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Las incógnitas de lo variable superan a las certezas
Cuando el negocio taurino se hace impredecible, algo falla en el conjunto de la Fiesta
Hasta casi cuando suenan los clarines, el empresario no tiene seguro si ese día va a trabajar a pérdidas o a ganancias. A diferencia de otras épocas, que ya forman las nostalgias del pasado, hoy en día el hecho de anunciar a tres figuras juntas no resulta suficiente para de antemano tener garantizado el éxito. En unos casos será por que sus honorarios no guardan proporcionalidad con las posibilidades de los ingresos; en otros porque se dan mil factores distintos en razón de los cuales una plaza se llena o no. En una realidad como la de hoy, con muy pocos nombres que levanten entusiasmos ante la taquilla, cuando las situaciones económicas son las que son, en algo deberá reinventarse el negocio taurino, porque cuando sus resultados se hacen impredecibles, es que algo falla en la Fiesta.
Actualizado 29 mayo 2016  
Redacción. Servicio de Documentación   
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Así como resulta ser cierta con carácter universal esa definición que Carlos Núñez, Presidente de la UCTL, hizo acerca del “toro predecible”; así como un aficionado asiduo puede defender sin riesgos criterios seguros sobre el momento que en cada etapa del año vive un torero, siempre a salvo del comportamiento que tenga el toro que le corresponda; de la misma manera llega un momento en el que cabe afirmar que lo más impredecible de todo en este mundo del toreo radica en cómo se va comportar la afición, que al final es quien debe soportar el peso de la actividad.

¿Hay criterios seguro para predecir la entrada?

El otro día, en una fecha de las grandes en su feria del Corpus,  comparecieron junto en la Monumental Frascuelo, de Granada, Enrique Ponce, Sebastián Castella y Roca Rey: balance, media entrada. Dos días después: El Juli, López Simón y Roca Rey; balance: media entrada. ¿Eso era lo que esperaba la Empresa después de reunir a tres toreros que hoy están en dinero? Pues muy probablemente, no.

Pero por esas fechas Sevilla anunciaba a tres novilleros nuevos, poco conocidos aún en el gran circuito, y registró tres cuartos de entrada. En otro lugar difícilmente habría ocurrido, pero en la Maestranza jugaba a su favor que se trataba de tres verdaderas promesas locales, que como tales tienen sus partidarios. Ese solo factor localista ya modificó la aceptación del público, pese a que la fecha del Corpus había sido declarada formalmente por la empresa Pagés como “ruinosa” y por eso rechazó la oferta de Morante para torear en ese día, precisamente con el propósito de recuperarlo taurinamente. Visto lo visto, hoy se estarán dando con un canto en los dientes.

En estos día Bilbao anuncia como una de sus novedades para frenar deserciones en  agosto un mano a mano de Manuel Escribano con Paco Ureña en la corrida de Victorino Martín, que se ha colocado en el jueves central, que siempre fue uno de los días importantes a efectos de taquilla. ¿Lo van a conseguir?. Pues, ya veremos; nada es seguro. En la edición de 2015, el ultimo domingo y también con las reses del ganadero de Galapagar actuaron “Rafaelillo”, Escribano y Ureña; balance, un tercio de entrada. Y en 2014, también la tarde del cierre de la feria, los “albaserradas” los lidiaron “El Cid”, Diego Urdiales y Luís Bolívar; balance, media entrada. Con tales antecedentes, ¿alguien se atreve a predecir que aceptación tendrá el cartel confeccionado para esta Semana Grande? Prácticamente imposible, dada las múltiples variables que inciden en el ir o no a las taquillas.

Tres ejemplos muy distintos que llevan a sostener lo impredecible que resulta estimar de antemano la entrada que va a registrar una plaza. Si los movimientos en la afición siempre han sido volubles, como históricamente ocurrió con todas las manifestaciones de las artes, en nuestros días, además, nos vemos afectados, entre otros factores, por los altos precios de las localidades y por los efectos sociales de la crisis: el dinero disponible en los bolsillos no da para todo lo que a uno le gustaría hacer.

El difuso tirón de las figuras

Pero al tratar de buscar una aproximación a la cuestión, buscando elementos que hagan algo más predecible el empeño del empresario, comprobado está que en estos momentos hay un solo torero que, incluso ahora cuando no todas las tribunas públicas reman a su favor, garantice el lleno y que, además, tire del abono; se llama José Tomás. Esta es una realidad objetiva, más allá de la valoración que cada cual haga.

