Este website utiliza cookies propias y de terceros. Alguna de estas cookies sirven para realizar analíticas de visitas, otras para gestionar la publicidad y otras son necesarias para el correcto funcionamiento del sitio. Si continúa navegando o pulsa en aceptar, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies?
A propósito de la verdadera revolución de Juan Belmonte
Luis Bollain: "¡Fenómeno!"
Cuando "El Ruedo" llegó a su nº 1.000, el 22 de agosto de 1963, preparó una edición especial con todo lujo de firmas. Uno de los artículos de fondo se lo encargó a don Luis Bollain Rozalem, notario en Sevilla y unos de los escritores taurinos más profundos del pasado siglo. Su pasión se llamó Juan Belmonte; tanto que hasta por estar cerca del grandioso trianero se trasladó a vivir a Sevilla. Como es lógico, el director del semanario le encargó un artículo sobre Belmonte. Se tituló escuetamente "¡Fenómeno!" y Bollain nos descubre una cara poco conocida del torero: los sentimientos belmontinos sobre la naturaleza de su propia revolución. Se trata de un concepto con el que discrepaba Juan: no era un "revolucionario", sino un "revelador" de lo que siempre tenía que ser el arte del toreo.
Actualizado 22 agosto 2014  
Luis BOLLAIN   
 Antonio Díaz Cañabate: "Diego Puerta y la Zurriola"
 Juan María Vázquez: "De la montera al zapato"

Hace algunos meses me recriminaba un amigo esa constante dedicación mía al tema belmontiano; ese traer a las cuartillas a Juan..., hasta cuando no estoy escribiendo sobre Juan. Y al oponer yo, como argumento defensivo de fuerza,  lo inconcebible que sería, en tema de “distancias” no tomar base en el “metro”, él me dejó parado con este ingenioso retruque:

--No; esa no es razón. Porque bien está que cite a Belmonte como indiscutible unidad de medida del arte de torear. Pero lo que no está bien es que, rebasando con amplitud inadmisible la simple referencia al nombre, nos hables a cada paso de Juan..., y de lo que es Juan; es decir: del “metro”, y de “la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano que pasa por París”.

Falto de recursos dialécticos para pulverizar el certero metrallazo de mi amigo, acaté la censura y acepté, con pena, mi título de machacón  impenitente.

Pero miren ustedes por dónde a los pocos días de aquello me vino la venturosa rehabilitación de la     mano de Alberto Polo:

--EL RUEDO --así me habló su director-- está en vísperas de cumplir la “edad” muy respetable de un millar de semanas; y yo quiero algo de usted para ese número 1.000.

--¿Algo --le pregunté a título de aclaración-- sobre determinado tema concreto?

--¡Pues claro que sí --respondió con firmeza--: sobre el concreto y eterno tema “Juan Belmonte”!

No puedo ocultar el gozo que me produjeron aquellas palabras. Y, más que las palabras en sí, el tono resuelto y seguro con que las matizó; la expresión de sorpresa que reflejó en la cara ante el hecho de que yo, belmontista apasionado, concibiera la posibilidad de que mi artículo para el número 1.000 de la revista no tocase el tema del trianero glorioso.

Y es que a mí, en estos tiempos en los que tanto se dan las juventudes pedantes iconoclastas, me emociona mucho comprobar que todavía quedan jóvenes reverentes y admirativos hacia un pasado siempre presente... a fuerza de ser imperecedero. Jóvenes, místicamente exaltados, que no se cansan de escuchar aquello de que el “metro” es “la diezmillonésima  parte del cuadrante del meridiano que pasa por París”.

Yo voy a decirlo una vez más. Voy a decir lo de siempre; pero procurando destacar unos sabrosos matices más íntimos, menos conocidos y muy fecundos en consecuencias.

****

Juan Belmonte hizo la revolución del toreo. Esa revolución tuvo un cuerpo, digamos técnico,  en el que se concretó la sabida trinidad torera del “parar”,  “templar” y “mandar”; y un alma que la dio valor y vida: el sugestivo acento belmontiano del sentimiento y de la pasión.

Antes de Belmonte, el torero “se quita” --toreo de “piernas”-- para que “no le quite el toro”. Belmonte, dándose cuenta de que “templando” la arrancada se “manda” en el toro, desemboca en el prodigio va  “no quitarse él” --que eso es “parar”--  y de quitar al toro. Y alumbra el toreo “de brazos” Y el toreo de cadencia pasional.

