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Será que la inactividad del invierno no sienta bien
¿Tan negro está el panorama como para vivir bajo el signo del fatalismo taurino?
Dos buenos antidepresivos: Morante y José Tomás
Desde el "mi hijo no comerá de esto" a poner bajo una profunda duda la propia pervivencia de la Fiesta, parece como si los vientos y los fríos del invierno no sentaran bien a la clase taurina. Todo parece inundado de un sentimiento fatalista, que para sí quisiera la generación del 98. La realidad más que probablemente discurre por otros cauces. Es cierto que la Fiesta sufre una crisis profunda, como la de los grandes crashes mundiales, de los que a lo taurino le costó casi 20 años para recuperarse del todo. Pero de ahí a que los protagonistas en primer persona de la Fiesta prediquen el pesimismo como razón de ser para el futuro, queda demasiado trecho. Y carece un elemento esencial para ser creíble: no viene precedido por ningún proceso de autocrítica; la culpa siempre es de otro.
Actualizado 6 diciembre 2013  
Redacción. Servicio de Documentación   

Rompió filas José Antonio Martínez Uranga, quien con la autoridad que le otorga ser el empresario de la primera plaza del mundo, en una muestra de desnuda sinceridad dijo aquella lapidaria frase: "a esto le queda poquito tiempo. Mi hijo Manuel será la última generación que viva del toro". Ahora ha sido Borja Domecq --un ganadero cuya camada se disputan las figuras y para las plazas de postín-- quien no ha tenido empacho de preguntarse en voz alta: “¿Qué ilusión puedo tener como ganadero si el futuro de la Tauromaquia está en duda?”

Por si quedaba margen para eludir el fatalismo, llegó Eduardo Canorea --que resulta evidente que no nacido para diplomático-- y sentenció que el panorama  es “muy oscuro”. Y su explicación no deja títere con cabeza: “Los toreros no están por la labor, en lugar de plantearse bajar sus honorarios suelen pedir más cada año. Respecto a los ganaderos, los que saben que las figuras eligen sus toros se defienden y tratan de mantener sus honorarios. Los subalternos no quieren ni hablar de posibles reducciones en dinero o en la composición de las cuadrillas. Y si hablamos de las propiedades de las plazas, salvo contadas excepciones, no quieren más que subir el dinero a ingresar por el arrendamiento”.

Se trata de un clima de opinión que reflejó con acierto, en su conferencia en Alicante, un analista como Juanma Lamet, cuando describía: “Ese metralleo constante (….) ha acabado por hacer mella en el orbe táurico, y cunden las preguntas: ¿Esto se hunde económicamente? ¿Esto tiene futuro?... y otras muchas. En la calle ha calado la especie de que los toros son una fiesta moribunda”. Pero frente a semejante mar de dudas, el autor se contestaba a través de seis aspectos diferentes para concluir de manera rotunda que todo eso “no es sólo una gran mentira; es también una leyenda urbana”.

¿Realmente el futuro de la Tauromaquia está tan en duda? Lo que más llama la atención es que tales dudas le asaltan a un ganadero de primera fila, tanto que con las otras dos ramas familiares componen el casi monoencaste hoy imperante en los ruedos. Siguiendo este mismo razonamiento, ¿qué tendrían que decir los ganaderos que se ven limitados a lidiar por los pueblos?. O en otros términos: ¿cuál sería la opinión de esos mucho más de 100 matadores de toros que no pasan de las cuatro corridas por temporada y ahí siguen en la lucha?

Si nos ceñimos a la realidad, hay datos que, a su vez, generan muchas más dudas todavía. Y así, como para embrollar el discurso de la fatalidad,  nada menos que Matilla, Cutiño y Manuel Martínez Erice renuncian a la gestión de la plaza de Granada, aduciendo la insostenibilidad del negocio, porque “es imposible seguir gestionando la plaza con la renta pagada a la propiedad del coso(290.400 €,I.V.A. incluido). No habían pasado ni 48 horas cuando Simón Casas se saltó esa tal insostenibilidad y se puso al frente de la Monumental Frascuelo en compañía de Santiago López. ¿Cómo se entiende que si el negocio es tan catastrófico falte tiempo par que otra empresa tome el relevo de la dimisionaria?

Si no hay plaza que se quede sin candidato a su gestión, ni torero al que le falte apoderado, ni aspirante a convertirse en neoganadero. ¿dónde hunde sus raíces el clima de pesimismo profundo?

Es cierto que la crisis golpea con verdadera saña. Pero ese fenómeno no es nuevo. Un trabajo muy documentado, el profesor Juan Medina ya explicaba como en la Fiesta siempre han tenido una repercusión grave los grandes crashes económicos de la historia.  Para colocar la cuestión en su contexto más significativo, estudiaba el profesor extremeño lo que ocurrió con la Fiesta en la gran depresión del 29, la crisis del petróleo de 1973 y la gran recesión surgida a partir de 2008.