Pero hay otros dos toreros que animan la taquilla más que los demás; se trata de Morante y El Juli. Antes con ellos formaba trío Manzanares, ahora por lo general menos, esperemos que con carácter circunstancial. Y luego, según casos, aparece el “torero local”, figura muy cambiante y hoy un tanto controvertida, especialmente cuando se trata de un espada que no está tocado por la varita mágica, sino que nace del empeño de un grupo de aficionados, que salen defensores de su causa.

El resto del escalafón, con plena independencia de su valía objetiva, anda colgado de factores exógenos: en qué plaza, en qué fecha, con qué compañías, con cuál ganadería… hasta de la climatología de la tarde.

Pero fuera del caso de José Tomás, ya es una pura nostalgia tratar de revivir, por ejemplo, aquellas novilladas de Aparicio y Litri que desplazaron de los carteles a tantas corridas de toros. O la irrupción revolucionaria de Manuel Benítez, que obligó a cambiar las programaciones. En la historia de la Tauromaquia todo tuvo siempre su momento y sus circunstancias, que siempre fueron irrepetibles. En la actualidad, parece, además, como si entre todos hubieran puesto las circunstancias necesarias para que el nuevo revolucionario no salga, no sorprenda a todos de improviso.

Debe reconocerse que en buena medida este limitado tirón de los toreros guarda bastante relación con el vertiginoso descenso del porcentaje de aficionados con respecto al aforo total de los asistentes, que son dos categorías de espectadores cada vez más diferenciadas. Por las nuevas exigencias de la vida diaria, eso de ir de feria en feria detrás de éste o de aquel torero, como hacían décadas atrás no pocos aficionados, ya se ha hecho económicamente insostenible. Hoy hay que moverse básicamente con el público local.

En consecuencia, en una parte, pero no en el todo, la predictibilidad acerca del grado con el que  empresario conseguirá llenar la taquilla, viene en función de a quien contrate. Como fue toda la vida…., hasta hace un par de décadas. Y es que en la actualidad se entrometen factores nuevos que hacen que no necesariamente la entrada vaya en proporción directa con la vitola del cartel.

En este sentido, para apoyar la viabilidad en el mundo de los negocios se cuenta con herramientas que lo facilitan. Nadie, ni Zara --que se ha hecho universal--, lanza un producto al mercado sin un previo estudio de marketing y hasta de un estudio de por dónde van las modas. No constituye una ocurrencia afirmar que, frente herramientas tan contrastadas como esas, el empresario taurino se mueve generalizadamente por intuiciones, sin otro rigor que lo que perciben en tertulias de taurinos, que al final resultan ser prácticamente fijos en los tendidos. Y las intuiciones no siempre conducen a la verdad, encierran demasiado valor subjetivo.

La controvertida economía taurina

Un botón de muestra, sobradamente conocido: El domingo de Resurrección de 2013 en Sevilla torearon  Morante, El Juli y Manzanares. Se puso el No hay billetes. La empresa declaró semanas después que había perdido 96.000 euros. En 2016, también con todas las figuras ya en el abono, los responsables de la empresa Pagés han declarado que ha sido “una feria  ruinosa”.

Otro: A raíz de su experiencia en 2012 y en Valencia, una plaza a la que insufló nuevos aires, Simón Casas declaró de forma rotunda que “en Valencia he perdido dinero, no me extraña, me lo esperaba, pero nuestra economía empresarial no debe ser un pozo sin fondo”.  Pero ahí sigue peleando por el coso de la calle Xativa.

Pues bien, realidades empresariales como éstas, como muchas otras de la misma naturaleza que se dan de forma cotidiana y que se podrían traer a colación, resultarían de todo punto inexplicables por los profesores de una Escuela de Negocios a la hora de exponer a sus alumnos la naturaleza de un negocio como el taurino. Alucinarían unos y otros. ¿Como se puede mantener en el tiempo un sistema que constituye un “pozo sin fondo” para sus promotores?, ¿cómo cabe emprender una actividad de negocio sin tener una idea suficientemente aproximada acerca de si el producto que ponen en el mercado tendrá o no aceptación?.

