante debate, que por ser apasionado en ocasiones pierde mi interés echando de menos más ciencia y paciencia.

 

►El Centro de Investigación del Toro de Lidia en Castilla y León, dependiente del Instituto Tecnológico Agrario de esa comunidad autónoma, se marcó de sus inicios dos objetivos fundamentales: por un lado, completar la Red de Centros de Investigación, con otro que respondiera a las demandas de un sector, en el que Castilla y León era ya la 2ª Comunidad autónoma en número de ganaderías, siendo Salamanca la provincia con mayor censo. Por otro lado, dar respuesta a las necesidades del sector. Dentro de ese proyecto se inserta el Centro Etnográfico y Bibliográfico virtual del Toro de Lidia.

Como centro especializado  de investigación busca potenciar la investigación y desarrollo de este sector ganadero y profundizar en el conocimiento de la raza de lidia, su comportamiento, manejo, genética, reproducción y alimentación, así como la mejora de la ganadería de lidia como fuente de riqueza cultural y económica.

A tal fin, el centro realiza estudios, ensayos y trabajos de investigación, atendiendo a las demandas concretas de los diferentes agentes implicados para la mejora de las ganaderías de lidia, sobre los diferentes aspectos de interés para el Toro de Lidia.