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Luis Fuentes Bejarano y su eterno paseíllo por Sevilla
Madrileño de cuna, recriado en Málaga, pero profundamente sevillano de sentimiento, Luis Fuentes Bejarano siempre fue un conversador admirable. Incluso cuarenta años después de retirado, todo en él tenía un sentido torero. Por eso no andaba por las calles de Sevilla: hacía el paseíllo. Garbosamente, además, como ahora muchas veces no se ve en una plaza.
Actualizado 27 septiembre 2010  
Redacción   
Aquella tarde de nuestra conversación se le veía algo enfadado, todo lo que puede enfadarse un hombre de buen carácter y mejor humor. Pero le llevaban los demonios cada vez que oía algunas cosas en boca de taurinos modernos.
 
--¿Pero no se ha fijado usted en lo que dicen hoy? Pregunta uno por cómo ha ido la corrida y siempre dicen igual: “los toros, muy cómodos; los toreros, muy desahogados”. Con eso se puede uno hacer ya una idea de cómo ha cambiado la Fiesta. Pero, hombre, si el toro necesita temperamento….
 
Y es que a Luis Fuentes Bejarano no le cabía duda de algo para él fundamental: “El toro de antes era mucho más enemigo que el de hoy. Lo primero, porque tenía cinco años cumplidos, que es cuando está en toda su pujanza. Lo segundo, porque se toreaba sin peto, que como sabe no se empezaron a usar hasta el año 27; claro, sin esa muralla de hoy en día, la suerte de varas era mucho más auténtica. Y porque el toro tenía más casta. Hoy en cambio se busca el semental suave, las vacas que se dejan son suaves… Y no puede olvidarse que la base de la Fiesta es el toro”.
 
Añoranza viva de un paso que el sí que había conocido, en muchas ocasiones puso como ejemplo a “El Gordito”: “Mire usted, iba a tomar la alternativa “El Espartero”, pero ni Lagartijo ni Frascuelo se la querían dar, porque decían que era muy joven todavía. Entonces Manolo habló con el “Gordito”, que estaba retirado y que al dejar los toros se había dejado crecer el bigote. Total, que se afeitó el bigote, estuvo una semana preparándose y toreó esa corrida como si nada. Luego, se fue a casa y volvió a dejarse crecer el bigote. Oiga, y estaba retirado.... Hoy ve uno a muchachos que han toreado ochenta tarde en España, que luego se van a América y torean otro montón de corridas. Bueno, pues cuando vuelven a España, todavía se tienen que ir al campo a preparar la temporada. ¿Pero qué más preparación necesitan que torear casi todos los días”.
 
Por entonces, ya en el tramo final de su vida, todavía le asombraba que los aficionado se acordaran de él. Y relataba hasta con emoción como al cumplirse cincuenta años de su alternativa recibió una carta del alcalde de Vitoria invitándole a ir a la Feria de la Blanca. “Pasamos unos días estupendos, aunque con la pena de revivir cómo un toro mató a mi hermano Manolo en ese mismo ruedo en 1969, cuando iba en la cuadrilla de Bernadó”.
 
Pero ni por guardar tantos recuerdos del pasado, que forman parte de su propia historia, reniega del presente. Fuentes Bejarano estaba al tanto de lo que ocurría en los ruedos. Y hasta se admiraba en alguna medida: “Hoy todos los muchachos que empiezan saben torear, han ido mucho al campo y han aprendido cosas, aunque luego lidiar ya sea otra cosa. De todas formas, al toro de mi época no se le podían hacer muchas de las cosas que se ven hoy en día”.
 
Luis Fuentes Bejarano, en el carnet de identidad Luis Moragas y Fuentes, nació en Madrid en 1902, pero siempre se sintió y pasó como profundamente sevillano. En activo se mantuvo durante 17 años. Pero hasta su muerte vivió como torero, tan torero que no paseaba por la calle Sierpes; hacía el paseíllo. En una ocasiones, según el momento del año, con su capa española y siempre con su inseparable mascota, puesta como si de un sombrero de ala ancha se tratara. Poco le sorprendía a esas alturas de su vida. Y cuando le sorprende casi siempre eran cosas marginales. “El viernes pasado iba yo a ver a Jesús del Gran Poder, como todos los viernes, y como hacía fresco me puso mi capa. ¿Se quiere usted creer lo que me pasó? Pues que al salir de la iglesia, uno de los chavales que andaban jugandi por la plaza le dice al amigo: <Ahí va, mira, un americano>. Y eso me pasó en el mismo centro de Sevilla”.
 
Pero los muchos recuerdos nunca le instalaron en la simple añoranza. Cosa distintas es que sus cosas le gustaran más que las que veía a diario. “Hay cosas que hoy a lo mejor se comprenden menos. Pero a mí de chiquillo lo que de verdad me gustaba era ir a ver a los toreros vestidos de luces. Creo que ha sido lo que más me ha llegado en esta vida. Entonces esta profesión exigía una locura de afición”.
 
Me contaba hasta con pasión un toro de Esteban Hernández, al que le cortó las orejas en Madrid. “Fue un toro peligroso, pero el que me proporcionó uno de los triunfos más importantes de mi carrera. Al segundo muletazo ya me había arrancado la hombrera de la chaquetilla. Si no me peleó con él, seguro que lo echan al corral. Pero lo dominé casi en los medios y le pegué una estocada de la que salió muerto de los mismos vuelos de la muleta”.
 
En una vitrina de su casa aún guardaba sus tres últimos vestidos de torear, que había regalado a cada una de sus hijas, y un capote de paseo. Pero como verdaderamente suyo tenía el fundón con las espadas. “Oiga que las espadas las tengo que ahora mismo se puede uno afeitar con cualquiera de ellas”. La conversación, que pasó sin notar el tiempo, podía seguir, pero se había echado ya la noche encima y cada uno siguió su camino.
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