Cierto que en los dos primeros casos se necesitaron casi 20 años para volver a los niveles anteriores. Pero en todos se salió de aquel profundo pozo. Incluso en la crisis del año 29, que enlazó casi sin solución de continuidad con la guerra civil española.

“De crisis brutales –señalaba el profesor Medina-- salimos en el pasado y volvimos a retomar la senda de la recuperación y el crecimiento. Pero no fue fácil. Ni para la economía ni para la tauromaquia. Se tardaron muchas temporadas en ofrecer las mismas corridas de toros que antes de cada pinchazo. Las 300 corridas que se dieron en 1929 no volvieron a celebrarse hasta 1957. Las 678 corridas de 1974 sólo regresaron en 1994. Hablamos de períodos de recuperación de veinte años o incluso más”.

Bien es cierto que, como puntualiza Medina, en el caso, por ejemplo, de la gran depresión del 1929 y la guerra civil, nos sacó primero Manolete y a su desaparición la eclosión novilleril de Aparicio y Litri. Esto es: tuvieron que ser figuras muy refulgentes los que hicieran de locomotora, que luego llevó hasta lo más alto Manuel Benítez en los años 60. Pero aunque ese aspecto no lo aborda específicamente el profesor Medina, no resulta menos cierto que en esa etapa de la recuperación de la Fiesta tuvo un grupo de grandes empresarios –pensemos, por ejemplo, en don Pedro Balañá-- que supieron aunar sus propios intereses con los del aficionado.

Vale la pena volver a recordar el trabajo de Juan Medina, porque en su parte final realiza un análisis realista que explica por qué no puede achacarse la situación actual de manera exclusiva a la crisis económica. Sus palabra no pueden ser de mayor actualidad en estos momentos:

 “Son más bien otros factores, algunos intrínsecos a la lidia, como es la flagrante y peligrosa pérdida de emoción en los ruedos, por la abusiva domecquización de la sangre brava y tanto empaque con mando a distancia. Así, se aleja de las plazas a un público que no está dispuesto a pagar 50 euros para aburrirse pero que, como el retorno de José Tomás ha demostrado, sí abarrota los tendidos para emocionarse.

Otros factores son exógenos a la Fiesta, como la gigantesca oferta de ocio existente, mucho más asequible además que un espectáculo taurino. O el régimen de monopolio privado y oneroso en el que se ofrecen por Tv las principales ferias de la temporada, sin olvidar el trato semiclandestino que la mayoría de los medios de comunicación le otorgan a los toros.

Si a esto añadimos las rancias estructuras empresariales de un sector que parece desconocer o despreciar los mecanismos más elementales de promoción del producto que vende, nos encontraremos una Fiesta cada vez más alejada de esta sociedad urbana, pueril y no educada, en general, para comprender los significados y valores de una corrida de toros.

La destaurinización de la sociedad española podría alcanzar un punto de no retorno, en el que sería ya demasiado tarde para recuperar lo que se ha perdido. Para entonces, no quedarán restos de casta en las dehesas que devuelvan la emoción a la lidia, ni regresará a los tendidos una afición definitivamente abatida, por sofisticadas que sean las técnicas de marketing taurino que utilicen para intentar, ya sin éxito, convencernos”.

Visto todo lo anterior, se nos plantea el gran dilema: ¿realmente debemos instalarnos en el fatalismo existencial?, ¿quizás no será más cierto que en lugar de fatalismo deberíamos hablar de la falta de compromiso de las clases taurinas dirigentes? Acostumbrados todos a la sopa boba del viento que sopla a favor, cuando la mar se encrespa parece como si no hubiera salvavidas para todos. Si le pusiéramos una orquesta de fondo, esto parecería más que nada el hundimiento del TItanic. Y eso, evidentemente, no responde a la verdad.

Un ejemplo. Si se vuelve a leer el análisis tremendo de Eduardo Canorea, según el cuál ningún sector quiere asumir su responsabilidad, ¿no llama la atención que el gerente de la Maestranza no diga ni una sola palabra acerca de las responsabilidades que competen a los empresarios? Todas las culpas las reparte entre los demás, pero para su oficio no deja ni una línea. Parece como si los gestores fueran espectadores ajenos a lo que hoy ocurre.

La realidad es contundente: no es hoy día para el fatalismo, es día para el compromiso de todos, para solidaridad con la propia Fiesta. Eso es lo que nos falta. Por ejemplo, tiene razón Canorea cuando le reprocha a las figuras que no den la cara ante la crisis, sino que manden a unos representantes a negociar. Pero esa misma razón la pierde cuando no contempla que ese clima de conformismo del que hoy se queja lo han favorecido los propios empresarios. 

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