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Ante la proliferación sin garantías que viene produciéndose
No se debiera retrasar más la revisión de la figura reglamentaria del indulto del toro
"Cobradiezmos", uno de los pocos toros adecuadamente indultados
Desde la entrada en vigor del vigente Reglamento, luego matizado en el que hoy rige en Andalucía, proliferan temporada tras temporada los indultos. La cuestión ha adquirido hoy tal dimensión, no siempre ajustada a criterios adecuados, como para afirmar que ha llegado el momento de revisar este apartado de la normativa taurina. En primer lugar, para que la figura normativa del indulto se aplique en toda la geografía, no sólo con el rigor necesario, sino sobre todo con unos criterios armonizados. Pero, sobre todo, para establecer los criterios más idóneos para justificar esa medida, siempre considerada excepcional. La continuidad de esta devaluación del indulto, que pasa a ser más un galardón que una medida pro-bravura, no trabaja a favor de preservar la raza brava, como es su razón de ser.
Actualizado 13 septiembre 2017  
Redacción   
 La "indultoreabilidad", la adulteración del verdadero sentido de los indultos

Cuando en plazas de todo género y categoría, cuando ya sea en corridas e incluso en festivales sin caballo,  proliferan como viene ocurriendo en las últimas semanas el indulto de reses de lidia, parece llegado el momento de repensar esa figura reglamentaria, porque acudir a ella de una forma un poco abusiva no resulta ni prudente ni positivo para la Tauromaquia.

Si se hace algo de historia, ya sabemos que a raíz del vigente Reglamento,  nacido de la llamada Ley Corcuera de 1991,  se amplia el marco de referencia para el indulto de los toros. Con anterioridad, era algo privativo de las corridas concurso de ganaderías; a partir del nuevo se abre esa posibilidad para todos excepcionales que se lidien en plazas de primera y segunda categoría. Hoy, por la vía de hecho, esa realidad se transmutado y ya sólo falta que se conceda en una portátil, si es que tiene anexa alguna corraleta.

Pero, sobre todo, se observa como el rigor a la ahora de aplicar la norma correspondiente no se sigue con unos criterios armonizados para la generalidad de la geografía taurina. De hecho, no deja de ser llamativo que haya plazas muy propensas a los indultos, en tanto en otras se dan en muy contadísimas y excepcionales ocasiones. Incluso se han dado casos en los que hasta el propio ganadero no tenía interés en que ese animal fuera un toro de vacas.

Bien parece que lo quee tiene un origen muy singular, en buena medida ha pasado a ser el colofón para una tarde de toros sea gloriosa. Como los tres espadas han triunfo, para redondear el resultado, se busca el indulto. Y en la euforia el presidente acaba por sacar el pañuelo naranja.

Es momento de recordar lo que en estas mismas páginas escribía hace unos meses Antonio Jesús Ortega Mateos: "lo que observamos en los últimos años, es que muchos de los indultos, no todos por supuesto, se dan en plazas donde el trapío de las reses no es el adecuado, la suerte de varas no existe y la deseable combatividad del toro se confunde con la nobleza simplona que algunos se atreven a llamar tolerabilidad. Podríamos afirmar sin equivocarnos que raramente esos públicos están pensando en la preservación de la casta y la raza brava"

Pero, además, desde hace unos años viene recordando la Asociación de Presidente, ANPTE, que en esta materia “mientras no haya reforma las normas son las que son y el presidente no puede inventarse ni permitir ejecutar unas normas diferentes según cada día y según cada caso. Esto último podría dar lugar al caos”.

Sin embargp, a día de hoy parece como si se diera una cierta confusión entre conceptos muy elementales. Y así, la ANPT nos nenía a recodar algo muy básico: “el indulto no está configurado reglamentariamente como un trofeo. Los trofeos los regula el artículo 59 del reglamento taurino andaluz (la vuelta al ruedo, una oreja, dos orejas, un rabo, y la vuelta al ruedo a la res) mientras que el indulto aparece regulado en otro artículo independiente fuera de este catálogo de trofeos”.

