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Curro Romero: de mancebo de botica a hijo predilecto de Andalucía
El Faraón de Camas ha logrado el reconocimiento unánime de la sociedad y el mundo taurino. Su historia taurina y personal merece ser recordada. Es lo que documentadamente hace Álvaro R. del Moral en "El Correo de Andaluciía", cuando este 28 de marzo --la fiesta de Andalucía-- recibirá el titulo de "Hijo Predilecto de Andalucía", que le ha concedido la Junta. Huelga decir que durante varias décadas Romero ha sido el torero de Sevilla por antomasia, una afición que, como destaca el torero, siempre le supo esperar.
Actualizado 26 febrero 2020  
  

Curro Romero, el Faraón de Camas, ya es ‘Hijo Predilecto de Andalucía”. Recibirá el nombramiento, junto a su compadre y biógrafo el escritor y periodista Antonio Burgos, en el solemne acto institucional que se celebrará en el teatro de la Maestranza el viernes 28 de febrero,  festividad de la Comunidad Andaluza, posterior al pleno extraordinario del Parlamento andaluz. En el mismo acto habrá otro guiño para la mejor historia del toreo: la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, propietaria de la plaza de toros que toma su nombre, recogerá la Medalla de Andalucía al cumplirse el 350 aniversario de la corporación nobiliaria.

 

Este no es el primer homenaje que recibe el camero. Seguramente tampoco será el último. La consecución de este reconocimiento se viene a sumar a la larga lista de honores que ha ido cosechando el lidiador antes y después de aquella retirada algabeña de octubre del año 2000. En la lista hay que resaltar su condición de Hijo Predilecto de Sevilla desde 1995 o la concesión de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 1997. Más reciente es el premio instituido por el Ayuntamiento de Sevilla que, en su primera época, distinguió sucesivamente al gran maestro Pepe Luis Vázquez –a título póstumo- y al propio Faraón de Camas en 2014. El último gran homenaje –entre muchos- fue la concesión del Premio de la Cultura de la Universidad de Sevilla que recibió en un multitudinario acto celebrado en el Paraninfo de la Hispalense en la primavera de 2018. A esos reconocimientos hay que añadir su nombramiento como académico de la Real de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla en abril de 2008.

 

En torno a la despedida

 

Curro Romero, que ya formaba parte de la memoria sentimental y colectiva de los sevillanos, se convierte así en parte de la propia herencia cultural de toda Andalucía. Pero conviene poner a punto la moviola para recordar algunas de las claves de su vida personal y artística y su metamorfosis de torero de culto a personaje indiscutible. Esas claves, posiblemente, hay que encontrarlas en aquella despedida algabeña que fue absolutamente inesperada pero –ésa es la verdad- tampoco admitía demasiadas demoras.

 

La noticia de la marcha del genio de Camas estuvo precedida de las conocidas desavenencias y desencuentros con la nueva dirección de la plaza de Sevilla a raíz de la muerte de Diodoro Canorea, al que había unido toda su carrera. Definitivamente, también estaba forzada por la dictadura inapelable del calendario. El propio Curro, después de contemplar la fortísima voltereta que había sufrido Morante -que alternaba con él en aquella última tarde de La Algaba, el 22 de octubre de 2000- comprendió que su larguísima vida taurina no se podía estirar más. Había llegado el final.

 

Entre el tormento y el éxtasis

 

La carrera de Curro ha viajado entre el tormento de las tardes más aciagas y el éxtasis revelado en aquellas ocasiones que surgía el acople con los toros. Así se forjó la leyenda de ese caro y raro tarrito de las esencias que se derramaban de tarde en tarde creando ese inconfundible clima de felicidad colectiva cada vez que se obraba el milagro. En contraposición, el aficionado prometía odios -siempre con la boca pequeña- cuando el torero tiraba por la calle de en medio en las tardes más aciagas. Esa dualidad, tan hispalense, terminó de convertir al torero en un elemento más del ritmo pendular de una ciudad que repite, puntualmente, sus ritos heredados.

