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5 opiniones 5 sobre el acontecimiento de Illumbe
El Juli, a hombros en Illumbe
Diversidad de valoraciones, con un punto en común: la tarde en Illumbe fue objetivamente importante para la Tauromaquia. Luego cada cronista hace su propio análisis de los ocurrido. Aquí traemos cinco de las crónicas que se han publicado en la prensa de este lunes.
Actualizado 15 agosto 2016  
Redacción   

El País
José Tomás y El Juli, caricaturistas de la fiesta

ANTONIO LORCA
Apúrense. Mientras El Juli siga siendo una figura de peso, con mando en plaza y en el campo ganadero, el futuro de la fiesta correrá un serio peligro. Pero no es José Tomás la solución. Si el primero se ha convertido en un icono de la modernidad comodona, el segundo está de despedida y recogida de lo que en taquilla dejan ríos de incondicionales y curiosos que acuden en procesión a ver a su dios. Uno y otro, cuales caricaturistas, dieron la impresión de tomarse a broma la tauromaquia.

Vamos, que a pesar del lleno de ayer en la plaza de Illumbe, los toros en San Sebastián siguen tan en peligro como antes del festejo. Primero, porque los políticos continuarán con sus ataques; segundo, porque la inmensa mayoría de los que poblaron los tendidos de la plaza no han nacido ni viven aquí; y tercero, porque José Tomás y El Juli se presentaron en esta tierra para jugar a los toros sin más compromiso.

Vaya por delante un detalle anecdótico: ¿qué importancia daría El Juli a esta corrida cuando por la mañana se anunció en la feria de Dax? ¿Se imaginan el problema que se hubiera planteado ante una hipotética voltereta? Y El Juli se presentó, como en él es habitual, con una corrida escurrida de carnes, cómoda de cabeza, sin fuerzas y con tanta nobleza como falta de casta y acometividad. Con estos toros triunfa todas las tardes y ayer cortó las dos orejas tras una faena despegada y al hilo del pitón, ante un público generoso, festivalero y triunfalista.

Pero nadie se lo recrimina, y ahí sigue, en figura del toreo, de plaza en plaza apuntillando la fiesta como si tal cosa.

Pero lo llamativo a estas alturas es que José Tomás se anuncie con él en esta feria. Y con los toros elegidos por su compañero, a sabiendas de que en modo alguno garantizan la mínima emoción que exige el toreo.

Total, que a pesar de las tres orejas; a pesar de momentos elocuentes de El Juli en un quite por zapopinas y algún recorte con la mano izquierda; a pesar de la salida a hombros y todos los vicios adquiridos, este torero dictó ayer una nueva lección de antitoreo, de ese que no deja poso alguno y abre la veda a que desaparezcan aficionados exigentes que sueñan con la emoción verdadera.

Y Tomás llegó, —muy solemne en todo momento—, hizo el supuesto esfuerzo que se le supone a su exigencia dineraria y se marchó. Inválido y amuermado era su primero, aborregado y lisiado por más señas, y ante él estuvo el torero en fases intermitentes sin dejar nada para el recuerdo. Nobleza exhibió el quinto, al que le hizo una faena tan larga como insulsa porque no tenía hechuras ni comportamiento del toro que requiere el toreo de esta figura. Dicho de otro modo: Tomás se anunció con borregos taciturnos y él necesita toros. Sí, algunos muletazos tuvieron prestancia, pero todo supo a muy poco.

Abrió plaza Hermoso de Mendoza y protagonizó una de las tardes más tristes que se le recuerdan. Dos toros descastadísimos y un caballero desganado y desacertado. Un dolor.