Con los cánones de la vida actual,  ese profesorado como mucho podrían explicar que o bien que ese promotor ha perdido el sentido común y por tanto hay que ponerle bola negra entre la clientela del sistema financiero, o bien se trata de un recorrido típico de los que buscan blanquear dinero. De lo primero es posible que haya casos; afortunadamente de lo segundo la industria de los toros, que se sepa, no tiene ejemplos, o son completamente marginales con respecto a otros sectores y, desde luego, no promueve escándalos como todos los días se leen en la prensa. En último caso, porque somos más “quijotes” que la media.

Sin embargo, la vida real se aleja mucho de la lógica de ese docente que trata de racionalizar lo que ocurre en la Fiesta. Lo que en la Escuela de Negocios es la conjugación ponderada de los conceptos rentabilidad-riesgos, en ocasiones en el mundo del toro se sustituye por un término muy bonito pero no económico: romanticismo. Lo que ocurre es que casi todos los románticos que en el mundo han  sido, acabaron en la ruina, salvo que un amigo pasara a administrar sus bienes por las buenas o por las malas. Cuántos taurinos míticos han engrosado esta lista a lo largo de la Historia. Pero siglo XXI y romanticismo, salvo en la literatura y en las nostalgias, hoy no casan ni el mundo del toro.

La única hipótesis que medio se sostiene como explicación, para quien se maneja con la leyes de la economía, pasa porque ese empresario, pero ante todo quien sea su socio capitalista, no busca la rentabilidad económica, sino la rentabilidad social, el ascenso y el reconocimiento de la sociedad en la que vive. En este empeño, lo que pierden con el toro se convertiría en una inversión a fondo perdido para alcanzar ese otro objetivo inmaterial, que luego ellos ya se preocuparían en rentabilizar en términos económicos en otros campos.

Y, en efecto, hubo una época, ahora mucho menos, en la que semejante papel se le adjudicó de forma habitual a esa figura que, en términos un tanto despectivos, se denominaba “el ladrillero”, un genérico que no sólo acogía a los constructores, sino a otros muchos oficio. Llegó a abundar esa especie singular, pero no sólo en los toros; sin ir más lejos, también en el futbol. La crisis del ladrillo y todo lo que trajo detrás, que tantísimos quebraderos de cabeza ha dado y sigue dando a nuestra economía, se los llevó por delante en su gran mayoría. Ya resulta extremadamente difícil encontrar un “caballo blanco” que trabaje a pérdidas. A la relevancia social también se le ha tasado un precio razonable.

Con lo cual, ahora nos encontramos que si no se racionaliza la actividad de negocio, hasta los términos convencionales de una economía moderna, lo que se pone en juego no es ya la cuenta de pérdidas y ganancias, sino la Tauromaquia en sí misma, su continuidad.

La economía convencional ofrece vías de solución

En una conferencia que pronunció en el año 2014 en Sevilla, se localiza una verdadera y certera perla en boca de Emilio Muñoz: "Hemos visto llenarse la plaza cuando el público ha encontrado argumentos interesantes a precios adecuados. Y ahí es donde tiene que entrar el compromiso de los toreros. El arrendamiento y el honorario de algunos toreros es el gran montante del presupuesto de una corrida. Si esos toreros tienen el compromiso de amoldarse a la situación que vivimos hoy, podrían arreglarse muchas cosas".  El sentido común del torero trianero, el último y mas verdadero belmontista que se vistió de luces, no puede ser más contundente.

Según esta tesis tan sensata, ofrecer “argumentos interesantes a precios adecuados” es el camino, cuando además se hace con el compromiso de “amoldarse a la situación que vivimos hoy”. Sin decirlo en esos términos, lo que en realidad el torero nos propone es trasladar a la Tauromaquia ese binomio irreemplazable de cualquier economía: precio-calidad, que según se conjuguen dan un resultado u otro.

Como el concepto calidad taurinamente no es unívoco, que cambia según el lugar y el momento como si fuera un poliedro, al empresario se le debe suponer la capacidad de saber interpretar cada situación concreta, no según sus particulares intereses –tal que colocar a los toreros de su cuadra--, sino pensando en el aficionado que en cada caso pasará por la taquilla. Esa capacidad de decidir es uno de los elementos constitutivos del oficio empresarial, uno de los factores con los que juega en sus decisiones y con los que mide sus riesgos.

