Martes, 24 de octubre de 2017
Cuando Madrid se convierte en espejo para otras ferias
Tres referentes para el largo serial de San Isidro
Con el más largo serial de la temporada, Madrid pasa ser eje y espejo del momento actual de cuantos componen la Tauromaquia. Un compromiso grande cuando se va a ser referente para muchos. Entre otros muchos elementos que podrían abordase, aquí nos ceñimos a tres aspectos concretos: la adecuada y actualizada definición de lo que supone un "toro de Madrid". la imperiosa necesidad de que se de una unidad de criterio entre los distintos equipos llamados a presidir los festejos y la redefinición concreta de los valores que deben componer eso que podríamos definir como "una buena lidia".
Redacción

La feria de San Isidro no es sólo el serial taurino más amplio y diverso de toda la geografía taurina. Resulta, sobre todo, en lo bueno y en lo menos bueno un referente obligado, al que ir que mirando una y otra vez a lo largo de la temporada. Es lo cierto que torero y ganaderos se juegan mucho desde que se ven anunciados en los carteles. Pero no es menor el compromiso que esta feria supone para la propia Fiesta.

Entre los muy diversos elementos que van a ser como factor de comparación, hay que tres que hoy en día resultan especialmente interesantes de observar, sobre todo una vez comprobado como discurrió el abono de primavera en Sevilla

1. El primero de ellos, el más relevante, se centra en comprobar cuál  En cambio, animales que ligeramente pasaban de los 500kilosl caso de Garcigrande.e. la lidia.ud y altura,  carteles. es hoy el toro que exige y quiere la afición de Madrid. Por más que constituya un concepto bastante manido, no resulta luego tan fácil definirlo de forma inequívoca. Es evidente que se pide el “toro íntegro”, es decir en toda su  pujanza originaria de casta, de bravura, de trapío. Por más que parezca algo muy concreto, luego en la práctica se hace bastante difuso, por la propia singularidad del toro de lidia.

Parece claro que debiera descartarse el toro al peso; la mucha romana tan sólo le interesa al carnicero que luego deberá comercializarlo, pero anda dice a efectos de la integridad. Es más: en muchas ocasiones va contra la propia naturaleza de las cosas. Los kilos y pesos desproporcionados ayudan muy poco a la mayoría de los encastes a mostrar sus condiciones. Salvo casos, como los de Miura, de animales con mucha caja, longitud y altura, por meter muchos kilos en el tramo final de la crianza poco se gana. Por eso, la tabilla de toriles no constituye más que un punto informativo, del que no cabe extraer de antemano mayores consecuencia.

Bajo nuestro punto de vista, la integridad viene definida por el carácter ofensivo del toro, por su fondo de casta, por la fortaleza necesaria para afrontar la lidia y por su tipología, si responde o no a la propia de cada encaste. Lo demás son elemento que permite afinar más en el juicio, pero no son los esenciales.

En Sevilla se han visto grandes toros sin necesidad de que fueran una mole imponente. Lo relevante es lo que llevaban dentro. De hechos, los hierros que han fracasado coinciden en su mayoría con aquellos que estaban completamente fuera de tipo, como fue el caso de Garcigrande. En cambio, animales que ligeramente pasaban de los 500 kilos resultaron ser prototipos de pujanza y de bravura, también de emoción.

No resulta fácil que en Madrid, entre sus aficionados, se alcance ese consenso necesario sobre que es lo que hoy debe ser considerado como su toro. Poner de acuerdo a quienes ocupan el 7 con los que se sientan en el 1, nunca fue un empeño fácil desde José y Juan a nuestros días. Pese a todo, de esta San Isidro debería esperarse que, al menos, que todos nos acerquemos un poco al prototipo soñado y adecuado para el rango de esta plaza, sin ideas preconcebidas.

2. También siguiendo lo ocurrido en Sevilla, buenos seria que al comenzar este largo serial madrileño se alcanzara un punto de coordinación y de unidad de criterios entre los distintos equipos presidenciales que van a subirse al palco. Siendo reglamentariamente el taurino un espectáculo muy presidencialista, la influencia que tienen esas disparidades de criterios condicionan bastante su desarrollo.

