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Brillante coloquio en el Club Cocherito
"Espartaco" y Dávila Miura: sus grandes miedos y sus grandes éxitos en Bilbao
Espartaco y Dávila Miura, con el Presidente del club y el moderador
Un coloquio lleno de interés. Lo protagonizaron Juan Antonio Ruíz "Espartaco" y Eduardo Dávila Miura, en el bilbaíno Club Cocherito, con el salón con el "no hay billetes". Moderados por Álvaro Suso, los dos toreros recordaron, entre otras cosas, su miedos y sus triunfos en el ruedo de Vista Alegre. Y así, Espartaco afirmó: "A mí me tocó vivir la época del esplendor taurino de Bilbao que hoy parece estar algo apagado, pero que estoy seguro volverá a irse arriba". Y Dávila Miura añadió: "Reconozco que aquí es donde más miedo he pasado".
Actualizado 17 noviembre 2017  
Juanjo Romano   

Tarde memorable en el Club Cocherito con la presencia de los maestros Juan Antonio Ruiz “Espartaco” y Eduardo Dávila Miura que hicieron un repaso a sus recuerdos de las veces que torearon en Bilbao, como aquel 25 de agosto de 1983 cuando el de Espartinas lidió un toro de la ganadería de Sepúlveda de Yeltes en medio de un inmenso aguacero, o aquel 26 de agosto de 2006 en que Dávila tuvo que estoquear cuatro toros de La Quinta por las cogidas de Fernando Cruz y de Iván Fandiño.

Además, ambos toreros estuvieron magistrales relatando sus sensaciones dentro y fuera del ruedo y contando anécdotas que hicieron sonreír e, incluso, carcajear al numeroso público que se dio cita en la sede del Club. El directivo del Club Álvaro Suso dirigió el coloquio y comenzó por preguntarles sobre el sabor que les quedaba tras torear en las Corridas Generales.

Espartaco.- En todas las plazas se pasa miedo pero en las grandes, y sobre todo en Vista Alegre, se pasa mucho más. Es la gran feria del verano y, tras ella, ya se podía descansar. A mí me tocó vivir la época del esplendor taurino de Bilbao que hoy  parece estar algo apagado, pero que estoy seguro volverá a irse arriba gracias a los nuevos toreros.

Dávila Miura.- Reconozco que aquí es donde más miedo he pasado. Claro que, una vez, me tocó lidiar un toro de Samuel Flores de 716 kilos y otras, en mi despedida, me quedé sólo con los de La Quinta y tuve que matar cuatro toros. Yo soy optimista en cuanto a que Bilbao remonte el vuelo y se vuelva a llenar la plaza.

La última corrida que se lidió en 1983, bajo un aguacero (inundaciones), fue determinante en la carrera de Juan Antonio Ruiz como lo fue su triunfo en la renacida Corrida de la Prensa, en 1991 y así lo apuntó el presentador que abundó, además en el hecho de que el diestro torease en Bilbao tantos toros del encaste Santa Coloma.

Espartaco.- Los toros de este encaste, que tienen más peligro que otros porque aprenden enseguida, son más factibles de torear en Vista Alegre que en otras plazas porque aquí te dejan más tiempo para pensar. En las plazas donde gusta el toreo más bullidor no van bien.

A.Suso.- Eduardo, ¿qué hay de cierto en una posible reaparición en Bilbao para torear una corrida de Miura?

Dávila Miura.- Eso lo tengo totalmente descartado y os voy a contar una anécdota que nos pasó, hace unos días. En un acto al que asistíamos Juan Antonio y yo empezamos a hablar de venir a Bilbao y Víctor Méndes, que estaba detrás de nosotros, se mosqueó. Se creía que hablábamos de torear aquí cuando sólo comentábamos lo del viaje a estar en este coloquio. Juan Antonio se dio cuenta del mosqueo de Víctor y va y me dice en voz alta: “Pero lo de los miuras yo no lo veo”. Porque le vio el gesto de guasa que, si no, se lo cree.

¿Cómo afronta un torero la responsabilidad de enfrentarse cara tarde con unos enemigos tan peligrosos? ¿Pesa ser líder del escalafón  taurino durante toda una década?

Dávila Miura.- Es difícil vivir con esa presión constante. Aquí fuisteis testigos del ataque de ansiedad que tuvo López Simón. Lo raro es que no ocurran más casos como ese. Lo peor son todas esas horas que de pasan en el hotel antes de la corrida dándole vueltas a la cabeza.

Espartaco.- Yo os puedo decir que, al finalizar la temporada, terminamos enfermos, con cuarenta de fiebre y necesitando quince días de cama. Vivimos en una tensión continua, lo mismo en una plaza grande que en un pueblo pequeño. La gente quiere verte y quiere verte bien. Curro Romero me decía, hablando de las broncas que recibía: “Es mejor irritar que aburrir”, pero yo nunca he podido pensar así.

La figura del padre de “Espartaco”, el que también fuera torero Antonio Ruiz Rodríguez, estuvo presente en la charla porque, tanto su hijo como Dávila Miura le deben mucho en su carrera.

Espartaco.- Mi padre es muy exigente y siempre me ha obligado mucho. Me exigía tanto que hasta llegue a preguntarle a mi madre si, de verdad, era mi padre (Ríe). En serio, si yo fui torero es por dos cosas: por la ilusión de mi padre y por ayudar a mi familia.

Dávila Miura.- Antonio fue la primera persona que me descubrió la dureza de esta profesión. Yo conocía el mundo del toro desde el punto de vista ganadero, pero no de los toreros. Con Antonio aprendí que, aquí, no te regalan nada.

Quizás la única vez en que Juan Antonio Ruiz desoyó los consejos de su padre fue cuando le propusieron reaparecer en Sevilla el Domingo de Resurrección de 2015.

Espartaco.- Entonces me dijo: “Vas a tirar toda tu carrera por tierra”. Pero la Maestranza, la plaza que me había dado tanto, me necesitaba. Yo no podía darle la espalda a Sevilla y me dije: prefiero el fracaso a la duda.

Dávila Miura.- Ahí está la grandeza de esta profesión. Un torero que es capaz de arriesgar su carrera con un gesto como aquel. ¿Qué hubiera pasado si da un petardazo? No solo no ocurrió, sino que salió a hombros.

Una carrera exitosa que tuvo unos comienzos duros, desde la niñez. Se los hizo recordar a “Espartaco” quien fue presidente del Club, Javier Molero, cuando le preguntó por los tiempos en que iba en una compañía cómico-taurina con los enanitos toreros. El torero lo contó en tono jocoso para regocijo del público asistente.

Espartaco.- Aquello sí que era duro. Yo tenía 13 años y tenía dos actuaciones: una disfrazado de lobo, al que apaleaban caperucita roja y los enanitos, y otra de torero, lidiando un becerro. Me tenía que vestir, a todo correr, en el patio de caballos. Terminaba destrozado, así que le dije a mi padre que no podía con todo. Entonces, fue él quien, un día, se puso a hacer de lobo y caperucita roja y los enanitos comenzaron a ser los apaleados. El cuento había cambiado, los enanitos eran los que huían, y los niños que estaban en la plaza se enfadaron tanto que empezaron a tirarle al lobo toda suerte de objetos. Un verdadero desastre. Después, siempre que he tenido ocasión, les he brindado un toro a aquellos enanitos, por los que tengo un gran respeto.

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