El propio hecho de que haya que volver a repetir principios tan básicos ya constituye todo un síntoma sobre que algo no se está haciendo bien.

Los criterios que siempre rigieron

Si se realiza un repaso a los criterios que siempre se tuvieron por válidos en materia de indultos, habrá que comenzar por la propia morfología del toro,. Y hoy parece que hay una disparidad, más: un dejar a un lado, si un toro de escaso trapío debe ser o no indultado. Se sigue por discutir si un animal que malamente ha tomado un puyacito de nada,  no sólo sin romanear, sino simplemente sin celo, debiera merecer semejante premio.

Por otro lado, ha entrado en liza un concepto moderno, bastante discutible si se trata de medir los grados de bravura. Se llama “durabilidad”, en virtud del cual  como el toro aguantó sin rechistar una de esas macrofaenas al uso, ya va acumulando puntos para conseguir el indulto. Hay criadores dan por válido ese sofisticado concepto. Sin embargo, el mero dato estadístico de si el animal aguantó 40 como si fueron 60 los muletazos que le suministró su matador no de modo necesario resulta un indicativo de una bravura excepcional.

Y nada digamos de quienes, a fuer de recibir la conceptuación de antiguos, recuerdan como en otros tiempos era una pega objetiva para afirmar que un toro era verdaderamente bravo radicaba en que no hubiera abierto la boca hasta que lo arrastraban, ni que hubiera escarbado en la arena durante toda la lidia.

Pero, además, en su sentido más propio, toda esa serie de condiciones eran y son características necesarias para proclamar la bravura de un toro en su concepción genuina. Y siempre se dijo que deberían darse  todas ellas a la vez; no bastaba que hubiera descollado en unos aspectos y no en otros.

En realidad, en contra de esqa sabia previsión que ya hizo ANPTE, en nuestros días se acaba uno haciendo un cierto lío, porque más que un indulto para preservar la buena casta y bravura, el indulto se confunde con un premio al ganadero, e incluso al torero que lo lidió. El ganadero cuenta con otras formas muy diversas de ser premiado, desde la vuelta al ruedo a los galardones a la bravura que se conceden en casi todas las ferias. Pero exactamente igualmente  ocurre con los toreros que lidiaron a esos toros.

¿En la duda, el indulto?

Comprobado que en este desorden de criterios, que parten de no aplicar debidamente el Reglamento en su integridad, algunos plantean que, frente a lo irremediable de la muerte del toro, procede aplicar el principio de “en la duda, indulto”.  

No hay por qué despreciar sus opiniones, que sin duda están bien intencionadas. Y así argumentan que con el estado actual de la cabaña de bravo, no debe desaprovecharse la oportunidad, aunque sea sencillamente posible pero no segura, para ir mejor el estado y condición de la raza. Con perdonarle la vida --vienen a decir-- no pasa nada; debe ser luego el ganadero el que a la vista de toda la información que tiene lo convierta o no en semental. Por razones obvias, esta posibilidad no se daría sino hubiera el previo indulto.

No es cuestión de entrar a discutir tal razonamiento. Es momento de hacer constar que no es ese el principio por el que semejante distinción se ha aplicado a lo largo de los tiempos, ni responde a las previsiones reglamentarias. Pero esta realidad de pasado no era inmovilista: para despejar si una res era o no de vacas se instituyeron los tenderos de machos, como hoy se sigue haciendo en todas las dehesas. Sin embargo, la lidia en un ruedo, dentro de un espectáculo reglado, nada tiene que ver con esas faenas ganaderas.

En cualquier caso, una es la pregunta que todos deberíamos contestarnos: ¿el abuso a la decisión del indulto, no constituye una devaluación de esta figura tan excepcional? la figura se ha ido devaluando. Y eso no conviene a nadie, comenzado por los propios ganaderos. Por el contrario, cuando ha sonado la hora de devolver al toro de lidia toda su integridad, es también la hora de devolver todo su valor esa posibilidad reglamentaria.

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