Jueves, 18 de julio de 2019
Desde una ejemplaridad a carta cabal
Dávila sin Miura
Eduardo Dávila Miura volvía ocasionalmente a Madrid, para matar la corrida de su Casa, al cumplirse su 175 aniversario. Volvía, nos dice aquí Juanma Lamet, "en busca de la heroicidad que no necesitaba, de la machada por la machada. Esa ejemplaridad a carta cabal, en una cita planteada sin fisuras, merecía ya el aplauso. Cuando uno torea en Las Ventas y frente a los toros de la legendaria divisa verde y negra, el vestido tiene que pesar tres kilos más". Pero luego "no hubo Miura, y sin Miura se nos apagó un poco Dávila".
Juanma Lamet

Eduardo Dávila Miura ha vuelto hoy a los ruedos porque sí. Sin más motivo que la efeméride del 175 aniversario de la ganadería de su familia. O sea, porque sí, que es el motivo más torero que hay. En busca de la heroicidad que no necesitaba, de la machada por la machada. Esa ejemplaridad a carta cabal, en una cita planteada sin fisuras, merecía ya el aplauso. Cuando uno torea en Las Ventas y frente a los toros de la legendaria divisa verde y negra, el vestido tiene que pesar tres kilos más.

Sombrerazo al gesto sin gesta, cómo no. Pero ocurre que el destino a veces baraja las cartas a mala fe, y sus dos miuras fueron devueltos. Entonces, a Eduardo, que ya no tenía nada que celebrar, se le debió de apagar un poco esa llamita que lo trajo a San Isidro. Sin Miura no hubo Dávila.

Habrá otras tardes, tiene que haberlas.

Se presentó Eduardo fino, con los surcos de la veteranía marcados en el rostro. El lunes tentó en “Tapatana” cinco novillos y se quedó a gusto. Vino preparado. Concienciado, aplomado. Masticando el miedo con la entereza del conferenciante que enseña a los demás a domarlo.

Sus alumnos del Club de Aficionados Prácticos Taurinos, sus familiares y sus amigos se hicieron una foto en la explanada de Las Ventas, frente al monumento al encierro. Allí los juntaron Nacho Moreno de Terry y Rafa Peralta Revuelta, la otra cuadrilla de Dávila. Ellos tres han logrado que el sueño de sentirse torero se convierta en un caladero de felicidad. Sus cursos merecen el Premio Nacional de Tauromaquia. O viceversa, más bien.

Rompió Dávila, asolerado, el paseíllo junto a dos toreros que han sido sus poderdantes, Rafaelillo y Rubén Pinar. La tropa empujaba lo suyo. Cómo será Sevilla que obligó a saludar a su torero en Madrid, acertaba Madueño (cronista de la feria junto a Barquerito, que no cuenta).

Dávila no pudo cumplimentar la efeméride porque a ´Africano´ lo devolvieron por flojo y manso. Salió ´Iluminado´ de Buenavista, tirando a zambombo pero bueno, y Eduardo no logró acoplarse, excepto en los pases de pecho por el izquierdo, monumentales. Se diluyó la cosa.

Tampoco el quinto mereció morir en el ruedo. Florito lo bordó, por cierto. Salió un sobrero de El Ventorrillo y Dávila, definitivamente sin Miura ya, lo intentó y se gustó, pero la faena no llegó a elevarse. La inactividad se notó hasta que Dávila tiró la ayuda y toreó al natural por el derecho. Apuntados quedaron dos muletazos notables.

Como apuntada queda la grosería atávica del Fondo Sur, que hizo todo lo posible por descentrar al diestro sevillano. Lo masacraron en una tarde aislada, con los miuras y sin nada que ganar. Qué bonito. Criticar es una cosa, el ´bullying´ es otra. Hubo dos o tres ´hooligans´ que gritaron al torero cuando entraba a matar al quinto. ¿Para qué? ¿Para que se equivocara? No abominar de eso tiene un nombre: síndrome de Estocolmo.

Lo intimidaron porque sí, pero él se había apuntado a la machada porque sí, y ambas cosas se contrarrestaron. No se arredró. Saludó desde el tercio en medio de una división de opiniones que delimitaba bien el ánimo de la plaza.

En fin, que no hubo Miura, y sin Miura se nos apagó un poco Dávila. Habrá otras tardes, tiene que haberlas.