La homogeneidad en la valoraciones a la hora de decidir la aprobación o no de una corrida;  el adecuado manejo del pañuelo verde, sin necesidad de esperar a que en los tendidos se forme una escandalera; el rigor a la hora de exigir el fiel cumplimiento de lo establecido para la suerte de varas; los criterios por los que se va a medir cuál es la petición real de un trofeo… 

Con tanto equipos presidenciales diferentes rotando en esa función, alcanzar una unidad de criterio no resulta fácil. Al final, quien lo preside es, antes que nada, un aficionado y como tal tiene sus propios criterios. Lo que ocurre es que quien se sube hasta el palco no lo debiera hacer desde su propia prisma --aunque sea legítimo--, sino en aras de mantener unos principios comunes y compartidos con la afición y los intereses de la Fiesta.

Un factor nada desdeñable: los aficionados tienen derecho a que el palco actúe con transparencia en cuanto se refiere la intrahistoria de un festejo. Carece de sentido que quienes sostienen el espectáculo se enteren por mentideros de dudosa comprobación si un día se ha producido o no “baile de corrales”, por ejemplo, y cuáles han sido las causas que los han motivado. Como resulta muy conveniente que faciliten información de si este o aquel toro ya estuvo enchiquerado antes en otra feria, o si tuvo problemas en el reconocimiento previo. Y nada digamos de los resultados de los análisis postmorten que están reglamentariamente obligados a realizar, que en muchas ocasiones se omiten y nunca se ponen en conocimiento del aficionado.

Y todo ello desde una base fundamental: el palco  preside y dirige reglamentariamente el desarrolla de la lidia, pero nunca debiera convertirse en el protagonista principal de un festejo. La experiencia ya enseña que los protagonismos indebidos van contra los intereses de todo, comenzado por quien ocupa ese sillón.

3. La buena lidia no sólo resulta ser lo que corresponde a la seriedad que debe mantener a salvo las Ventas, sino que se hace necesaria para el propio discurrir de la Fiesta en su conjunto, que así que concluya este ciclo toda la geografía comenzará a mirar hacia lo aquí ocurrido.

Y esa apreciación de la buena lidia se materializa en diversos elementos. Unos corresponden directamente al matador y su cuadrilla; otros responden a decisiones presidenciales y a las propias reacciones del público asistente.

Un baremo bastante atinado para definir la lidia como buena viene de la normalidad y el ritmo con el que se desarrolla, evitando los tiempos muertos innecesarios, que habitualmente son muchísimos. La mayoría de esos festejos que se prolongan por tres horas son debidos precisamente a esa falta de rigor y de orden en la dirección de la lidia. Entre otros elementos, bueno sería volver a poner en valor esa figura, que no es meramente decorativa, del director de lidia, hoy excesivamente desdibujada.

Y al poner en valor a esa figura hay que responsabilizarla, y premiarla, acorde con sus funciones. Por ejemplo, poner orden en un tercio de varas no es sólo competencia de su matador, también de quien ocupa ese lugar tan definido en la Fiesta; por tanto, no puede desentenderse de cómo discurren las cosas.

Dicho todo lo cual, no puede obviarse que los protagonistas principales de la lidia son sus intervinientes directos. Y así, por ejemplo, que un puyazo reúna todas las características que le son propias, depende en primer término del propio picador de turno, que no es lo mismo hacerlo trasero que delantero, ni puede ser igual si se provoca la embestida de una forma o de otra. En la misma medida que el de a caballo depende de las ordenes de su matador, a éste corresponderá ajustarse limpiamente a la práctica correcta de la suerte.

La práctica nos dice, en fin, que no será fácil de aplicar, cuando en los tendidos se reúnen tantas ideas preconcebidas, pero la buena lidia también responde a ese principio tan de aficionado de dejarse sorprender, incluso cuando la sorpresa va contra nuestros propios gustos o nuestras propias teorías. Dicho de otra forma: demos alas a la creatividad de todo torero, o a la singularidad de un toro, que a lo mejor salta lo nuevo cuando menos se espera; no apaguemos la vela de la sorpresa antes de ser prendida.