Martes, 20 de agosto de 2019
VALENCIA: Quinta de la feria de Fallas
"No mandé a mis toreros a luchar contra los elementos"
as apariencias engañan: detrás de ese conato de embestida, Rafaelillo tuvo que eludir la tarascada
No resulta fácil, ni hasta por simples criterios estadísticos, que en una sola tarde se puedan concatenar tantos elementos a la contra de todos: de la empresa, que no podía esperar semejante entrada; para el ganadero, que no añadió un milígramo de gloria a su divisa; para los toreros, que no tuvieron posibilidad alguna de alcanzar el triunfo; para el aficionado, que además de las inclemencias del viento y el frío no pudo dedicar un minuto a la admiración del Arte del Toreo.
T. Villegas

VALENCIA. Quinta de la Feria de Fallas. Algo más de un tercio de plaza. Tarde desapacible, ventosa y fría. Cinco toros de Miura, muy bien presentados, algunos incluso muy aparatosos, pero mansos y difíciles; en segundo lugar se lidió un sobrero de Valdefresno, mansote. Rafael Gil “Rafaelillo” (de fucsia y oro) , silencio y ovación. Fernando Robleño (de burdeos y oro), ovación y silencio tras dos avisos. Javier Castaño (de ceniza y oro, con cabos negros),  silencio y silencio.

“No mandé a mis toreros a luchar contra los elementos”, podría haber repetido el Rey castellano de haber presenciado la tarde de toros que este miércoles se vivió en Valencia. Como había dicho frente a la derrota de la Invencible. Lo mismo, pero en taurino.  Y es que todos los elementos se desataron para ponerse en contra del normal discurrir del festejo.

Frío como para irse a la búsqueda de la mesa de camilla; viento que si en el tendido molestaba, en el ruedo era un peligro; una entrada poquísimo digna para la categoría del cartel y de la Plaza; y para redondearlo, una miurada infumable: mucha carrocería, incluso con aparato cabecero, pero con el motor completamente averiado, desde el embrague hasta los frenos.

Viendo lo ocurrido durante la lidia del tercero, el viejo revistero habría adaptado a la ocasión aquello que en su día se hizo celebre: “Castaño, con ser Castaño, no pudo más que darle una docena de medios muletazos y sin parar los pies”. Con eso hubiera dicho todo. Y habría acertado de lleno.

Una corrida de Miura nunca ha sido fácil, ni aunque salga noble. La elasticidad de ese dichoso cuello, la capacidad para ir enterándose de lo que ocurre a su alrededor, la maldita manía de reponer antes de salir del muletazo… Si a ningún animal de la raza de lidia se le puede hacer las cosas mal,  intentarlo con un miura resulta sencillamente descabellado. A la de esta tarde, por si le faltara poco, hay que añadirle las malas intenciones, el regate en un palmo de terreno, la imprevisibilidad de sus reacciones frente al cite.

Con semejantes antecedentes --más que penales penosos--, la terna consiguió lo principal: dar muerte a espada a la corrida entera y salir todos de la plaza por su propio pie. Más no se podía pedir.

Si Rafaelillo se peleó honradamente con sus dos prendas, Fernando Robleño tuvo un 5º que era imposible que tuviera peores intenciones y Javier Castaño hubo de tirar de oficio, y en ocasiones de precauciones, para acabar con bien ante su lote.

Pero dicho todo lo anterior, resultaría infantil abjurar y demonizar ahora a la ganadería de Zahariche. Si algo indiscutiblemente tiene esta procedencia es su  marcada personalidad. Cuando se va a una corrida con miuras en el cartel se va a lo que se va. Los toreros también. Por eso un triunfo fuerte con esta divisa ha hecho rico a tantos toreros. Y el aficionado ha tenido la dicha de presenciar una tarde grande. Está claro: no es empeño para débiles de espíritu, sino para gente que, además de muy macho, tiene que ser muy toreros.

¿Qué hoy nos ha tocado una tarde de nones? Pues, si, es verdad. Y agradecidos que al menos se ha salido del tendido sin una pulmonía.  Pero ¿y si hubiera una tarde de síes?. No habríamos tenido manos para tanto aplaudir. Es la grandeza y la servidumbre, en definitiva: la verdad de la Fiesta.