Martes, 17 de octubre de 2017
Frente a la monotonía y la ausencia de emoción
La vuelta a la integridad del toro bravo, condición necesaria para la regeneración de la Tauromaquia
Visto lo que hasta ahora ha dado de sí la temporada, también mirando hacia atrás a los últimos años, se hace evidente que lo que precisa la Tauromaquia para su regeneración es que todas esas dosis de bravura y nobleza que se le han añadido al toro de lidia, para encausar su fiereza natural, resulten compatibles con el poder del animal, no que la sustituyan. Hoy cuando la sociedad dice apostar por lo auténtico, volvamos también a la condición natural de la raza, a su auténtico ser. Así nos ahorraríamos el aburrimiento de tantas ocasiones, así colocaríamos al arte del toreo en el pedestal que requiere. Ahí radica la verdadera revolución pendiente, la que se necesita en esta época.
Antonio Petit Caro
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Con su punto de ironía, escribía en estos días Andrés Amorós, cronista de ABC, que “el Ministerio de Educación ha inventado algo prodigioso: el alumno, en vez de «suspender», si no estudia, «no cumple los requisitos». ¡Admirable avance!”. Se ve que la palabra suspenso, tan diáfana de significado en el lenguaje académico, puede herir las sensibilidades actuales. Pues tomando pie de semejante “avance”, Amorós hacia su traslación a la realidad taurina: “¿Cumplen los requisitos estos toros? Para la comodidad de los diestros, supongo que sí; para el aficionado que quiere toros con fuerza, que ofrezcan espectáculo también en la suerte de varas, desde luego que no”.

A lo mejor apuntándose a esa vía de no herir sensibilidades, hace ya muchos años los taurinos inventaron su propio concepto. Eso de si “cumple los requisitos”  lo tradujeron por “el toro que sirve”, un término ambiguo que compromete a poco. Todo en esta vida sirve para algo, hasta una alcayata vieja y mohosa puede sacarnos de un apuro.

Y de eufemismo en eufemismo llegamos a la situación que impera hoy en día, cuando a una gran proporción de la camada de bravo se le ha hurtado uno de sus elementos fundamentales: el poder, bajo la creencia de que el fin del ganadero es criar toros que admitan 60 muletazos, buenos o malos da casi lo mismo. De hecho, lo que se ha conseguido, salvo unas pocas excepciones, es que todos los toros acaben siendo iguales, en lo bueno y en lo mano.

Sin embargo, el toro sin poder, sin ese fondo de casta de la buena, no puede emocionar, no permite revivir el riesgo que caracteriza de por sí al arte del toreo. Y si todo eso lo restamos a la Tauromaquia, la vamos despojando de uno de sus elementos fundamentales, hasta dejarla en cueros vivos. De la monotonía del toro vigente saltamos a la propia monotonía del espectáculo.

Por eso, la gran revolución pendiente, esa que nadie sabe si alguna vez los taurinos la dejarán nacer, por más necesaria que parezca, se basa justamente en la vuelta a la integridad del toro de lidia, que es un fenómeno que va mucho más allá de si las astas han sido o no manipuladas; por el contrario, se trata de regresar a su condición primigenia en todos los conceptos.

Los avances  incluso genéticos en la crianza de esta raza única han sido muchos, y buenos, en los dos últimos siglos. Pero de tanto toquetear a las leyes de Mendel, nos hemos pasado unos cuantos pueblos, tantos que nos equivocamos a la hora de fijar cuál es la estación final de este viaje.

Resulta evidente que este arte, para ser grande en toda su dimensión, necesita de dos elementos fundamentales: la emoción y el riesgo. Eliminados ambos nos situamos en las vísperas de convertir a la Tauromaquia en un arte escénico, en el que todo es bello, pero nada ocurre de verdad, todo queda en una representación.

Nada más comprensible que los deseos del torero por reducir los riesgos, que en su caso los paga con las femorales. También quien se sube al andamio preferirá hacerlo a la altura de un segundo piso que del 22, en un edificio que tiene 25 plantas; pero sin llegar hasta arriba del todo no se habrá construido el inmueble. Es lo que ocurre con el toreo cuando se borra del mapa ese concepto del riesgo: sin él, el edificio del toreo queda no ya incompleto, sino adulterado desde su misma raíz.

