Sábado, 24 de agosto de 2019
VALLADOLID: Tercera de feria
Momento cumbre de José Tomás, al que dio réplica José Mª Manzanares
En esta ocasión no hubo que soñar nada, ni pellizcarse para comprobar si aquello era realidad o imaginación. Todo se hizo presente hasta con hiperrealismo. Una faena monumental de José Tomás al que hacía 5º de la tarde alumbraba un horizonte distinto de la monotonía que a veces nos inunda. Espadas al margen, ha sido de las faenas más rotundas, hasta más épicas, de lo que va de año. Al de Galapagar dio réplica en el ruedo vallisoletano José María Manzanares. Naturalmente, lo hizo por su palo, el que le marca el camino, de una estética magnífica, en una concepción muy diferente a la de su compañero de cartel.
A.P.C.
 Indecorosa corrida de Zalduendo para una tarde inacabable
 Talavante y Morante enseñan el toreo como pedía Víctor Barrio
 Los suspiros de España se reunieron en Valladolid

VALLADOLID. Tercera de feria. Lleno de “No hay billetes”. Dos toros para rejones de Luis Terrón, mansos y deslucidos; cuatro de Núñez del Cuvillo --el 2º bis como sobrero--, bien presentados y de buen juego, destacando especialmente el que hizo 3º. Leonardo Hernández, ovación y palmas. José Tomás (de verde botella y oro), una oreja y dos orejas. José Mª Manzanares (de grana y oro) dos orejas y una oreja.
José Tomás y José Mª Manzanares salieron a hombros por la puerta grande, que se abría por primera vez en esta feria.

Ha sido un gran tarde de toros, sin duda. Incluso cabría decir más: ha sido una apoteosis sincera de dos toreros muy dispares, que se llevaron detrás a todo el personal. Y lo de menos radica en los trofeos concedidos, a tres por coleta, sino la mucha sustancia que hubo en todo el festejo, muy macizo, rebosando de elocuencia.

Devuelto por flojedad manifiesta el primero de lidia ordinario, se dio suelta al sobrero, un cuvillo con su punto de brusquedad y aspereza. Cumplió bien José Tomas lanceándolo en los medios y luego en un quite lleno de quietud. A la muleta no llegó ni cómodo ni fácil. Pero el de Galapagar se puso en el sitio y para comenzar le recetó unos naturales de mucho mérito. Hubo a continuación las desigualdades que promovía el animal. Hasta que el torero le cogió el pulso de nuevo sobre la mano izquierda, con una serie de pura excelencia, para luego repetir sobre la derecha. Aunque no hubiera un mayor eco en los tendidos, allí hubo mucha verdad.

Fue con el que hacía 5º en la tarde, que era de buena condición, cuando José Tomás cinceló una faena monumental. Desde el primer momento en los medios, erguida la planta, como atornillado a la arena, toda la faena --que tuvo la buena virtud de la unidad-- peleará por convertirse en la faena de la temporada. Sencillamente había marcado distancias y diferencias dentro del escalafón. Era el terreno que pisaba, era la forma de citar, era ese toque suavísimo para provocar la embestida, era la muñeca prodigiosa para llevar al animal hasta con mimo, era la forma de traerse siempre a su enemigo a una mínima distancia de su cuerpo,  era, en suma, el toreo en toda su verdad.

Hizo guardia la primera vez que montó la espada, para luego entregarse a la segunda. Entrar aquí al debate, superfluo en estas circunstancias, si por el fallo con la espada resultaba excesivo los dos pañuelos que sacó el palco. A estos efectos, como si no hubiera sacado ninguno. Lo que se acababa de ver era una concepción del toreo profunda y distinta a lo que resulta habitual, la que le ha convertido en el fenómeno más trascedente de las ultimas décadas. Ante tal evidencia hay que rendirse. Valladolid lo hizo de forma clamorosa.

Para darle réplica a este torero, en el ruedo estaba José María Manzanares. Y se hizo notar, especialmente con su primero, el de más calidad de los lidiados, pero lejos de ser un toro de vuelta al ruedo, como se pidió. El alicantino, que se había explayado a la verónica, lo supo entender con la muleta;  con la de Beneficencia es una de las dos grandes faenas que se le han visto en esta temporada. Rebosante de una estética nada superflua, con buen sentido de la lidia, armónica de principio a fin, hasta en la administración de los tiempos. Lo mató recibiendo y, aunque la espada cayó ligeramente baja, tuvo efectos fulminantes.

Frente al que cerró la tarde, más apagado que sus hermanos, Manzanares trazó una faena limpia e incluso pulcra, pero sin los grados de emotividad de la anterior, con un toro que dimitió pronto.

En estos carteles modernos, la sustitución de un tercer espada por un caballero rejoneador ha cuajado. Lo ocurrido en esta tarde dice mucho de su inoportunidad.  En el momento más álgido de su carrera, Leonardo Hernández se estrelló ante dos mansos desclasados que imposibilitaron toda posibilidad de éxito. A base  de apretar con sus caballos, consiguió darles lidia y muerte. Pero la ausencia de ritmo y la inviabilidad de todo lucimiento, no hizo más que introducir lentitud y pesadez a una tarde que en la lidia ordinaria iba sobre ruedas. Para el torero a caballo fue una ocasión pérdida; para los tendidos, un tedio y una incomodidad.