Miércoles, 18 de octubre de 2017
En época un poco iconoclasta
El respetuoso sentido por la Historia
Fragmento de "La corrida", óleo de Fernando Botero
A veces quienes nos decimos aficionados olvidamos que no somos más que un eslabón que se remonta en los siglos y que, con toda legitimidad, aspira a que se prolongue ininterrumpidamente al menos otros tantos. A final, la Fiesta no es más que el resultado de la concatenación de muchos episodios, grandes y pequeños, que conforman la historia en su amplia y compleja extensión. Nuestros mayores tuvieron la prudencia de enseñar que hasta de lo más nimio que ocurre en un ruedo puede aprenderse, y mucho. Ningún elemento, por marginal que pueda parecer, debe considerarse superfluo cuando hablamos de toros. Por eso, la historia se conforma mucho más allá de los dimes y diretes que nos contamos los unos a los otros; la integran realidades que dan fe de cuánto supone transmutar el riesgo en arte.
Antonio Petit Caro

Cuando nuestra generación era más o menos como hoy es la de nuestros hijos, aprendimos de los mayores que para acercarse a la Fiesta de toros con el ánimo pronto de entender  su misma esencia, se hace necesario adoptar una postura, tanto intelectual como de ánimo, de un sereno respeto por todos los episodios, grandes y pequeños,  de la historia taurina en su amplia y compleja extensión. Pero, además, con ese sentimiento de sencilla humildad que da el saber que hasta de  lo más nimio puede aprenderse, y mucho. Ningún elemento, por marginal que pueda parecer, debemos considerarlo superfluo cuando hablamos de toros.

No valen, desde luego, esos clichés prefabricados que, a través de simplificaciones –perdón por ser redundante-- simplistas, tratan de reducirlo todo a unos pocos conceptos, que al final suelen quedan en lugares comunes, tan faltos de sentido como de realidad.  Y cuando tal se escribe, me estoy refiriendo, por ejemplo, a las vaguedades que en ocasiones oímos a gentes que se dicen entendidas, pero que todo lo dejan en añorar un pasado que muy probablemente no vieron y que nunca fue tan clamorosamente glorioso como afirman, o a pronosticar un futuro tan plagado de nubarrones que parecen augurar la proximidad de alguna suerte de "gota fría" sobre los ruedos.

Si se repasan con el respeto necesario  los Anales taurinos, tengo para mí que la gran lección que se puede extraer radica, ante  todo, en comprobar cómo la Fiesta ha tenido desde sus orígenes un profundo sentido dinámico y armónico, gracias al cual ha sido posible el milagro de preservar en el tiempo aquello que es propiamente esencial, sin que en este empeño influyera la probada capacidad de todo lo taurino para adaptarse a las circunstancias y condiciones cambiantes de los siglos.

Dejando a un lado otras consideraciones más o menos antropológicas, que ahora cabría hilvanar pero que mejor es omitir, esta creatividad dinámica que se contiene en el hecho taurino nace de un concepto que podríamos calificar de radical. Y es que la Fiesta de toros hunde sus verdaderas raíces en el hombre, más en concreto: en sus capacidades creativas, sea ocasionalmente torero, sea  criador de las reses bravas, o tenga cualquiera de los mil cometidos que se ven en todo este enmarañado complejo de tauropartícipes, incluidos quienes, sencillamente, nos sentamos en el tendido.

Sin un hombre que sepa conjuntar el sentido épico de cuanto ocurre en un ruedo y esa otra capacidad de intuirse un creador de arte, probablemente nunca habría existido la Fiesta de los toros. Ni cuando rudimentariamente era un juego de lanzas y caballeros, ni cuando como hoy un toro permite un sinnúmero de suertes, incluso si están mal planteadas y peor resueltas. Pero sin capacidad creativa, sin ese cierto criterio de construir una obra renovada cada tarde, la Fiesta no habría pasado de ser, para quienes la miramos desde el presente, uno de esos muchos anacronismos que estudiamos en la Historia.

De este concepto que liga tan estrechamente lo taurino con el hombre, toma su fundamento la razón última que explica el por qué de la Fiesta. Y tengo conciencia clara de lo que significa cuando sugiero que se comparta este  pensamiento. Precisamente por eso bueno resulta  insistir en muchas ocasiones en el sentimiento de respeto por cuanto vemos en un ruedo, ya sea en el triunfo, ya en el accidente de una tarde aciaga o, lo que es peor, en el traspié profundo de lo anodino.

Como bien se conoce lo que supuso la revolución que trajo el Pasmo de Triana, sin otros preámbulos viene a cuento recordar una anécdota que me llamó la atención, y además grandemente. Ocurrió en cierta ocasión en la que le convencieron para que, ante el público y en la plaza de Jerez, toreara una becerra en un improvisado tentadero organizado para unos visitantes ilustres. Aquel día a Belmonte, ya en el tramo final de su vida, no le preocupaba si podría producirse un percance, incluso estoy por afirmar que tampoco le quitaba el sueño si iba a  estar mejor o peor con la muleta; su preocupación primera se centraba en lo ridículo que supondría que una becerra pudiera trastocar en un momento toda la torería que correspondía a su historia. “No hay nada más grotesco  -vinieron a ser sus palabras- que caerse ante una erala, a la vista del público, con sesenta años y llamándote Juan Belmonte”. 

Como en este hombre tales sentimientos se alejaban kilómetros de cualquier creencia egocéntrica, así sólo puede pensar quien tiene un concepto completo de la Fiesta, en el que se entremezclan en riguroso pie de igualdad todos aquellos elementos que más directamente dicen del toreo, con esos otros que nacen de saberse, sin aspavientos ni extravagancias, parte de una Historia que por encima de todo, incluso de uno mismo, hay que preservar. La becerra de turno no habría revolcado a una figura señera, irrepetible; habría dejado en entredicho a la Historia misma del toreo. Esa era su verdadera obsesión de aquel día.

Estos sentimientos belmontinos, reflejan con nitidez el sentimiento que trato de explicar cuando recuerdo con reiteración que a una plaza siempre hay que acercarse con respeto, con el respeto debido a unos hombres que, sean conscientes o no de ello, tienen como objetivo último transmutar el riesgo en arte, hacer que algo fugazmente perecedero se convierta  en un eslabón más de una historia inacabable, de la que forman parte y a la que deben garantizar su prolongación en el tiempo.

Del sentido globalizador de lo taurino que encierran semejantes ideas, nace la razón más verdadera de la afición taurina, que de generación en generación ha llegado a nuestros días y que espero que, con el pasar de los años, también los que ahora son niños alcancen a transmitir a quienes  les sucedan.

Para servir de ayuda en tal empeño, aún en la dificultad de poder encerrar en unas pocas líneas lo que ha tardado siglos en protagonizarse en los ruedos, en pequeña medida, desde luego, pero a lo mejor estas consideraciones puedan tener alguna utilidad cuando el timón de nuestra afición común haya pasado a la siguiente generación, para que recuerden con cariño como un día, siendo todavía muy niños, se acercaron al  misterio bellísimo que tiene su epicentro en una plaza de toros.