El Mundo
El Juli se impone en tromba a un José Tomás sin espada

ZABALA DE LA SERNA
Colapsadas las arterias de acceso a Illumbe como toda San Sebastián. Un akelarre en torno al toro. Un mito frente a un líder. José Tomás frente a El Juli. Una expectación desbordante como cada cita del fenómeno de Galapagar pero elevada a la enésima potencia por el escenario y el rival. O viceversa. Tronó la cúpula de la plaza al sonido de los goznes del portón de cuadrillas. Una reverberación de almas en combustión. Y el Rey emérito como testigo excepcional. Tan ovacionado como el paseíllo. Ese desfile de miedos ciertos y miradas perdidas. Ninguna llama prendió tanto como la exaltación de los tendidos en pie al deshacerse el desfile: José Tomás, Juli y Hermoso recogieron la ovación incendiada. Como Juan Carlos I de España el brindis de Pablo I de Navarra. Desprendió el ofrecimiento más fuerza que el toro de Fermín Bohórquez de trémulos apoyos y escasa tracción. Mendoza se midió en una faena de acompañar que el acero limitó todavía más.

Un silencio denso invadió Illumbe como niebla espesa cuando José Tomás desplegó su capote. Imposibilitó las verónicas el modo desentendido y cruzado del garcigrande de ausentarse de los vuelos. Un desarme inoportuno precedió al cambio de tercio. Parecía que la fuerza tampoco acompañaría. Pero no fue el caso. JT brindó al público, se lo sacó al platillo -una trinchera y el pase del desdén a pies juntos de camino- y allí el sentido del temple y la media distancia tejieron la faena. Enganchando la embestida por delante con sutil manejo de los vuelos -en una ocasión enterró los pitones acapachados el noble toro- con la mano derecha, el compás generoso y el muletazo largo. Un trincherazo de majestad. Y la izquierda frondosa en una tanda de seis naturales de creciente marea. Cuarto, quinto y sexto de pulso descomunal. Mas la siguiente ronda la distancia fue otra, más corta quizá, y la respuesta del toro diferente, desarmando al torero de Galapagar. Remontó la cosa de nuevo con el toreo en redondo, recuperado el sitio exacto con el garcigrande anunciando su final pero no inmediato. De los ayudados por alto con proyección de estatuarios, el muletazo del desprecio fue de bárbara belleza. La elegancia había sido el nexo de una faena que aspiraba a mayor conjunción. La espada la borró ya totalmente.Juli vio como su toro no sólo se partía una vaina en el caballo sino también como se quedaba lesionado. El sobrero, también de Garcigrande, tocado arriba de pitones, recortado de hechuras, desarrollaría su raza para que El Juli explotase la suya.

Una ambición que se anunció con un quite de chicuelinas y soberbias tijerillas por abajo entre el castigo dosificado. La media verónica adquirió tintes barrocos en la cadera. Julián ofreció al Rey emérito la muerte del enemigo. Rodilla en tierra el prólogo desprendió tanto poder como un cambio de mano de muñecazo superlativo. Hasta ese fondo enrazado del toro se sumergió el torero con toque enfibrado, a la voz, para extraer ese tranco que en principio no había. Y esa prospección de zahorí halló el pozo con la zurda, rompiendo la embestida de extraordinaria fijeza hacia delante. JL se agarró desde entonces al piso en una ligazón extrema. Y tal vez por accidente encontró la mina cuando perdió la ayuda. Las luquecinas sin pestañear un músculo se sudecieron. No en una, sino en dos series con un eco ensordecedor. ¿Una faena por luquecinas? Sí. Y entre ellas un natural que fue inacabable como otro nacido de una tanda por circulares invertidos. Juli atacó en tromba, sin parámetros ni patrones establecidos, con el cuchillo en los dientes y la mirada afilada. Y así el volapié a tumba abierta para rendir Illumbe y la cita tan proclamada. Asomaron los dos pañuelos en el palco.