En lo que va de temporada, aún en sus comienzos, ya coleccionamos todo un rosario de tardes con toros “que sirven”, aunque no sea a la causa del arte. Servirán a la mayor comodidad del torero, o servirán a intereses mercantiles, que aunque sean aspiraciones legítimas, dejan desprovista a la Tauromaquia de su última razón de ser. Y ahí esta el mal, todavía reparable, pero al que nadie parece interesado en poner remedio.

Atravesamos ahora en la costera del toro regordío, argumentando que la romana no es razón suficiente para justificar su trapío. “Qué daño nos hace la tablilla de los pesos en los chiqueros”, suelen decir. En el lenguaje de los taurinos, en su picaresca también, en una primer instancia todo eso se trasluce en reducir el peso de los toros. Ellos entienden que es una causa buena y necesaria. Incluso se puede coincidir con esta tesis.  Lo que ocurre es que, como enseña la historia, si se les deja andar manipulado el tema, se acaba sustituyendo al cuatreño por el utrero adelantado. No sería la primera vez que ocurre, que en este mundo nunca se cumplió el viejo dicho “de este agua no beberé”: se ha bebido cada vez que vino en gana.

Parten de una apreciación que no se puede compartir: la satisfacción del aficionado –incluso del espectador ocasional-- la generan los 60 muletazos de la faena, como si el toreo se repartiera a granel. Y no es cierto tal principio; lo que de verdad levanta a los tendidos es la emoción y su gemelo el riesgo. ¿Quién se ha puesto como loco a aplaudir por un grandioso natural que se le dio al carretón o a una becerra en el campo?

Nada diferente cabría afirmar de esa primacía absoluta del encaste único y dominante. Reconducida una inmensa mayoría de la cabaña a un solo origen, nos privamos de la variedad que va intrínseca a las distintas procedencia. Pero aún más: hoy resulta que ahora constituye toda una novedad que en los carteles se anuncie otro encaste distinto del mayoritario. Incluso hay quienes presentan este hecho con signos de heroicidad, cuando debiera ser de lo más habitual. Ni Juan ni José, un muchos de los que le siguieron en el rango de figuras, jamás pudieron pensar en tal hipótesis: matar la corrida de Miura en las ferias entraba para ellos dentro de lo ordinario, de lo que habñia que hacer.

Anotemos colateralmente que el problema de los encastes  hoy minoritarios no radica tanto en su dificultad de origen; en realidad en su juego dependen del acierto con el que haya trabajado su  criador, por más que luego cuenten con muchas dificultades para vender sus camadas. Frente a otros, ahí esta el ejemplo de los victorinos para sacarnos de dudas. Pero hay muchos ejemplos. Sin ir más lejos, el prestigio de que gozan algunos de los minoritarios entre la afición francesa, que acabó por convertirse en el auténtico reducto del toro íntegro.

Los cambios no vienen prioritariamente del volumen, sino sobre todo del contenido que llevan dentro. Recordemos: no hace tantas décadas los santacolomas  que criaba la familia Buendía en San José de Bucaré, eran prácticamente fijos en las Corridas Generales de Bilbao; dentro de su propia tipología, no desentonaban de ese prototipo que siempre fue el hoy bastante abandonado “toro de Bilbao”, los mataban las figuras y ofrecieron muchos triunfos.

Todo lo anterior no puede entenderse como que se postule desde aquí un desandar lo hasta ahora andado en la mejora de la raza de lidia. No se trata depor los chiqueros salgan armarios de tres puertas, ni buscar eso que los taurinos denominaron tradicionalmente el “toro del Tío Picardías”. Como entiende quien tenga cabeza para pensar, no hay lugar para concebir que el objetivo actual tenga que ser la vuelta al uro salvaje que llegó a las tierras de Iberia. En modo alguno. Lo que se precisa es que todas esas dosis de bravura y nobleza que se le han añadido al toro de lidia, para encausar su fiereza natural, resulten compatibles con el poder del animal, no que la sustituyan.

Hoy, cuando la sociedad dice apostar por lo auténtico, que ya hasta las galletas de los niños tienen ser ecológicamente correctas, volvamos también a la condición natural de la raza, a su auténtico ser. Así nos ahorraríamos el aburrimiento de tantas ocasiones, así colocaríamos al arte del toreo en el pedestal que requiere. Tengo para mí que ahí radica la verdadera revolución pendiente, la que se necesita en esta época, la que nadie sabe si llegará a producirse, porque son demasiados los obstáculos que se le ponen en el camino. Sin embargo, en el cambio nos jugamos la continuidad en el tiempo.