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Pese a las inmensas diferencias que los separan
El planeta de los toros tiene cosas que aprender del fútbol y de su organización
Son actividades radicalmente diferentes. Una se basa en el esfuerzo físico y en la táctica, individual y por equipos; la otra, en una creación de un Arte grande. Una se desempeña con una herramienta de algún modo inerte: el balón; la otra con un animal vivo, íntegro e impredecible. Una tiene una organización extremadamente jerarquizadas; la otra nace de la espontaneidad de sus muchos actores. Una cuenta con una Secretaria de Estado como cúspide administrativa; la otra está desvertebrada, desde la base hasta la cumbre. Pese a todo, algunas cosas si se pueden aprender de los futboleros para aplicarlas luego a la Fiesta. Por ejemplo, la unidad en los elementos comunes y básicos que se da entre todos sus estamentos.
Actualizado 27 agosto 2013  
Redacción. Servicio de Documentación   

Nada puede considerarse más alejado de la concepción propia del arte del toreo que cabe aplicarle los criterios que rigen en una competición deportiva. Se trata de una afirmación prácticamente de Perogrullo. Sin embargo, en ocasiones los taurinos añoran contar con una estructura similar a la que, por ejemplo, tiene el fútbol, tanto en los niveles de elite como en el futbol-base.  Soñar es libre, pero la lógica lleva a pensar que si es ya difícil desde un punto de vista puramente teórico trasplantar el modelo, la realidad taurina lo hace aún más imposible.

Son mundos que se comienzan a diferenciar en su organización: el fútbol responde a un modelo muy jerarquizado, en el que al final son los ejecutivos de la Liga Profesional quienes tienen la capacidad de decidir en todo: desde la organización de las competiciones hasta el régimen sancionatorio, que es bien duro. Ellos negocian globalmente los derechos de televisión, deciden a que hora y en que día se celebra un partido; sortean el orden de los contendientes en un todos contra todos y por dos veces...  Por decidir, hasta intervienen en las cuentas de los club y, si hace falta, incluso sancionan gravemente los impagados.

Por poner en común hasta lo hacen el régimen de la televisión, distribuyendo horas y días, incluso más allá de la lógica de los propios club: ¿A quien le va a gustar jugar un lunes de invierno a las 10 de la noche? Pues como a la televisión interesa, se hace. A quien se le ocurra organizar corridas de feria en día laborable y en horas intempestivas, seguro que lo acaban llevando al médico, pensando que son los efectos de una insolación, que trastorna mucho.

Pero la imposibilidad de traslado del modelo no sólo es cuestión organizativa. En el caso taurino sería impensable un ejecutivo que decidiera, por ejemplo, como se confecciona una feria y cuáles deben ser sus fechas Y no puede ser así sencillamente porque el toreo se basa en protagonistas unipersonales, no en equipos. Uno e irrepetible es el ganadero que aporta la materia prima; uno e igualmente irrepetible es cada torero; una e irrepetible es cada afición y cada plaza.

Las diferencias insalvables

Y, sobre todo, nos separa un abismo insalvable. En cualquier deporte se asiste a la lucha del protagonista contra el esfuerzo físico, en circunstancias siempre homogéneas y con un balón por medio;  el toreo, en cambio, busca la creación artística, incluso a la hora de salvar una dificultad, cuando además la compone sobre la enorme incógnita de un toro bravo. 

Hasta el propio régimen profesional de los protagonistas se distancia de forma fundamental. Al final, el torero es un artista que construye su obra por cuenta propia a todos los efectos; el futbolista, en cambio, es un trabajador por cuenta ajena, por más millonario que sea su  contrato. El torero en solitario puede ejercer su profesión; el futbolista, no, necesita actuar en grupo.

Que las diferencias son muchas resulta de toda evidencia. Un ejemplo: ¿por qué para el futbol las apuestas constituyen un negocio rentable y en los toros fracasaron todos los intentos? Entre otras cosas, porque la Fiesta jamás tendrá un régimen de competición previamente organizada que haga posible un seguimiento continuado.