Pasó el capítulo de Hermoso como entreacto en una faena que se quedó sin premio por tozudez presidencial y a lo peor más voces que moqueros. El duelo entre JT y Juli se sintió de nuevo con el capote. El de Galapagar había montado un lío por delantales girados y en su turno se aplicó por gaoneras ceñidas; Juli bulló por zapopinas de impacto y un remate garboso. El colorado pupilo de Garcigrande tenía esa cosa ya de hacer hilo levemente y a veces puntear. Como en Jerez, José Tomás optó por no brindar a Rey taurino. No se sintió cómodo en la faena a continuación. Pese a que el trazo por abajo trataba de corregir, como en una serie de cinco naturales, por la derecha no conseguía evitar el punteo. Ni encontrar ese sitio que escapase del caminar del toro. Y sin embargo en la verticalidad y al natural, con un trazo más desmayado, la faena cobró vida. Enhiesta la figura, flexible la muñeca. De pronto la voltereta imprevista y traicionera. Incruenta por fortuna. Como el héroe resucitado, volvió a pisar el terreno y a trazar ese desmayo de Silos. Rugía Illumbe. Volvió a perfilarse muy largo con la espada. Y como en el anterior el brazo se quedó atrás. Se perdían de nuevo las orejas. Quedó una como superviviente de las que pudo cortar entre uno y otro con el ambiente encendido. Sin que aquello se engranase como en Alicante.

Juli no remató su estrategia de apabullar porque el gazapón último de Garcigrande no se prestó con desapacible calamocheo. Otra vez el volapié con el sello de la casa. Antes de irse en volandas. Con la sicología de la victoria a toda costa que ya traía de casa.

ABC
El Juli, triunfador en duelo con José Tomás en San Sebastián

ANDRÉS AMORÓS
La gran noticia: el cartel de «No hay billetes», Illumbe rebosante de expectación y público venido de todas partes, encabezado por Don Juan Carlos, la Infanta Elena con sus hijos y muchas caras conocidas. En San Sebastián, los toros vuelven a estar de moda. El Juli sale en hombros, al cortar dos orejas a su primero. José Tomás sólo una, por culpa de la espada. Pablo Hermoso se queda en petición. Las reses de Garcigrande, chicas, flojas y muy colaboradoras, favorecen el éxito.

Ninguna primera figura del toreo, en la historia, ha seguido la estrategia de José Tomás: torear poquísimo, en carteles cómodos, eludiendo las grandes Ferias; su negativa a que sus faenas se vean en televisión y a conceder entrevistas crea una leyenda. Todo eso me parece mal pero se construye sobre la base de un gran torero y es evidente que funciona: los pocos que logran verlo se consideran privilegiados y acuden a una apoteosis anunciada. Si toreara más, las cosas serían distintas... Después de la cornada de México, su estilo ha evolucionado mucho: ha dejado los alardes de valor, torea con más suavidad. Lo mejor suelen ser los naturales clásicos y la seguridad con la espada.

El segundo toro es chico y flojo, levanta protestas. No hay toreo de capa ni, casi, tercio de varas. Saluda en banderillas Miguel Martín. Brinda al público José Tomás. Aprovecha las largas embestidas en derechazos reposados, suaves, y excelentes naturales, dando el medio pecho. La faena tiene mucha clase pero poca emoción, por el toro. Al final, logra muletazos a cámara lenta, con el toro entregado, como un «Británico», después del Brexit. Un trasteo excelente pero pincha. El quinto es un bonito colorado, terciado: como buen «Carillón», tiene un gran son. Sin necesidad de pruebas ni castigo (el toro parece salir ya picado) lo recibe con delantales y una larga, que levanta un clamor. Se aplauden las gaoneras antes de dar la primera, sólo por el cite. También se le aplaude por no brindar (imaginen a quién): algo insólito, la leyenda del diestro funciona... Comienza por estatuarios amanoletados y el toro se cae pero saca luego geniecito y el diestro no está cómodo del todo. Avanzada la faena, en unos naturales a pies juntos, en las cercanías, le tropieza y se libra, haciendo la croqueta. Los muletazos son muy buenos, con algún enganchón. Al final, hace la estatua, entre los pitones. Como el trasteo ha sido largo (por ser menos redondo), suena un aviso y tarda en matar: se queda en una oreja.

