Sábado, 21 de septiembre de 2019
SEVILLA. Cuarta del ciclo feriado
Emilio de Justo, dos faenas sin premio
Se justificó Emilio de Justo en su presentación en Sevilla (Maestranza-Pagés)
En la cuarta función del ciclo, el sábado en el que Sevilla entró oficialmente en su feria, Emilio de Justo cuajó la actuación más sólida de una tarde que se vivió pendiente del toro. Positivo su paso por la Maestranza, aunque no pudiera redondearlo con los aceros. El único trofeo se lo llevó Antonio Ferrera por un trasteo abigarrado y pulcro pero de orden menor. Manuel Escribano se marchó de vacío después de intentarlo casi todo; a lo mejor es que faltó algo de convicción.
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SEVILLA. Cuarta del ciclo feriado. La plaza registró un lleno aparente --con anchura en los tendidos--, en tarde primaveral y progresivamente fresca.

Toros de Victorino Martín, correctamente presentados pero sin estridencias. El primero, orientado, tuvo viajes muy cortos; el segundo fue una alimaña fiera y a la defensiva; duro e incierto, también importante, el tercero; con muchas teclas de tocar y mucho fondo el cuarto; soso y manejable el quinto; manso y duro el sexto.

Antonio Ferrera (de amapola y oro), ovación y oreja

Manuel Escribano (de tórtola y oro), ovación tras aviso y leve división de opiniones

Emilio de Justo (de marino y oro), ovación tras aviso en ambos

Incidencias: La Infanta Doña Elena asistió al festejo del palco de los maestrantes; los tres espadas le brindaron uno de sus toros.. Dentro de las cuadrillas destacaron Javier Valdeoro, Fernando Sánchez y los picadores Antonio Prieto, Curro Sánlúcar, Juan Francisco Peña y Germán González.

 

La apuesta era a todo o nada. Y la embestida de ese tercer “Victorino” se asemejó por momentos al resultado incierto e inquietante de una ruleta rusa. Cada cite era una moneda al aire que podía salir cruz. Pero salió cara. Y lo hizo gracias a la indeclinable firmeza de Emilio de Justo, bien maridada con un sentido hondo y clásico del toreo que cayó de pie en su debut baratillero. Ese tercero, que había salido muy suelto del caballo, llegó a la muleta sembrando dudas. Pero el diestro cacereño las resolvió jugándose el tipo en una labor tan emocionante como armoniosa que rompió por todo lo alto en dos enormes series diestras dictadas en el mismísimo filo de la navaja. Pero lo mejor estaba por llegar. Emilio se cambió el engaño de mano y rompió la embestida toreando por naturales. La plaza se entregó a la vez que lo hacía el matador extremeño, que aún apuró esa obra por el mismo palo, citando a pies juntos y despidiendo a su exigente enemigo con un enorme pase de pecho. Lástima que la espada no quisiera unirse a la fiesta. La oreja que no llegó no podía tener más verdad.

 

Pero no iba a ser el único trofeo perdido por Emilio de Justo, que volvió a echar toda la carne en el asador para despachar al sexto, otro toro complicado y con muchas teclas de tocar, al que picó con maestría el varilarguero algabeño Germán González. De Justo lo había recibido con sabrosos capotazos a rodilla flexionada que remató con una media mejor todavía. Con la muleta en la mano sabía que volvía la batalla. Se la planteó con toques fuertes, muy apoyado en la voz, comprobando que el animal topaba a regañadientes por el pitón derecho. Después de ese largo sobo se echó el trapo a la izquierda y volvió a enseñar porqué se habla tanto de él en las esquinas del toreo. Emilio de Justo volvió a romperse al natural hasta poder por completo a su enemigo que, acobardado, tomó el camino de las tablas. Hubo que tirar de él hacia la raya para comprobar quién había vencido. Tenía, una vez más, la oreja en la mano pero los aceros se pusieron a la contra. Hay que verlo más.

 

Un buen pase de pecho de Ferrera (Maestranza-Pagés)

El único trofeo de la tarde se lo llevó Antonio Ferrera, que supo escenificar una lidia global que siempre caló en el público. Con el toro que rompió plaza mostró su virtuosismo capotero parándolo con la bamba y andándole con torería –un punto teatral- hasta los mismísimos medios. Sus hombres anduvieron a buen nivel con los palos y Ferrera comprobó que el bicho era casi tan listo como él. Supo tomarle el aire, vender bien la mercancía y hasta torearlo con cierto relajo por ambos pitones después de arrojar la espada de ayuda a la arena. Un pinchazo y una estocada fueron el preludio de una larga y espectacular agonía. A Ferrera se lo agradecieron con una ovación.

 

Ferrera volvió a emplear esa lidia escénica para parar al cuarto, un toro que se guardó todas las fuerzas sin emplearse apenas en el peto. Le dieron duro desde el penco pero el bicho, que dio guerra a los de plata, llegó a la muleta con un fondo de cierta importancia que Ferrera supo extraer en el primer tramo de su faena, partida en dos por un inoportuno desarme. No importó demasiado. La música también se alió –incansable- para animar el cotarro y devolver el hilo perdido a ese trasteo que, poco a poco, fue remontando el ritmo. El diestro pacense supo vender bien su género y su labor, más compacta al final, cayó de pie en la parroquia que no dudó en pedir y obtener esa oreja después de que Ferrera despenara al animal de una estocada trasera y un punto perpendicular.

 

Poco más hay que contar de una tarde que le pesó más de la cuenta a Manuel Escribano. El valeroso diestro de Gerena volvió a tirar de sus mejores armas: recibiendo a ambos toros a portagayola; banderilleando en todos los terrenos; tirando de repertorio... pero se le vio falto de esa alegría interior que siempre ha sido una de sus mejores bazas. El segundo de la tarde no era bocado de gusto. Era la clásica alimaña de la casa Victorino que llegó a alcanzarle el muslo al primer descuido. Con el soso y manejable quinto –bien picado por Juan Francisco Peña- se le notó algo atenazado, espeso de ideas. Algunas voces intransigentes se pusieron a la contra. El bicho, que iba y venía, también tenía sus defectos, pero Manuel no acertó a buscarle las vueltas. Este año no tiene otra tarde para resarcirse.