Sábado, 24 de agosto de 2019
VALENCIA: Quinta de la feria de Fallas
Diego Urdiales sigue explicando las verdades del toreo
Una corrida de Alcurrucén muy por debajo de lo que viene siendo habitual, no ofreció demasiado margen para mayores alegrías en la quinta del abono valenciano. Junto al episodio de la muerte súbita del 4º, los toros de la "P" salvo excepción y media estuvieron muy lejos de lo esperado. Pese a todo, la fría tarde se pudo calentar con una faena maciza y rotunda de Diego Urdiales con su primero, al que luego mató defectuosamente. La tarde discurrió con momentos muy interesantes de Miguel Abellán y con el buen ánimo de Padilla.
Redacción
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VALENCIA. Quinta del abono de Fallas. Menos de media plaza, en tarde fría. Toros de Alcurrucén, de bonita estampa y variados de capa, con correcta presentación, pero de poco juego; 1º y 6º, cinqueños. Juan José Padilla /(de fucsia y oro con cabos negros), ovación tras aviso y palmas.  Miguel Abellán (de blanco y plata), vuelta y silencio. Diego Urdiales (de marino y oro), ovación tras aviso y ovación tras aviso.

Para lo que suele ser habitual, los toros de la “P” decepcionaron en esta ocasión. Respondieron todos al tipo de los “núñez” que cría la familia Lozano, pero su juego bajó mucho. Por paradójico, no puede menos que alarmar lo ocurrido con el 4º; salvo de algún tipo de lesión interna --que los laboratorios de Canillas debieran estudiar--, cuando un toro se acuesta, exhausto y moribundo ya al comienzo de una faena, normal no puede ser. Es cierto que era un toro con escasas fuerzas, como ya en el tercio de banderillas dejaba entrever; pero de ahí a la muerte que tuvo media un abismo.

Pero en el resto hubo de todo, y poco bueno. Si vamos por lo positivo, lo mejor las nobles embestidas del 2º, después de un primer tercio irregular; tenía una magnífico pitón izquierdo, como bien aprovechó Abellán. Sin ser lucido dio juego el 3º, al que Urdiales entendió perfectamente, como en menor medida ocurrió con el último de la tarde, que ofrecía menos opciones. Del resto, poco o nada bueno que anotar.

Con tan poco material no por eso se dejaron de ver, también de admirar, momentos importantes. Y entre todos ellos, el macizo toreo de Diego Urdiales, que hoy estaba negado a espadas y por eso no rompió la tarde. Su forma de citar, su manera de llevar los engaños, el empaque de su figura…, todo eso no puede menos que resultar chocante entre tantas vulgaridades como se ven hoy en día. Desde luego, su faena con el 3º resultó excelente, con muletazos lentísimos, acompasados todos los movimientos, de una estética, en fin, profunda, sentida, sencillamente torerísima. Pero también con el irregular cinqueño que cerró plaza dejó más de una estampa de cartel.

Si se permite una digresión colateral, viendo cómo se desenvuelve hoy el torero riojano, viene de modo natural a la cabeza aquella ocurrencia de Felipe (González, claro está) cuando hablaba de los ex presidentes como “jarrones chinos”: son importantes (los jarrones, los exPresidentes no siempre) pero luego no sabe uno donde ponerlos, ni qué hacer con ellos; ningún lugar está establecido para ellos, ni se ha definido cuál debe ser su servicio. Lo que se dice una incomodidad.

Si se entiende en su verdadero sentido, Urdiales va camino de convertirse hoy en el “jarrón chino del toreo”.  Concibe y hace el toreo verdadero como muy pocos lo consiguen: con mando propio, como el que un Presidente ejerce con todo el poder personal que acumula en la Moncloa. Sin embargo, las empresas no acaban de saber dónde hay que colocarlo, metidos como andan en los juegos de intereses particulares entre los que se mueven. Canorea, por ejemplo, en la feria de los ausentes le  mandó directamente al desván, como los regalos de boda que uno no sabe que hacer con ellos y que, además, nunca se rompen, lo que sería un consuelo.

Lo único seguro es que ese lugar indefinido --y mucho menos el desván-- que ellos han elegido para Urdiales no es su sitio, el que merecen los quilates de sus formas de hacer y de pensar el arte del toreo. Entre las figuras consideran  --ellos sabrán por qué--  que no se le puede encajar, echarlo sistemático a las corridas duras supone tanto como perder oportunidades de gozar con su toreo. Ni los fervorosos elogios del gran Curro han movido un centímetro para recolocarlo mínimamente. La cuestión principal no es que ese modo de tratarle resulte justo o injusto; lo relevante es que quien pierde es la Tauromaquia misma de nuestros días.

También Abellán tuvo momentos brillantes, en especial toreando con la izquierda a su primero, un toro al hizo romper a bueno con su muleta. Una faena bien concebida y mejor realizada fue la suya. En cambio, un toro que era pura distracción, Abellán sólo pudo regalar a la concurrencias momentos aislados aunque muy buenos. Pese a todos, en los dos pudo tener mayor premio, si no se demora con los aceros.

Juan José Padilla, bullidor y animoso como siempre, sacó a pasear con intermitencias, las que imponían los de la “P”, todo su fondo de armario. Pero no pasó de ser una actuación más, sin momentos para retener en la memoria.