Se ha dicho que este cartel es un ejemplo de la rivalidad que tanto necesita la Fiesta. Cuando un diestro (El Juli) declara que admira el toreo y la personalidad del otro (José Tomás), y que desearía seguir su misma estrategia, la rivalidad es relativa. De hecho, sólo Julián ha hecho un quite en un toro de Tomás, sin réplica. Viene El Juli de haber triunfado esta mañana, en Dax; con reses de la misma ganadería renueva su triunfo. El tercero se rompe el pitón en el peto y es devuelto. El sobrero es chico y flojo pero se mueve y se deja: un típico toro actual, con el que Julián torea a placer, con su estilo, menos estético que mandón (con el mando, no excesivo, que este tipo de toro requiere). La emoción surge al final, con las luquinas (ligando muletazos en las cercanías, cambiando la muleta de mano, cada vez). La habitual estocada con salto resulta trasera y desprendida pero efectiva y pone en sus manos las orejas. El último es otro coloradito justo de fuerzas, al que ni colocan para el caballo ni pican. Brinda al músico Pablo Benegas, hijo de Chiqui. Lo mete enseguida en el canasto, con gran facilidad, pero el toro flaquea, rebrincadito, y surge la división. Esta vez –no sé por qué– la gente no está con él. Mata con acierto y sale en hombros. Un acomodador guasón grita: «¿Toreas también esta noche en Tudela?»

Con todo respeto para Hermoso de Mendoza, no me gustan estos carteles en los que un rejoneador alterna con dos diestros: sirven para que el más veterano no abra plaza. En el cuarto, lidia bien pero clava desigual. Un maestro, como él es, no tiene problemas con un «Selectivo» (nombre de curso), que pronto se aploma. Después de brindar a Don Juan Carlos, encela la res con «Napoleón», se luce con «Berlín» en hermosinas (usando la grupa como una muleta que alterna el haz y el envés), se adorna con «Pirata» pero falla al matar (y el puntillero). En el cuarto, de salida, vuelve a clavar desigual. Mejora con los giros en la cara del toro, con «Donatelli», y el par a dos manos, con «Pirata». La faena ha sido menos redonda pero esta vez logra un rejonazo fulminante: el presidente no accede a la petición.

Aunque el resultado no ha sido apoteósico, hemos visto buen toreo, con el tipo de toro que ahora prevalece: El Juli sigue triunfando. Me gusta más José Tomás en los derechazos y naturales clásicos, plenos de suavidad, que ahora prodiga, mucho más que en los alardes de valor y haciendo la estatua, como antes. Pero la gran noticia de la corrida ha sido el lleno, el ambiente, la expectación. El alcalde del PNV quiere hacer un reférendum sobre los toros, en San Sebastián. Esta tarde, en Illumbe, la Fiesta ya ha ganado, por aclamación.

Postdata. José Tomás ha exigido la misma fecha que tenía Enrique Ponce, en Valladolid. Es lástima que no lo diriman en el ruedo: por ejemplo, en Bilbao, toreando juntos, con toros de una ganadería exigente.

La Razón
José Tomás, en la pureza de los orígenes y volcánico Julián en el gran día

Patricia Navarro
El runrún se convirtió en un volcán en erupción. Una locura. Nada más pisar plaza. A eso se le llama sicosis. A lo que vino después realidad. Torería a los pares de Miguel Martín al segundo y entrega después del torero de Galapagar. Movilidad tuvo el de Domingo Hernández, un ir y venir, que pronto se quedó más agazapado. A la espera. Pero hay esperas en las que caben un mundo, y dos. Dejó José Tomás en los primeros compases del duelo naturales de cante grande y aplomo cuando el toro, que tuvo buena condición, le costó repetir. Esa quietud era un laberinto en el que perderse y la espada una interrupción a la magia de los resultados. Julián vino con el don por delante. Qué bárbaro. Fue con el sobrero cuando meció las muñecas muy por abajo. Pero se sublimó en el quite por chicuelinas y a la vuelta la grandiosidad de unas tijerillas con las manos a ras del suelo.

Eso era ya para volverte loco. Pero quiso más. Mucho más y el toro sacó matices para desplegar toda su tauromaquia que a estas alturas es infinita y había venido a San Sebastián con todo el arsenal. Miraba el toro antes de acudir, examinaba, pero luego lo hacía por abajo, y con fondo. Lo bordó El Juli en una faena de un calado extraordinario. No hubo huecos en blanco y sí un natural, en medio de la nada y camino del todo. Ese que volvió a encontrar para encadenar el delirio. Hizo con el animal lo que le dio la real gana y tan despacio que daba tiempo a pestañear y seguía su curso el toro detrás de la muleta de Julián. Poder absoluto. Toreo redondo. Grandioso y letal. Así la estocada. Fluían sin pereza las emociones. Dos orejones de ley.

