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Se le admira, pero no se le copia
El modelo francés: ¿imposible para España?
Daniel Luque, uno de los toreros que en Francia encontraron su segunda oportunidad
Con todo lo que se habla y se admira al modelo francés de afrontar el presente de la Tauromaquia, difícilmente puede importarse a los ruedos de España. Es cierto que una de las grandes virtualidades de la Tauromaquia radica en que, nacida en España, luego se renacionaliza en los distintos países, adquiriendo perfiles propios. Pero de los demás también se puede aprender, no habría por qué estar cerrados a cal y canto. Y al menos un par de cosas convendría hacerlas nuestras: el respeto y el peso que se concede a los aficionados y la admiración que demuestran por la suerte de varas. Ninguna de las dos son modernidades, sino que se asientan en valores permanente.
Actualizado 16 septiembre 2019  
Redacción   
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Muchos son los que admiran, y con todo fundamento,  el modelo francés con el que se afronta la Tauromaquia del presente. Desde luego, ofrecen aspectos de admirar; incluso, diríase que de añorar. Pero ese modelo fraguado a lo largo de las últimas décadas --con aportaciones nada desdeñables de empresarios españoles, por cierto--  resulta difícilmente exportable a nuestro país.

 

Si nos paramos en la actualidad más próxima, resulta impensable en España que dos toros muy mal presentados --de Victorino Martín, por cierto-- se conviertan por la presión de los aficionados en un verdadero tsunami, que se lleva por delante al Presidente de la Comisión Taurina y a los empresarios que gestionaban la plaza --Simón Casas y María Sara--, para dar paso a un nuevo gestor, en este caso Juan Bautista. Y ha ocurrido en una plaza con mucha tradición como Mont de Marsan.

 

A diferencia del caso español, en Francia lo pueden hacer, entre otras causas porque las adjudicaciones de la gestión de las plazas se rige por unas normas muy poco reguladas administrativamente desde los poderes públicos. Y no por ello se producen vacíos de poder, que causen daños a los concursantes, Cuando estas adjudicaciones, como es nuestro caso, se realizan mediante concursos públicos, regulados por la Ley de Contratos del Estado, las corporaciones propietarias tienen un estrecho margen para adoptar medidas tan radicales y de carácter inmediato.

 

Pero no todo es Derecho Administrativo. Incluso podría pensarse que no es lo principal. En el caso de Francia  incide de forma muy importante el peso que se concede a los aficionados. Sin necesidad de apelar a regulaciones oficiales, los aficionados franceses se hacen oír. Y sus criterios son tenidos en cuenta de forma prioritaria. En España en cambio vivimos en el régimen de las lentejas: “O las tomas o las dejas”, cuando de una gestión empresarial se refiere, mientras el contrato de adjudicación está vigente.  Y cabría dar un paso más: la inmensa mayoría de los empresarios y de las Corporaciones propietarias viven de hecho dando la espalda a sus respectivas aficiones.

 

Si bajamos a otros aspectos más directamente taurinos, la disparidad de criterios entre uno y otro país no son pocas. Y así, como en una medida apreciable las ferias francesas se nutren de una afición que va de una plaza a otra, las empresas han ideado esa formula de mañana y tarde, gracias a la cual condensan sus ciclos feriados en bastante menos días de los que se necesitan en nuestro país. Esta modalidad tiene una virtualidad: rebaja los costes económicos para esa población flotante que acude a los tendidos. Nunca será lo mismo pagar tres noches de hotel que seis. El detalle no resulta ninguna tontería. Aunque hay que reconocer que en los abonos tradicionales de nuestro país se trata de una fórmula difícilmente aplicable.

 

Con todo, hay aspectos aún más relevantes. El principal de los cuales es el respeto que se tiene al toro de lidia y a su integridad, como dejó patente el caso de Mont de Marsan. Es lo que explica que buena parte de esas corridas verdaderamente duras –sean del hierro que sean-- que se crían en las dehesas españoles acaben lidiándose en Francia. Y los aficionados acuden y de buen grado a los tendido, aún a sabiendas que lo más granado del escalafón no se va a situar en la puerta de cuadrillas. Por sabido huelga enumerar los toreros españoles que han sobrevivido, y a los que se les ha hecho justicia, en la profesión gracias a esas plazas y esas corridas.

 

Hay que reconocer, por otro lado, en Francia además se concede generalizadamente a la suerte de varas un interés y un valor que sólo ocasionalmente se da en nuestras plazas. No es un factor marginal, cuando tantas tardes asistimos aquí a los aplausos de los tendidos precisamente porque el piquero tan sólo ha simulado la suerte, cuando no se protesta directamente su presencia en el ruedo..

 

Nada de todo lo anterior constituye un obstáculo, y mucho menos una alternativa, a que los aficionados franceses vibren de verdad con el toreo bien hecho, el toreo con mayor dosis de arte puro, ese que sólo puede cincelarse con determinados toros. Incluso cada añadir más: vibran con independencia del relumbrón del nombre del torero que sea capaz de conseguirlo. 

 

Pero no puede echarse en el olvido que la francesa es una afición muy abierta a la creatividad, a la innovación, en el desarrollo del espectáculo; no se aferra a una normas que por denominarse clásicas, están llamadas a ser inamovibles.

 

Recordemos. Cuando en la plaza de Málaga se organizó aquella corrida que se tituló “Crisol”, quedaba claro que era un espectáculo que difícilmente podría repetirse en otras plazas de primera en nuestro país. Y todavía andan por internet las críticas que se le hicieron a Enrique Ponce el día que, en la francesa Istres, lidió un toro cambiando el vestido de luces por un smoking, remarcando su faena con música de cámara, todo muy al son de la promoción que se hizo de ese festejo. Parece como si para nosotros fueran demasiadas modernidades, dijeron no pocos. Y sin embargo, resultaron un éxito, lo que era una corrida de toros convencional en una feria pasó a ser un acontecimiento cultural.

 

Cuando a estas alturas de la historia aún resulta impensable que en Las Ventas la música remarque una faena excepcional, como si por ello se fueran derrumbar sus muros; cuando los honores de una Puerta Grande vienen reglados de forma necesaria y mecánica por la aritmética administrativa no por el entusiasmo de los aficionados y por la profundidad del arte que se ha creado; cuando  hasta se publicitan con alborozo indultos mucho más que dudosos en plazas de orden muy menor, sin que la autoridad levante la voz y recuerde lo que dice el Reglamento; cuando a las organizaciones de aficionados se les cortan las alas porque dicen verdades que incomodan, y hasta de les cierran más de una puerta… Cuando todo eso se da en las plazas españolas, resulta casi imposible acercarnos ni a  la creatividad francesa, ni a su respeto generalizado a la integridad del toro y de las distintas suertes de la lidia. Parece como si lo que corresponde a la estricta observancia fuera persistir en aquel viejo y manido “sol y moscas”.

 

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