Belmonte, “revolucionario”. Ya está. Pero aquí vienen los matices que antes anuncié. ¿Qué postura tomó Belmonte frente a su propia revolución triunfante?

¿Qué significó, a juicio de Juan, aquella revolución que él trajo en su capote y en su muleta?

****

A Belmonte se le llamó “fenómeno”. Yo digo que con razón. Pero lo digo, además de por lo que todos sabemos, por algo que ustedes no se figuran. Ahora verán.

Llega Juan a la Fiesta española y habla... en “heterodoxo”:

--El toreo es... “así”.

La “Cátedra” se opone con firmeza:

--“Así” no se puede torear. Ya lo estás viendo: muchos toros te cogen; sólo a unos pocos les haces tus locuras.

--Eso es cuestión de “oficio” --pudo decir Belmonte--: cuando lo tenga, os daré la réplica adecuada.

Y lo tuvo; y convirtió en firme realidad el desatino; y, sin retrocesos ni rectificaciones, toreó  --acabó por torear-- según sus maneras, a todos los toros; y, en genial reversión de términos, hizo que el “¡así no se puede torear!”, gritado en olor de ortodoxia contra su ”romanticismo” en llama, quedara transformado en el  “¡no se puede torear más que así!”, que es consagración de “clasicismo imperecedero”; y, emparejado en gloria a Joselito, fue, desde que Joselito murió, el “impar” indiscutible...

Pero aquí viene la fenomenalidad “inédita” de Belmonte.

¡Hay que ver lo que representa para cualquier español eso de poder restregar por las narices del oponente las pruebas rotundas de la razón propia y de la sinrazón ajena! Bueno, pues “el español Juan Belmonte” jamás utilizó en su provecho, y en contra de los que la negaron, ese fabuloso “documento probatorio” de su razón torera, que fue la segunda época belmontiana: la de consolidación y plenitud.

¿Que no utilizó, he dicho? ¡Que esa “época segunda” siempre fue para él --diré mejor-- poco menos que motivo de desprecio y casi de vergüenza!

Y es que Juan Belmonte --el gran revolucionario de la técnica torera--  es “pasional”, rabiosamente pasional. El no concibe que pueda bailarse “por soleares” sin “”cerrar los ojos”.

El sólo comprende, y admite, el toreo que está bañado en sentimiento y en sexualidad. El, revolucionario contra su propia revolución, abomina --¡qué cosa más grande!-- de su herejía torera en triunfo..., porque se figura que ello arrastra: más juego en la cabeza y menos latidos en el corazón…

****

Pero es que la “revolución” belmontiana, a fuerza de ser trascendente y honda, no fue “revolución”, sino “revelación”. Esta idea la sostuvo y explicó Juan en palabras que han dado la vuelta al mundo:

--Yo no innové; yo fui un restaurador; pero un restaurador de la verdad inmanente del toreo, y no de lo que hicieran éste o el otro espada. Declaro --puedo declararlo hoy a gran distancia de aquellos años doce y trece-- que mi “revolución” no tuvo su entronque en el estudio histórico de una determinada figura y de sus maneras, sino en el impulso intuitivo de que sólo podía ser toreo aquel que descansara en la técnica del “parar, mandar y templar”. Indudablemente, de tan firme y segura como debió de ser esta convicción mía, no tuve que detenerme a pensar en ella.  Por ser esto así, al contemplar aquel toreo “de piernas” imperantes en los tiempos en que yo empecé a vestirme de luces, no se me ocurrió suponer que siempre se hubiera toreado de ese modo; al contrario: quedé convencido dé que aquello no podía representar sino un “bache” en el correcto ser del toreo.

Ahí tienen ustedes, confirmada en propio Juan, esa idea mía de que Belmonte, el “revolucionario”,  fue sólo  “revelador”, “restaurador”. Y, precisamente por ser sólo “eso”, la permanencia de los modos toreros de Belmonte es algo inabatible. Si Juan hubiera sido un “revolucionario” de los que se sacan de la manga --o del corazón-- un arte nuevo, cualquiera otra llama romántica habría podido convertirle en pavesa... gloriosísima. Sin embargo, eso no ha sucedido ni sucederá nunca. Los modos siempre vigentes de la revolución belmontiana jamás podrá ser abatidos. Y no podrán serio a causa, justamente, de que las maneras de Juan constituyen la “revelación” --“nada más” que la “revelación”-- de un arte de burlar al toro que “estaba ya”, porque concuerda rigurosamente con el estilo de fiereza del toro: con ese instinto de coger que se manifiesta en embestir a lo que se mueve.