Al abismo nos llevó José Tomás con el quinto. Encastado toro, raza y poder, mucho que torear. Entre silencio, congoja y expectación se desarrolló la faena. Qué pureza la de José Tomás. Qué manera la de darse al toro y en honor del toreo. Medio pecho, relajación absoluta, el cuerpo convencido, más la mente, la muleta por debajo de la pala del pitón, rotundo al natural, de uno en uno, multiplicándose el pan y los peces, las emociones, la largura del pase, tan hondo, placentero a los sentidos. El retorno a los orígenes, no hay fuentes más puras en las que beber. Tan cerca uno y otro, reunión explosiva, sin inmutarse, cogido, regreso, a las mismas, por las mismas, sin heridas, ni físicas ni mentales, no le cuesta, es lugar innato para José Tomás buscarse ahí donde casi nadie está cómodo. Fue faena de deleitarse, de no perderse un segundo, porque en ese tiempo cabía todo ante ese toro encastado, con raza, cambiante y exigente. La espada no fue tanto, de misterios podemos hablar largo y tendido. El sexto no acompañó. No quiso. Sin clase y sin querer empujar en la muleta de El Juli que no perdonó ni el quite del toro anterior con unas explosivas lopecinas. Esto era la guerra y ni uno ni otra vinieron a San Sebastián a ceder milímetros de su categoría. El duelo no hablaba de bajezas.

Hermoso de Mendoza completaba el cartel. Se le pidió la oreja del cuarto tras una faena muy centrada, elaborada y brillante a un buen ejemplar. Había fallado con el rejón con el primero, con el que cumplió. Fue tarde grande. Lo veas por donde lo veas. De las que el tiempo dejan en mejor posición. Y ese llenazo que dice más que un millón de palabras.

Agencia Colpisa
El Juli, iluminado

Barquerito
NI ERA NI FUE un mano a mano de José Tomás y El Juli. Solo que las circunstancias, incluso con la presencia de Pablo Hermoso, hicieron de la cosa la corrida del año. Por el dónde, el cuándo y el cómo.  El dónde: San Sebastián, donde está pendiente un proyecto de consulta plebiscitaria que pretende la interdicción de los toros. El cuándo: la fecha mayor del verano, el segundo domingo de agosto. El cómo: la cuarta de las solo seis comparecencias de José Tomás para esta temporada, que podría ser la de su despedida y, al lado, El Juli en año de plenitud, uno más, uno nuevo. El ambiente echaba humo.

De las cuatro citas de José Tomás, esta fue la mayor: plaza de primera y, por tanto, más toro que en Alicante, Jerez o Huelva. Para El Juli, ninguna novedad. Su ganadería predilecta. Los juampedros de Domingo Hernández y Justo Garcigrande. Tres de Domingo y uno de Garcigrande en el reparto titular. Solo que el segundo de los tres de Domingo, al salir de la primera vara, se tronchó por la funda un pitón sin llegar a perderla pero sí a sangrar, y, claudicante en ese puyazo, desfondado también, llegó a sentarse tras un segundo picotazo y fue devuelto. Entró en liza un sobrero de Garcigrande. Los dos garcigrandes en el lote de El Juli. Los dos de Domingo, en el de José Tomás.

No contó el último garcigrande. Por remolón, rebrincado, pegajoso, flojito y frágil. De los lances de saludo, manos bajas y a cuerpo vencido, salió el toro ya batido. A los diez viajes de muleta, tomada en corto, claudicó asfixiado. El toro devuelto había galopado de salida con estilo de purasangre. Pareció un contratiempo imprevisto la devolución.