El otro, con toda lógica, es el precio. Todos admiramos un Ferrari Testarossa, pero ¿se lo puede permitir a una economía media? Si nos trasladamos a un plaza, como a cualquier otro sitio, el precio no sólo debe responder a la calidad de la oferta, además tiene que resultar posible de pagar. Y tiene que  encerrar la potencialidad de dejar un beneficio al promotor. Pero siempre siendo conscientes que, aunque a todos guste, no todo el personal puede permitirse tener como joyero de cabecera a Tiffany, como tampoco sustituye a tan prestigiosa marca por los numerosísimos  “chinos”, sino que buscan aquello que, cumpliendo unos niveles razonables, mejor se adapta sus posibilidades.

En esta relación entre lo que se ofrece y la capacidad real de gasto, ¿los precios actuales son razonables? No se sabe a ciencia cierta, porque el sector empresarial taurino es extremadamente opaco; pero al menos como hipótesis de trabajo, supongamos que tales precios respondan fielmente a los costos del espectáculo, a lo que no responden es a la economía común del ciudadano. Y entonces, una de dos, o se reconvierten los toros en un espectáculo de elite como la Opera –que es lo que hace 30 años ya se temía un taurino tan solvente como fue Javier de Bengoechea--, o los barítonos del toreo --que son muchos más que los propios toreros-- rebajan el listón, para que siga siendo un espectáculo de masas.

Pero antes ya se apuntaba: iríamos por camino equivocado si todo el peso de la prueba se adjudicara a los toreros. Como oportunamente matizaba Muñoz en su conferencia, otro elemento a considerar se centra en los arrendamientos. Lo cómodo en este capitulo sería echar sobre las espaldas de la Corporación de turno la culpa de lo que piden por el piso de plaza; lo incómodo, comprobar como por cualquier plaza que salga a arrendamiento  los propios empresarios pugnan con ofertas de las que luego no pueden sostener; pero hacen cualquier cosa con tal de ganar ese concurso.

Y quien dice arrendamientos, también podría colocar en su lugar todos los gastos de la burocracia administrativa --plagada de certificaciones de previo pago--, y naturalmente la desorbitada presión fiscal, que para los Presupuestos públicos –del Estado o de cualquier otra instancia-- constituyen un verdadero “chocolate del loro”, pero que ahogan a la Fiesta y, en especial, a quien pase por la taquilla.

Si a alguien le corresponde poner orden en todas estas cuestiones desmadradas es primordialmente al propio empresariado. Con las colaboraciones externas que precisen por parte de los demás actores de lo taurino, pero mientras ellos mismos no pongan orden en semejante lío como tienen en su mundo, difícilmente llegará una solución racional. Y para poner orden, las leyes económicas ofrecen muchas opciones, comenzando por los n alguna para que no se traslade a la Tauromaquia.ta en la Tercera divisiñon del fñue se inventaron los bonus"plazable de cualquíndices de solvencia, por no hablar del registro de morosos, públicos y privados. Y, especialmente, una unidad de acción y unos apoyos de los que hoy carecen. Pero eso exige de una transparencia total, la que hoy no se encuentra en ningún sitio, la que hoy levanta zarpullidos tan sólo con nombrarla.

No debiera ser tan complejo

Pese a todo lo anterior, el camino pendiente no debiera resultar tan complejo, ni tan dramático, y desde luego no debe considerarse como absolutamente irreversible. Bastaría redimensionar todo lo económico en función de los ingresos en taquilla, que es lo real, y de los resultados. Nada nuevo. Por ejemplo, hace muchos años que se inventaron los “bonus” y los ingresos variables, que no es cosa de grandes ejecutivos: se dan hasta en la Tercera división del fútbol; tan sólo cambia el número de 0 que tiene la cifra a cobrar.

No hay razón alguna para que no se traslade esa fórmula a toda la cadena de partidas presupuestarias que componen la Tauromaquia; al Ayuntamiento o a la Corporación que sea, también. Si a eso se le unen las modernas técnicas para sondear los necesidades, --los gustos-- del mercado y promocionar las ventas, si se actualizan los sistemas de gestión, las tornas cambiarían; es decir, estaríamos ante una actividad con mayor dosis de predictibilidad, en la misma medida que dejan de ser un rancho aparte para entrar por la senda de lo convencional de todo negocio. Pero no sólo por la simple inercia del pasado, de seguro habrá de por medio algún misterio para que realidad tan evidente no se ponga en práctica, ni acosados por los números rojos.

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