Por diferenciarse, hasta en el sistema de dirección del espectáculo: en un partido acaba mandando el árbitro, pero se somete a un régimen concreto de disciplina interna y cuyas decisiones pueden ser incluso revocadas a posteriori; en un festejo manda el Presidente, frente a cuyas actuaciones unipersonales no cabe apelación, tan sólo cabe destituirle del cargo por quien le nombró.

La unidad corporativa como ejemplo

Sin embargo, aunque sólo sea por analogía del mundo futbolero hay cosas que aprender y que serían oportunas en el ámbito taurino. La primera y principal, su unidad corporativa. Bien es cierto que en ello les va mucho, comenzando por el reparto de los dineros de la televisión. Discuten, incluso se confrontan duramente, pero al final se impone lo que vota la mayoría y a ello se atiene todo el mundo.

Esa es la unidad que nunca hubo en la Fiesta y que tantas veces ha trabajado en su contra. Pero no es fácil trasladar esta figura de un mundo a otro. Cuanto rodea al toreo de modo insalvable siempre fue muy individualista. Entre otras cosas, porque no se da ese “todos contra todos”: aquí el contrato que uno consigue es el contrato que otro pierde. Pero aquí, además, acaba mandando el toro, cualquiera sea su condición, que siempre será una gran incógnita.

Pero fuera de ese régimen competitivo del deporte, ¿por qué no es posible la unidad entre los profesionales taurinos, cuando todos afrontan problemas similares? En el fondo, porque no existe voluntad para ello, ni existe una tradición al respecto. Conseguir la unidad resultaría auténticamente revolucionario.

A nadie se le escapa que conseguir tal unidad pasa de modo necesario por el reconocimiento de todos acerca de la figura de una dirección común y única que se sitúe por encima de los distintos estamentos y que todos aceptan, ya sean mayoría o minoría en las votaciones internas. Cuando se trata de artistas, tal empeño es muy difícil de imaginar. Un creativo es de por sí un ser individual y distinto. Incluso cuando se dan cuestiones comunes que les afectan a todos. Sin embargo, hay otras actividades igualmente creativas, como el cine, que cuando arrecia la tormenta, y nada digamos si afecta a los dineros, se une y forma un frente solidario. Quiere decir esto que tal  unidad de individuales no resulta radicalmente imposible, sobre todo cuando la crisis achucha tanto.

Ahora ni con la crisis golpeando con toda la energía sobre la Fiesta, sobre las taquillas y sobre los espectáculos, se ha dado un atisbo, aunque fuera mínimo, de comportamiento comunes y solidarios entre los distintos sectores. Ni siquiera a la hora de reclamar de afrontar conjuntamente el problema del superIVA.

La intervención de los poderes del Estado

Para que todo esto se produzca en el campo futbolero, y en alguna medida también en el cine,  se da un fenómeno ajeno por completo al ámbito taurino: en el futbol acaba interviniendo el aparato del Estado, que al final es quien marca las normas y quien asume el papel último de arbitro en los conflictos. Y es hasta quien decide algo tan concreto como que un determinado partido sea o no de interés nacional. 

Durante las últimas décadas, en más de una ocasión se ha propugnado una solución parecida para el mundo del toro y nunca resultó viable ni siquiera en su fase de proyecto; siempre quedó en el campo de las ideas que no pasan de ahí. Sin ir más lejos, hace ya muchos años que Antonio García Ramos tuvo una propuesta bastante desarrollada, que al final quedó para estudio de los curiosos del tema.

Junto a los miedos que en muchas ocasiones entran a los políticos cuando se habla de toros  --ahora que hay polémica social, pero también antes--, la intervención del Estado siempre fue mínima y ligada en la mayoría de los casos a labores de policía, tanto sobre lo que ocurre en un ruedo como hasta en todo el proceso ganadero. Pero jamás hubo una intervención en términos positivos. Bien parece que nos persigue un cierto complejo que asusta o que genera urticaria en el estamento público. O a lo mejor es que siempre faltó esa voluntad común del taurinismo por asumir el papel de una autoridad externa.