 

La figura de Romero ha ido mucho más allá de su vida sencilla vida personal. Goza desde hace algunos años de esa escultura fundida en bronce por Sebastián Santos -basada en una conocidísima fotografía de los Arjona que le retrata desplantado ante el toro ‘Flautino’ de Gabriel Rojas- que inmortaliza el particular empaque del camero. Y es que pesar de sus desigualdades, la herencia taurina de Romero se ha convertido en uno de los referentes inexcusables del tronco torero sevillano.

 

Un poco de historia...

De mancebo en Camas o peón en Gambogaz, Romero ha acabado convirtiéndose en un tótem sagrado de la mitología hispalense. Su leyenda se forjó desde los primeros lances al viento, escondido de todos, en los descampados de Camas; pero acabó grabándose a fuego a medida que sus éxitos se convertían en quimeras aisladas en su época de mayores fracasos. Curro superó al tiempo y a sus propias limitaciones y, paradójicamente, su mayor éxito social coincidió con su última época profesional, convertido en un referente inexcusable de la ciudad después de su matrimonio con Carmen Tello, que le acabaría sacando de su propio castillo interior.

 

Pero su historia había comenzado mucho antes, en aquella Sevilla agridulce de la posguerra en la que el mocito de Camas soñaba con ser torero. Curro se había lucrado ambiente de torero artista en una intermitente trayectoria como novillero. Atrás quedaban sus años en la botica de Camas, su tardía decisión de dedicarse al oficio, las peonadas en la finca de los Queipo de Llano y el debut en la placita de la Pañoleta sobre la que hoy pasa uno de los viaductos de la autopista de Huelva. Era el día de Santiago de 1954 y el aspirante –talludito- ya contaba con 21 años de edad, una cifra algo exagerada para los torerillos de aquella época trascendental. 

 

El debut en el coso de la Maestranza llegaría en el 57, sustituyendo al anunciado Mondeño. Dos años después, el 18 de marzo de 1959, Curro Romero hacía el paseíllo en la plaza de Valencia entre el recio diestro toledano Gregorio Sánchez, su padrino, y el valiente ecijano Jaime Ostos para estoquear un encierro del Conde de la Corte.

 

Para entender la trascendencia del momento hay que situarse en la bisagra mágica de un cambio generacional que traía nuevos aires al toreo. Estaba a punto de comenzar la década prodigiosa, la llamada Edad de Platino. Romero había llegado a su alternativa valenciana cuajado de edad y con aura de torero distinto aunque aquella corrida fallera transcurrió sin pena ni gloria para el nuevo matador. Pero pocas semanas después estaba anunciado en la Feria de Abril. Curro iba a obtener un resonante éxito después de haber sido espectacularmente cogido en el primer tercio de la lidia.

 

Fidelidad a una plaza

 

Ahí estaba comenzando su historia como diestro de alternativa pero, ojo, también era el estreno de la gerencia de Diodoro Canorea, que marcaría profesional y personalmente toda la carrera del diestro camero. Aquella tarde abrileña de 1959 también marcó otras constantes. Era el inicio del larguísimo y tortuoso romance de Curro Romero con su plaza de la Maestranza. El torero no volvería a faltar nunca más a la Feria de Abril hasta el año de su retirada, revalorizando y convirtiendo en acontecimiento -en feliz simbiosis con las ideas de don Diodoro- la corrida del Domingo de Resurrección hasta el año de su despedida. 

 

Era el comienzo de una relación de amor y odio, de cimas y simas, de broncas y reconciliaciones que ya había escrito su propio guión mucho antes de que el Faraón -que siempre gozó de buenos y fieles partidarios- se convirtiera en un personaje que saltaba las vallas del ámbito taurino; antes de que rompiera el halo de misterio que rodeaba su figura discreta y alejada de todos los focos sociales en los que hoy es figura constante.

