Sábado, 7 de diciembre de 2019
La feria de 1966 y las consecuencias de un fracaso
Cuando Curro adelantó la llegada del verano al mes de mayo: 6 toros, seis estocadas, 8 orejas
Curro Romero, saliendo por la Puerta del Principe
"Curro, ya llegará el verano". Era el grito de consuelo que un partidario le gritó a Romero el 22 de abril, en la tercera tarde que el torero de Camas tomaba parte en la feria de 1966. Había sido de las peores ferias de Curro. Pero la fidelidad de su gente estaba asegurada; ellos le esperarían lo que hiciera falta. Pero no sólo reafirmó la fidelidad de lo suyos. Tras el fracaso se comenzó a fraguar la que sería la tarde más mítica del currismo: su encerrona del 19 de mayo, que saldó con 8 orejas y una multitudinaria salida por la Puerta del Príncipe, una de las cinco que tuvo en su vida torera. En aquel año, Curro quiso no hacer esperar a sus partidarios; por eso, hizo posible que el verano llegara a Sevilla con un mes de adelanto.
Redacción.- Servicio de Documentación.
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La feria de abril de 1966 fue, como recuerdan los aficionados,  la feria de El Viti, con la célebre faena al toro de Samuel que enamoró a la Maestranza, un idilio que jamás de disolvió. Fue mucho Santiago aquella tarde, y otras que vinieron después.

En cambio, a Curro Romero las cosas no le rodaron bien. En su última tarde --que hacia la corrida número 30 que mataba en Sevilla— Curro se  acarteló con Jaime Ostos y Paco Camino. Tarde aciaga.  Curro vio como los tendidos se le ponían en contra. Cuando Camino iba a hacerle un quite a su segundo toro, un espectador vino a consolar a su torero y le gritó desde el tendido: “Curro, ya llegará el verano”.

En el fondo, era una forma de decirle que lo pasado, pasado está; que sus partidarios seguían fieles allí, esperando la siguiente vez que volviera al ruedo maestrante. Luego, en el sentir popular aquel año pasó a los escritos por esta frase entre socarrona y de extrema comprensión, pero que, sobre todo, no fue precisamente marginal.

Y no lo fue porque Curro adelantó la llegada del verano y un mes después de aquel fracaso, formó un alboroto tremendo. Como bien contó años después en el Diario de Sevilla ese cronista notarial de lo que ocurre por Sevilla que firma Luis Carlos Peris, la idea partió de José Ignacio Sánchez Mejías, entonces apoderado del torero, y a Diodoro Canorea le pareció de perlas: matar en solitario una corrida extraordinaria el día de la Ascensión, que aquel año cayó en el 19 de mayo.

Por muy mal que hubiera estado en feria precedente, el primer éxito fue que puso el “No hay billetes”. “Curro puso el resto, mató la corrida de seis estocadas, dio la vuelta al ruedo en el sexto toreando con el capote, cortó ocho orejas, salió en hombros de una multitud por la Puerta del Príncipe y así llegó hasta el hotel Colón, quedando firmada el acta matrimonial entre la ciudad y el torero”, como recordaba Peris.

Se anunciaba el festejo a beneficio de la Cruz Roja y, naturalmente era jueves, como correspondía entonces a la festividad que se celebraba. En los chiqueros seis toros de don Carlos Urquijo, que resultaron boyantes y colaboradores. El balance que refleja la reseña decía escuetamente: una oreja con petición de la segunda, dos orejas, una oreja, petición y vuelta, dos orejas y dos orejas con petición de rabo.

En una crónica que tituló: “Curro Romero, único espada, cortó ocho orejas y salió por la Puerta del Príncipe”,  Manuel Olmedo –un gran periodista sevillano, que firmaba sus crónica de toros con el seudónimo de “Don Fabricio II”—escribía en la edición sevillana de ABC: “La tarde, encendida en entusiasmo, discurrió entre vibrantes clamores de rendida admiración por la lucida labor de un artista en racha de inspiración, ante unas reses de buena casta, nobles en grado superlativo, que cooperaron en notable medida al resonante trabajo del espada”.

El entusiasmo alcanzó su grado máximo --escribió “Don Fabricio II” entro apartado de su crónica-- cuando Curro dibujó ante el que cerró plaza unas verónicas soberanas, portentosas, insuperables, y remataba la serie con una larga cordobesa dechado de garbo. El prodigio se repitió en el quite y aquel toreó singular alcanzó el singular homenaje de la música  y la vuelta al ruedo del torero”.

Curro Romero –concluía Don Fabricio II-- se ha sacado la espina. Se ha rehabilitado totalmente ante la afición sevillana. En tarde memorable, de grandes logros, de plena fortuna, que le alcanzó incluso a la llamada hora de la verdad, ha hecho el toreo al estilo inmortal, ha creado estampas de embelesadora belleza, de plasticidad y ritmo arrebatadores, y ha provocado el entusiasmo de la multitud, que se le ha entregado generosamente, subyugada por la luminosa armonía de una labor pródiga en fascinantes matices”.

En un amplio despliegue gráfico, que se incluía en su página 5, el ABC sevillano titulaba escuetamente a modo de resumen: “Ya llegó el verano”. Y no se refería, claro está, al tiempo primaveral de Sevilla. Según se detallaba en el pie de foto, la frase la pronunció “con alborozo por uno de los aficionados”; sin hacer referencia a ello, era la respuesta espontánea y oportuna a aquel consuelo ante el fracaso de cuatro semanas antes.

En ese 19 de mayo fue, como bien escribió Luis Carlos Peris, la formalización definitiva de las relaciones de Curro y la Maestranza.  Una relaciones muy prolongadas en el tiempo: 198 paseíllos hizo en Sevilla, una cifra inalcanzable aunque pasen los años.