El sobrero, bizco y veleto, apenas 500 kilos, astifino, corto y bajo de agujas, trapío suficiente, vino a ser el toro que El Juli estaría esperando para dar la talla y la medida, y romperse como tantas veces, si no más, en una faena rotunda y rampante, y extraordinariamente iluminada porque, tras solo una breve tregua primera, fue un chorro de ideas.

La elección intencionada de terrenos: todo en los medios hasta la hora de irse a cambiar de espada. Las alturas: no forzar por abajo al toro hasta que no lo vio asentado, y entonces sí, ni tregua ni nada. El orden mismo de las cosas: las pausas, los cambios de pitón, los cambios de mano en los remates de tanda, que sorprendían tanto al toro como a la gente. La banda se arrancó con una brillante versión del Cielo Andaluz, de Marquina.

Con ese fondo, la gran explosión de toreo de júbilo a partir de un raro detalle: Julián perdió la ayuda de madera y entonces toreó sin ella, más despacio que antes, con mayor ajuste todavía, con más cara firmeza, en puro abandono a la hora de trenzar hasta dos tandas cambiadas de mano en el mismo platillo sin rectificar ni en una sola baza y enroscándose el toro sin sufrir. Un final apoteósico: el molinete cosido con el ayudado por alto y un péndulo, cuatro medios circulares cambiados, que son bastante más bellos que los enteros y da al toro ventaja. Yuna estocada con vómito y sin puntilla. Dos orejas.

A sus dos toros les dio José Tomás cumplida fiesta. Dos faenas de su firma y su rigor. El temple, el ajuste, el valor. Su grave presencia inimitable. Su expresión abismada de siempre. Dos toros diferentes: del uno hubo que tirar echando el engaño al hocico mismo de mitad de faena en adelante porque antes de ese momento amenazó con venirse abajo. Bellos de ver los tiempos, las salidas de la cara del toro, las llegadas también. Se oyeron ¡bravos! como en las funciones de ópera. Una delicia el final a pies juntos, un recorte, un desplante, las trincheras. El todo y las partes, con un punto mayor: una tanda con la diestra de largura excepcional.

Un recital de capa con el quinto de corrida: cuatro lances genuflexos en el recibo, seis delantales muy revolados ganando terreno para acabar en los medios, y su remate de dos medias y una larga. Y un quite por gaoneras, cuatro, después de la primera vara. Brillantes no tanto por el vuelo como por el encaje. El Juli se atrevió a dar la réplica por tres lances del Zapopán, el tercero, muy envuelto. Y, en fin, una prolija faena de dominar y aguantar, de ofrecerse imperturbable en todas las distancias y terrenos, de levantar a la gente de los asientos después de una cogida en un pase de pecho codillero. Tras la cogida, una tanda de ocho, nueve y diez. De los de rendir al toro. Un escalofrío. Otra vez el primor del final a pies junto. No entró la espada en el primer turno. Solo al segundo intento en el segundo, castigado con un aviso.

De los dos toros de Bohórquez salió especialmente bueno el segundo de los dos. Hermoso toreó de maravilla pero estuvo desafortunado al clavar. El primero no tuvo fuerza ni gas, se aplomó. Y entonces se le atascó a Pablo el rejón de muerte.

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Medio siglo después la conferencia sigue teniendo vigencia


Marcial Lalanda: "Cincuenta años viendo toros"


En todos sus pasajes fundamentales, la conferencia parece premonitoria de las circunstancias que hoy vivimos. Pero están dichos ahora va ya para medio siglo. Se trata de la conferencia que en marzo de 1967 pronunció Marcial Lalanda en la Peña "Los de José y Juan", bajo el título "Cincuenta años viendo toros". Traemos a nuestras páginas el texto íntegro de aquella disertación, en la que Lalanda se sincera de una forma directa, sin andarse con rodeos. Naturalmente, como corresponde a una conferencia, no estamos ante un tratado histórico; más bien habría que hablar de un relato de sus memorias, en las que no elude ningún aspecto. Llama poderosamente la atención como en aquel 1967, Marcial ya adelanta los riesgos por los que hoy atraviesa la Tauromaquia.


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Especial Tauromaquia
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