****

Yo recuerdo cómo me embobaban de chico, los relatos de caza de animales. Un respetable señor, viejo amigo de mi padre, se complacía en hacerme narraciones cinegéticas que él aderezaba con matices de disparate para que el efecto fuera mas deslumbrador.

--¿Sabes --me preguntaba-- cómo se caza a las monas? Pues muy sencillamente. Como la mona posee la cualidad de no soltar la presa que coge con la mano, el hombre se aprovecha de ello y, sobre su base, prepara la siguiente treta: en un lugar frecuentado por estos animalitos, coloca una manzana dentro de una vasija bien sujeta y cuya boca tenga la anchura justa  para que por ella pueda pasar la manzana hacia el  interior. La mona ve aquello; mete la mano para coger la fruta y ya no la puede sacar, porque manzana y mano juntas no caben por la boca del recipiente. Así el hombre se apodera de la mona

Si quitamos lo que de grotesca y dislocada tiene esta narración “sólo apta para menores”, algo nos queda perfectamente aprovechable y aleccionador: la empresa de la dominación de un animal por un hombre ha de ser planteada a base de tener en cuenta lo que es característico del animal respectivo. Y por eso, si la mona tiene un “temperamento” y el toro otro, tan absurdo sería querer vencer a un toro con una manzana, como que un torero se pusiera ante una “mona”, estoque, y muleta en ristre. (Bueno: a decir verdad, que un torero se enfrente con una mona no es nada raro en los tiempos que corremos).

En serio. Si torear es el arte de producir belleza dominando y venciendo al toro de lidia; y si la fiereza del toro se concreta en embestir a lo que se mueve, el toreo tiene que ser necesariamente movimiento del engaño y quietud del hombre. El torero, “templando” la acometida del toro, le lleva por donde no “quiere”; “manda” en el. Y ese mando, servido por el juego templado de la tela, permite al torero “no moverse”.

“Parar”, “templar” y “mandar” es --tiene que ser-- la verdad inmanente del toreo. Una verdad tan... verdad, que no pudo inventarla Belmonte. Lo que hizo Juan fue “revelarnos” su existencia.

****

Moraleja: Belmonte, “revelando” el toreo, puso el punto final a las “revelaciones” taurinas; lo cual no quiere decir, naturalmente, que ya no pueda contar con buenos toreros la historia de la tauromaquia. Lo que sí digo --porque puedo y porque quiero-- es que hay que ponerse en guardia contra los que, en defensa de esos “revolucionarios” que se hacen ricos de dinero, pero que nacen y mueren pobres de arte, invocan el “caso” Belmonte. Los defensores de tan indefendible causa, argumentan:

--También Juan fue tildado de “chalao” en sus comienzos. También se dijo de él que traía un toreo imposible, como “demostraba” el toro echándole a las nubes todas las tardes. Y si aquella “revolución” se abrió paso, ¿por qué no han de triunfar estos otros “revolucionarios”?

Razonar así es tanto como dar por bueno la sinrazón del clásico loco de manicomio, que se autoproclama Napoleón Bonaparte, argumentando que también se llamó a sí mismo Napoleón aquel personaje histórico de Josefina y de Santa Elena…

Pero lo mismo que no hubo más Napoleón que aquél, no ha existido más torero auténticamente revolucionario que este Juan Belmonte, cuya revolución consistió en “revelar” el toreo: el arte de hacer lo que casa con la especial fiereza del toro.

****

Resumen: El “revolucionario” Juan Belmonte desprecia su revolución por el olor que pueda tener a cosa cerebral.

El “revolucionario” Juan Belmonte, a fuerza de ser “revolucionario”, sólo es el “revelador” del toreo. Y por serlo, hace imposible cualquier otras… “revolución”.

“¡Fenómeno!”

© “El Ruedo”, 22 de agosto de 1963. Edición especial, conmemorativa de su número 1.000.