Ahora se cuenta de nuevo con la Comisión Consultiva Nacional de Asuntos Taurinos. Dejando al margen controversias internas al respecto, que se dan, resulta de ilusos pensar que tal organismo --su nombre ya lo dice todo: consultivo-- ni en su interpretación más imaginativa puede compararse con lo que representa la figura jurídica de una Secretaria de Estado. Podría existir la fórmula, administrativamente menos comprometida y ya aplicada en algunas materias o taurinas,  del Alto Comisionado; sin embargo, jamás se ha intentado.

El fracaso de los intentos de abajo a arriba

Visto que alcanzar la unidad corporativa mediante el proceso natural de abajo a arriba no es posible, ¿tendría alguna viabilidad conseguirla con la fórmula inversa?. Históricamente nunca se ha intentado, ni por el Estado, ni por los profesionales. Se trata, pues, de una posibilidad inédita, fuera del campo teórico.  

Debe reconocerse que tampoco intentarlo es fácil. Entre otras cosas por la extrema competitividad interna que existe en cuanto se refiere al toreo, cuyas actividades en todas sus facetas se desarrolla en un régimen de absoluta liberalidad. Tan extrema resulta que, en el fondo, todo se basa en algo tan sencillo como el “o tu o yo”, en una disyuntiva que parece insalvable y en la que nunca encontró su sitio el nosotros.

Diferente cuestión es si de modo necesario ese individualismo marginaliza cualquier intento unitario. En algunos noveles sectoriales, caso de los subalternos, por ejemplo, es posible. Pero saltar de ahí a la globalidad del planeta de los toros siendo ha sido harina de otro costal. Reciente está lo ocurrido con la Mesa del Toro. Pero por intentarlo una vez más no pasaría nada.

La complejidad normativa

Llegados a este punto, cabría preguntarse si un régimen ordenancista --si se le quiere denominar de otro modo, un régimen de intervención pública-- es compatible o no con cuanto ocurre en la Fiesta. Dicho quedó que antecedentes históricos no hay. Sin embargo, tal circunstancia no de modo necesario permite negar la mayor.

Dejando al margen las singularidades de una profesión de suyo creativa –característica que no tiene por qué invalidar ninguna posibilidad, aunque si pueda hacerla más compleja--, si se asume realmente en la teoría y en la práctica que la Fiesta forma parte del Patrimonio histórico de España, y como tal constituye un bien cultural que debe ser protegido, ningún obstáculo jurídico debería impedir esas actuaciones.

En este sentido, no es cuestión marginal considerar que en las actuales circunstancias del Estado de las Autonomías, cualquier intento de esta naturaleza resulta hoy más complejo, con las distinciones de Derecho Público que se dan entre cuáles son los poderes del Estado y cuáles son los transferidos, cuando ya  ni en el algo tan prosaico en el orden jurídico como salir por la Puerta Grande se requieren las mismas circunstancias en toda la geografía nacional. Por cierto, se trata de una dificultad que jamás se planteó en el caso del futbol: hasta quienes no quieren unir sus destinos a los del conjunto de España, en cambio comparten punto por punto cuanto se refiere a una competición deportiva común.

Ahora tenemos un Plan

Pese a todas las dificultades y aunque las experiencias de pasado siempre hayan resultado fallidas, por esos derroteros de una actuación de los Poderes públicos parece encaminarse el muchas veces anunciado Plan Nacional sobre la Tauromaquia, todavía muy en fase de proyecto y sin fecha de entrada en vigor efectiva. 

Ni entre los profesionales se cuenta con una idea clara de cuál debiera ser su contenido, ni entre los políticos se observa un especial entusiasmo por tal empresa. Sin embargo, es el camino; al menos, es el único camino que hoy queda.

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