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Costumbres con gran arraigo hasta el siglo XIX
El Perro en los Toros
Una costumbre ya en desuso, muy común en las corridas de toros hasta el último tercio del siglo XIX, era la utilización de perros de presa para sujetar y rendir los toros que, por su mansedumbre, no tomaban, al menos, tres varas de castigo. La fórmula de esta práctica consistía en que: "Solían soltarse de tres en tres, renovándose los inutilizados, hasta que conseguían sujetar la res, haciendo presa en las orejas y entonces el puntillero, con un estoque y colocado detrás del toro, hería a éste traidoramente en las costillas, rematándolo después con la puntilla", al decir de Sánchez de Neira, Placido González Hermoso estudia de manera pormenorizada los orígenes y la realidad de estas prácticas.
Actualizado 16 abril 2013  
Redacción   
 ENSAYO: El Perro en lo toros (Tamano: 5,0 Mb.)

A pesar de la utilización que se hizo del perro en las corridas de toros, se trata de decíamos una costumbre dimanante de unos usos anteriores que, en este caso, es la consecuencia lógica de la ancestral costumbre venatoria o más exactamente, como dice Álvarez de Miranda en “Ritos y juegos del Toro”, era una: “práctica cinegética desde la más remota antigüedad, dada la importancia que los perros desempeñaron.

Por algunos viajeros extranjeros del siglo XVIII, siempre dispuestos a sorprenderse de nuestras raras y extrañas costumbres, según ellos, conocemos en detalle cómo se realizaban estas actuaciones con perros y así un viajero francés, Carel de Sainte Gade, en su libro “Mémoïres curiex envoyez de Madrid”, nos detalla la eficacia de unos mastines en la plaza de Madrid, cosa que al galo viajero (tal vez bretón o normando, ya que si hubiese sido un francés del midí habría visto algún espectáculo con toros), le pareció “lo mejor de la fiesta”:

 Cuando los toros más vigorosos han cansado a todo el mundo, el Rey manda que le lleven seis grandes mastines, que la Ciudad cría y amaestra expresamente para luchar con ellos. En cuanto están sueltos se arrojan contra el toro, se agarran a sus orejas o le cogen por la garganta. Esto es para mi gusto lo mejor de la fiesta, pues como está muy sujeto, hace mil esfuerzos por apartarlos, haciéndoles saltar por el aire de un modo que produce siempre mucho gusto

La ferocidad de algunos “perros de diente” como se los conocía, con independencia de su tamaño, llegaba a ser tal que podría decirse que competían en bravura bruto y can, tal como relata un testigo presencial en unas fiestas de toros de San Fermín en 1628: “Soltaron otro toro, y echáronle cuatro lebreles tan pequeños, que parecían gozques, embistieron con notable bravura, pero era tanta la del toro, que infinitas veces los volteó a todos, tratándolos tan mal que yo los tenía por muertos; pero fue tanto el tesón que tuvieron en su porfía, que rindieron al feroz animal; ¡tanto pueden perros si llegan a emperrarse!”.

Juan Moraleda y Esteban en su libro “Fiestas de toros en Toledo” al relatar unas fiestas en 1662 resalta la bravura o lo bravío de los toros: “El 25 de Septiembre de 1662 corriéronse dos toros por la mañana y seis por la tarde en la plaza Mayor, hoy de las Verduras. Organizó esta corrida la Cofradía del Santísimo Sacramento de la Parroquia Mozárabe de San Lúcas, y hubo en ella “perros alanos”, lanzada de á caballo y de á pie y otras varias suertes, siendo tal la bravura de los toros, que llegaron á acobardar á los toreros traídos al efecto para estas fiestas

También D. Nicolás Fernández de Moratín, en su “Carta Histórica“, al referirse a  la Curia Romana, nos descubre que allí se realizaron muchas corridas o cazas de toros, como así se las conocía en Italia: “en donde se corrían también, pero enmaromados y con perros, y aún hoy se observa en Italia …”       

Cossío transcribe, en “Los Toros”, un artículo de la revista El Enano, del 12 de abril de 1.853, por el que se constata que en dicha fecha aún se usaban los perros en las corridas de toros, cuya actuación la califica de brutal: “Otra que mejor baila. Si brutal es la costumbre de los perros, la de desjarretar los toros con la media luna excede mucho, siendo tan repugnante y bárbara, que nunca habrá seguramente quien la pueda ver con gusto. Si hay un espada tan torpe que no puede matar un toro, no ha de ser el desdichado animal en quien se castigue su torpeza; ábrasele las puertas del corral y allí mátesele como se quiera, pero no se dé al público espectáculo tan horroroso”.

Estos son algunos testimonios de los que Plácido González Hermoso recopila en este ensayo. Pero su estudio se remonta mucho más atrás en la historia, para fundamentar adecuadamente como estas costumbres taurinas, hoy caídas en desuso, tenían unos antecedentes concreto.

De todo ello se trata en este interesante ensayo, que el lector encontrará en el archivo adjunto en formato PDF.

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Moro (@MoroMX)
16/04/2013
Interesante!.
Muy interesante. Me leí todo el PDF. Menos mal que esos tiempos han acabado y se ha quedado lo mejor, evolucionando siempre.
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