Belmonte con Bollain

El autor
Luis BOLLAÍN ROZALEM (1908-1989) notario de profesión, está reconocido como uno de los grandes aficionados y escritores del siglo XX. Emparentado directamente con el mundo ganadero de Colmenar Viejo, según confesó años mas tarde uno de sus hijos se trasladó a Sevilla "por Belmonte, porque por encima de todo mi padre era amigo de Belmonte”. Residenciado en la capital andaluza, su amistad con el Pasmo de Triana le permitió conocer de cerca de uno de los más grandes de todas las épocas; fruto de esta amistad fueron algunos de sus libros como “Los dos solos”, “La tauromaquia de Juan Belmonte” o  “Los genios, de cerca. Belmonte, visto por un belmontista”. Conferenciante por toda la geografía taurina y colaborador en distintos medios informativos, donde llegó a ejercer como cronista taurino, escribió, entre otras obras, “El decálogo de la buena fiesta” y “El toreo”.

Compartir:  Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a YahooEnviar a Meneamé
  |   Imprimir  |   Corregir  |   Enviar  |  
Comentar 0
Comentario (máx. 1500 caracteres - no utilizar etiquetas HTML)


Título (obligatorio)


Nombre (obligatorio)


E-mail (obligatorio)


Por favor rellene el siguiente campo con las letras y números que aparecen en la imagen superior
     
NOTA: Los comentarios son revisados por la redacción a diario, entre las 9:00 y las 21:00. Los que se remitan fuera de este horario, serán aprobados al día siguiente.
CLÁUSULA DE EXENCIÓN DE RESPONSABILIDAD
Todos los comentarios publicados pueden ser revisados por el equipo de redacción de taurologia.com y podrán ser modificados, entre otros, errores gramaticales y ortográficos. Todos los comentarios inapropiados, obscenos o insultantes serán eliminados.
Taurologia.com declina toda responsabilidad respecto a los comentarios publicados.
Esta noticia aún no tiene comentarios publicados.

Puedes ser el primero en darnos tu opinión. zTe ha gustado? zQué destacarías? zQué opinión te merece si lo comparas con otros similares?

Recuerda que las sugerencias pueden ser importantes para otros lectores.
 Otros artículos de Hemeroteca taurina
La faena cumbre de Julio Robles en Bilbao
Antonio Díaz Cañabate: "Diego Puerta y la Zurriola"
Sebastián Miranda, Belmonte ….y el sastre
Gerardo Diego: la "humanización" puede cristalizar en una degeneración de los valores de la Fiesta
Ortega ha dicho
Eduardo Pagés, poeta
Los hermanos Manolo y Pepe Bienvenida, rumbo a América
La opinión taurina de Jacinto Benavente
El triunfo de Juan Silveti en su confirmación en Madrid
"¡¡¡Voy contratado a AMERICA!!!"
PUNTO DE VISTA
El caso Matilla-Talavante, con el apoyo de Simón Casas

La credibilidad de los estamentos taurinos está bajo mínimos


Todo lo que se estuvo hablando durante la temporada acerca de la situación que atravesaba Alejandro Talavante, a raíz de romper con la muy poderosa y diversificada Casa Matilla, ha estallado al final con un pormenorizado comunicado del apoderado, al que se ha unido con verdadero entusiasmo Simón Casas, presidente de la patronal ANOET además de empresario de Madrid como socio minoritario, pero como gestor. Leídos ambos y repasado todo lo escrito, se llega a una conclusión clara: los estamentos taurinos carecen de ese mínimo de credibilidad necesario para que se les tome en serio. Pueden detentar el poder, pero casi nunca la razón.


Ortega y Gasset

LA TAUROMAQUIA DE LOS GRANDES MAESTROS
Repaso histórico a través de las grandes figuras


El pase natural, la verdad siempre permanente en el Arte del Toreo


Decía Felipe Sassone que "el toreo al natural es el que se realiza con la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón en medio". No es fácil matizar más con tan pocas palabras la realidad de una de las suertes fundamentales del toreo, como es el pase natural, que unión con el lance a la verónica conforman el verdadero núcleo duro del toreo de siempre. Aunque en la teoría taurina podemos remontarnos hasta Pepe-Hillo y sus continuadores, hay que reconocer que la realidad del pase natural tal como hoy lo conoceos arranca fundamentalmente de Joselito y de Belmonte, para luego ir adquiriendo una personalidad propia en el quehacer de las grandes figuras, que hicieron realidad esa definición de Sassone: además de la técnica, pusieron el corazón de por medio.


ESPECIAL TAUROMAQUIA
Especial Tauromaquia
José María Requena


© 2018 Docol Mediatica, S.L.   |   Enlaces   |   Hemeroteca   |   Quiénes Somos   |   Contacto   |   Política de Privacidad   |   Aviso Legal   |    RSS   |