 

Hay que volver a descender en la escala del tiempo: si los 60 son los años de plenitud -no exentos de escándalos puntuales como el toro que se niega a matar en Madrid dando con sus huesos en la cárcel- los 70 y 80 son los años del Curro Romero de los almohadillazos y los escándalos que se alternan con triunfos tan aislados como resonantes que van dando forma definitiva al mito. Un mito que acaba superando al torero hasta convertirle en una pieza más del ciclo festivo sevillano, que no se podía entender sin su presencia en los carteles pascuales, redondeando los días de la Semana Santa hasta convertirle en un incierto heraldo de la Feria de Abril y la Pascua Florida. 

 

Esas corridas de la tarde de Resurrección se convierten en citas de lujo -antes eran festejos de mero relleno- gracias a la persistencia del camero, cabeza obligada de una fecha taurina que le debe mucho y en la que todos quieren figurar. Ese Curro al borde de la navaja, que convierte sus éxitos aislados en acontecimientos legendarios consigue pasar una raya invisible para situarse más allá del bien y del mal a la vez que se convierte en totem sagrado de la mitología hispalense.

 

Torero de Sevilla

 

Pero lo hizo su torero desde el principio. Al año siguiente de su alternativa había quedado inicialmente fuera de la Feria de Abril, que hubo de ampliarse a última hora para dar cabida al camero. El día del Corpus de ese mismo 1960 abrió por primera vez la Puerta del Príncipe después de cortar dos orejas a un sobrero de Tassara. Esa puerta la traspasaría hasta cinco veces a lo largo de su larguísima e irregular trayectoria en la que también se anotan siete salidas a hombros en plaza de Las Ventas de Madrid.

 

Después vendrían 42 temporadas entre la genialidad y el ostracismo; entre las apoteosis y las espantadas. Curro había firmado su epílogo taurino en 1999, al cortar dos orejas por última vez en su Maestranza. En 2000 fue el adiós en una noche que hizo incendiar las líneas telefónicas al término de aquel festival a beneficio de Andex, organizado en desagravio de las polémicas ausencias que reventaron la feria de San Miguel de aquel año y prepararon el escenario de algunas situaciones que aún estaban por venir.

 

Confesiones

 

Curro ha vivido plácidamente estos veinte años de retirada. Ni siquiera ha vuelto a ponerse delante de una becerra de tentadero. Algunos achaques de salud andan incordiando su vida tranquila y le han retirado momentáneamente de algunos focos. Al cumplirse medio siglo su alternativa, el torero explicaba en las páginas de El Correo algunas claves de su larga carrera: “Yo siempre he sido un torero muy irregular por mi forma de concebir y sentir el toreo. Con los toros que yo no veía tiraba por la calle de en medio y mis triunfos no han sido muy seguidos pero si me encontraba con un toro que me gustaba y me obedecía sí dejaba recuerdo”, relataba el camero evocando la impresionante nómina de toreros con los que llegó a alternar. 

 

“En aquellos años la baraja de toreros era impresionante: desde Ordóñez, Luis Miguel, Ostos, Diego Puerta, Aparicio, Litri... después de la época de Belmonte, Chicuelo o Curro Puya es la más completa. Yo llegué a torear hasta con Pepe Luis Vázquez y me mantuve a pesar de mis irregularidades”, explicaba Curro desvelando la auténtica piedra filosofal de su longevidad taurina. 

 

“Saber esperar es importante y el público y los aficionados ha sabido esperarme. Ése ha sido uno de los tesoros más importantes que he tenido en mi vida: que me esperen, que sepan esperarme, que mantengan la ilusión. No me desesperaba, sufría por dentro, podían contratarme menos, pero no me preocupaba. Lo que quería es seguir en esto sin traicionarme a mí mismo”.

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