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Retazos de historia
Palomo, después de la guerrilla
Fue en el año 69 cuando Palomo y Manuel Benítez se echar la plaza al hombro y se fueron pueblo por pueblo, en respuesta a las condiciones que planteaban los grandes empresarios. Un año duró aquella guerra de guerrillas. Si hacemos caso del balance que al acabar hizo Palomo, dinero no vieron mucho --no lo podían ver--, pero ganaron en dignidad y en respeto.
Actualizado 16 noviembre 2010  
Redacción   
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Cuando en estos días andaba uno pensando en que algo había que escribir de Sebastián Palomo Linares, se topa con unas palabras de Pablo Lozano, que de toros sabe lo que no está escrito, en la revista de la Empresa de Madrid afirmando rotundo que "Palomo fue un torero importantísimo al que no se le ha hecho justicia". No tendrá uno la osadía de contradecir a la muleta de Castilla. Si lo dice es porque hay fundamento para hacerlo.
 
Y con ese prólogo empezamos a andar para atrás, hasta pararnos en 1971, el año en el que por primera vez hablamos mano a mano. Acabada de concluir aquella aventura de los guerrilleros, que formaba con El Cordobés. "Fue una lucha con un fundamento y con un objetivo --comentaba--. Los empresarios nos querían poner a todos los toreros en fila con un número en la espalda y a hacer lo que ellos quisieran. Hombre yo creo que a un torero hay que respetarlo un poquito más. Personalmente estoy contento de aquella experiencia. Creo que hemos colaborado  a dignificar la profesión de torero y defender la independencia de los que nos ponemos delante del toro”".
 
Pero hay que reconocer aquel deambular de pueblo en pueblo con las portátiles que les había preparado en Sevilla la familia Rozalem, tampoco era muy gratificante. Pero por un año fue era su guerra. "¿Económicamente? Bien no podía salir, con plazas de 4.000 localidades y a los precios de un pueblo. Así no se puede esperar ganar un dinero. Pero tenía sus compensaciones. Por ejemplo, así nos pudo ver mucha gente que en otras circunstancias nunca habría podido hacerlo. Pero no nos rendimos a las condiciones que nos querían imponer siete señores"
 
Al final todo aquello no dejó de ser una anécdota romántica, porque a la temporada siguiente las aguas volvieron a su cauce. Pero una anécdota que como por cauces naturales vino a desembocar en la tarde del 22 de mayo de 1972, ante el toro de Atanasio Fernández al que le cortó el último rabo que se ha concedido en Madrid. Qué escandalera se formó. Hasta cesaron al Presidente del festejo. Años después, el torero seguía convencido del triunfo: "Si lo llega a cortar otro, le hacen un monumento que llega hasta la calle de Alcalá".  De hecho, nadie discute las cuatro orejas que cortó aquella tarde; la polémica, el estruendo podría decirse, venía más que nada porque se había roto una tradición.
 
Quizás lo más cierto sea que Palomo siempre estuvo en la pelea, y de rechazo en una cierta polémica. Cosas de manera la manera de ser, probablemente. Recuerdo que en aquella conversación primera salieron a relucir los mimos con los que los hermanos Lozano dirigían su carrera, desde que lo cogieron en La Oportunidad. Y lo afrontó de frente: "Todos los artistas necesitamos un lanzamiento determinado. Pero al contrario de lo que ocurre en otras profesiones, en la mía con eso no basta. Tienes que salir a una plaza y enfrentarte a un toro; eso es lo que de verdad lanza a un torero. Si las cosas salen bien, entonces esa promoción ha servido; pero si te falla el corazón, todo eso no ha servido para nada. Vamos, para gastar dinero, nada más. Es lo grande de esta profesión. La plaza y el toro es lo que hace a un torero; el resto no tiene interés".
 
Y entonces como hoy, en los ambientes taurinos se discutía de los dineros del toro: qué si estaban por las nubes, qué si nos iban a echar de los tendidos... Si no fuera porque eso mismo se puede leer a los revisteros de finales del siglo XIX, se creería uno que nos aproximábamos al final. Palomo lo tenía claro: "Los toros siempre serán una fiesta cara. Que me digan a ver en que espectáculo se matan seis animales, criados expresamente para eso durante cuatro o cinco años. Por ejemplo, ¿qué presupuestos tendría un circo si en el número de las fieras, en cada función se mataran seis leones? Estaría por las nubes.".
 
Y aunque no se quejaba, nunca consideraba suficiente lo que gana un torero. No por el propio hecho de ganarlo, sino por un principio de proporcionalidad: "En esta vida todo tiene una relación con el riesgo. Yo en la plaza lo que me juego con la muerte. ¿Qué pasa con un seguro de un coche, por ejemplo? Pues que cuantas más cosas asegures, más caro te sale. ¿Qué seguro le correspondería a un torero?". Pero en seguida apostilló: "Hay que estar en el ruedo para saber lo que cuesta ganar ese dinero. Hay tardes que darías todo el dinero que has ganado por quitarte de encima un toro".
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