Jueves, 22 de agosto de 2019
MADRID: Vigésimo octava del abono de San Isidro
Otra cornada grave, ante una corrida imposible
Francisco J. Espada dejó momentos bien logrados. (Plaza 1)
Los antiguos "juanpedros" con los que se formó esta ganadería han quedado ya muy en el olvido. En poco menos de 10 años las señalas del encaste originario ya no aparecen ni por equivocación. El resultado fue una corrida dura y con muchos problemas, de la que tan sólo el que hizo 6º tuvo algún atisbo de bravura, y en buena medida gracias a la templada mano de Eugenio de Mora. Junto a la firmeza de Francisco J. España, en la historia de la tarde hay que anotar otra cornada de importancia; la sufrió el colombiano Sebastián Ritter, cuando trataba de realiza un quite. Y plaza con una entrada deplorable.
Redacción
 Cornada gravísima de Román
 Lo de Alcurrucen, tampoco a la segunda oportunidad
 Una expectación fallida
 ¿No se quiso conceder una oreja, o lo que no se quería era abrir la Puerta Grande?

MADRID.- Vigésimo octava del abono de San Isidro. No se llegó ni a la media entrada: según la empresa, 11.559 espectadores (el 48,9% del aforo), en otra tarde con demasiadas corrientes de aire en el ruedo.

Toros de El Ventorrillo (Fidel San Román), todos cinqueños --algunos, muy pasados--, de 573,8 kilos de promedio y con abundancia de pitones.  Una corrida dura y correosa, violenta siempre y que no conocía la palabra humillación. Más toreable el que cerró la tarde, sin por ello tapar el grado pésimo del conjunto.

Eugenio de Mora (de azul primavera y oro), pitos tras dos avisos,  silencio  y una oreja tras dos avisos, en el mató por Ritter. Sebastián Ritter (de azul cobalto y oro), silencio tras un aviso y herido. Francisco José Espada (de perla y plata), silencio tras dos avisos y silencio tras un aviso.

Incidencias: Al realizar un quite al 4º de la tarde resultó herido Sebastián Ritter, pasando en brazos de las asistencia a la Enfermería, para ser atendido por el equipo que dirige el Dr. García Padrós.

 

PARTE FACULTATIVO DE RITTER:  

 “Herida por asta de toro en cara interna 1/3 medio pierna derecha, con una trayectoria hacia arriba y hacia cara externa de 20 cm que lesiona vena safena interna, produce destrozos en músculos gemelos y contusiona arteria y nervio tibiales posteriores. Herida superficial en pliegue inguinal derecho. Es intervenido quirúrgicamente bajo anestesia general en la Enfermería de la Plaza de toros. Se traslada a la Clínica de la Fraternidad Muprespa Habana. Pronóstico: Grave, que le impide continuar la lidia”.

 

Se dice y no se cree. Pero cuando se inició esta ganadería era puro juanpedro. Y sobre esa base Paco Medina la llevó de su mano a un momento cumbre. Sin embargo, con tanto cambio de mano y de criterios, hoy Fidel San Román la ha situado en lo que lunes se vio en Las Ventas. Esto y el encaste juanpedro  lo que un huevo a una castaña. 

 

Cuánto se necesita una limpieza a fondo en eso que se moteja como el monoencaste; el “procedente de…” ya no dice nada que deba tenerse en cuenta. Probablemente es una utopía irrealizable, pero habría que soñar si en el campo bravo no se puede implantar el certificado de Denominación de Origen. Ya de paso, habría que repensar si los petardos ganaderos  no deberían tener también sus consecuencias, sobre todo cuando son reiterados, como es este caso.

 

Pero si dejamos al margen semejante petardo, hubo al menos tres cosas interesantes a dejar anotadas. La primera, la templada madurez de Eugenio de Mora, que cuajó una meritoria faena con el toro que cerró la tarde, el único que tomaba los engaños y que fue a más gracias a la mano del torero toledano. Antes se había topado con dos armarios vacíos, con los que además el torero y su cuadrilla no terminaron de entenderse en el manejo de los aceros: imposible de llevar la  cuenta de los intentos de atronar al toro.

 

La segunda, la inesperada firmeza del colombiano Sebastián Ritter, que de estar parado se encontró con un ventorrillo como para perder las ganas en esto del toreo. Luego, además, se llevó el regalo de una cornada grave.

 

Y el tercero, la empeñada tarea que desarrolló Francisco José Espada, por encima de sus dos enemigos, que luego emborró con la tizona. Pero al menos se justificó.