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Una tarde importante para El Algabeño y el padre de Chicuelo
Rafael "El Gallo" proclamado como "un torero colosal", en su presentación en la Plaza México
El 7 de diciembre de 1902, la empresa Ramón López dio la quinta corrida de la temporada en la Plaza México, con seis toros de Piedras Negras para los matadores Algabeño, Chicuelo y Gallito, que debutaba. En uno de los resúmenes periodísticas de squel puede leerse: "Algabeño mató tres toros superiormente. Manuel Jiménez Vera "Chicuelo", regular en uno y mal en otro. Gallito entusiasmó al público y fué ovacionado toreando y banderilleando. Con habilidad e inteligencia mató al tercero, y al banderillear al otro sufrió una cornada en la boca, que le impidió continuar la lidia. El público sintió mucho el percance de Gallito, pues éste, en los toros anteriores, había quedado muy bien y se había hecho de generales simpatías. La cornada no es grave, pero sí muy dolorosa y molesta".
Actualizado 29 noviembre 2017  
Redacción. Servicio de Documentación.   
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“El activo empresario Ramón López, de la Plaza de Toros México, nos presentará el próximo domingo a Rafael Gómez “El Gallito”, hijo del célebre “Gallo”, torero de fama que floreció en el siglo pasado, y que fue el inventor de la suerte al cambio de rodillas, en la que el hijo ha aventajado al padre. El “Gallito” tanto en banderillas como en el capote y la muleta esta considerado como el mejor torero y de más lucimiento en toda España, y eso que no cuenta más de diez y nueve años de edad pues nació en Madrid en el año de 1883”.

En estos términos informaba el diario mexicano “La Patria”, el 5 de diciembre de 1902. Unos meses antes, el empresario había asistido en Sevilla a la alternativa de Rafael El Gallo, de manos de Ricardo Torres “Bombita”, el 28 de septiembre con toros de Carlos Otaolaurruchi. Y le debió impresionar mucho el hijo de la Seña Grabiela, porque a la prensa de su país declaró: “El “Gallito” tanto en banderillas como en el capote y la muleta esta considerado como el mejor torero y de más lucimiento en toda España, y eso que no cuenta más de diez y nueve años de edad, pues nació en Madrid en el año de 1883”.

Pero en la prensa mexicana de la época, también se destacaba para esa tarde “se lidiaran seis magníficos toros de Piedras Negras, cruza española de Murube, ganadería considerada como la mejor del país”, que había sido la divisa que mejor cartel había tenido en la temporada anterior.

Para el acontecimiento se anunciaba un cartel íntegramente español: José García “Algabeño” y Manuel Jiménez Vera “Chicuelo”[1], junto al neófito Rafael "El Gallo”. Y la cosa se dio bien: "No habíamos visto ni mas gracia ni mayor soltura", se escribio.  En el resumen que escribió el cronista Pepe Andalucía para “El Correo Español” -- en cuyo titulo rezaba: “Diario consagrado a la defensa de los intereses de España y de la Colonia Española”-- no se recataba en afirmar que los tres espadas triunfaron, para referirse a El Gallo acude a una coplilla:

¿Y del torero bonito,
que dice el público entero?
Que Rafael Gómez “Gallito”,
es un colosal torero”.

Antes ya había acudido el cronista este recurso, para destacar la forma de matar de El Algabeño, con palabras tan rotundas como éstas:

Y entrando recto a matar
deja hasta el pomo el estoque,
sale por el costillar
el diestro… y luego ¡el disloque!
La faena, superior
El perfilar, sin segundo
El volapié, lo mejor.
Así el toro, moribundo,
diz que dijo en la agonía:
Por morir de esta manera,
si más vidas yo tuviera,
con gusto te las daría.

Si toda la crónica venía dedicándosela a su chiquilla Rosita, que iba camino de La Habana, Pepe Andalucía escribe a modo de estrambote:

Una corrida superior de veras;
De las pocas en libras,
Si siguen siendo así las venideras,
Será la temporada muy lucida.
Si VD. está aquí ayer, querida Rosa,
a
unque también se hubiera Vd. mojado
por ver una corrida tan hermosa
Buen pudo perdonarlo.
Toreros con vergüenza, toros buenos,
Empresa con decoro y desprendida,
De esas que, por desgracia, son las menos,
Diga si así resultara la lidia
Y cierro, pongo un sobre,
compro un timbre,
y deposito en el correo esta carta.
Hasta otra, Rosita  de pasión.

La crónica que se leyó en España

Luego, según se pudo leer  en el semanario “El Toreo”, la cosa exigía de muchos matices, con una verdad permanente: el impacto que causó el hermano de Joselito. En efecto, en su crónica, publicada en el número correspondiente al 5 de enero de 1913 --un mes después de haberse celebrado el festejo, que las comuicaciones de entonces no eran las actuales--, el cronista LlNDOGA escribió lo que sigue:

El aguacero pertinaz que se desató sobre la ciudad á la hora interesante de la corrida de toros en la Plaza “México”, no pudo ni hubiera podido apagar el entusiasmo de los aficionados que, caminando de regocijo tras de regocijo, asistieron al triunfo del arte de Cuchares en la tarde de ayer. La corrida ha de grabarse con dorados caracteres en la blanca lápida de los sucesos imborrables.

He ahí al Algabeño realizando el volapié clásico; al Chicuelo, convirtiendo en valor todo su bagaje; al Gallito, despertando alegrías dormidas y trayendo a la memoria elegancias olvidadas. Una gran corrida ha sido la de ayer; una excelente corrida, que hace tomar la revancha a la Empresa con sus proyectos y a los aficionados en sus esperanzas.

Toros de Piedras Negras --¡ya era tiempo!-- finos, cuidados, con tipo, empuje y bravura. No dieron mentís a su casta, porque salvando defectillos que no hacen al caso, cumplieron en todos los tercios. Hay que hacer excepción del tercero, que por cobardía volvió al corral.

No hay que señalar más defecto a los cornúpetos que el de ser recelosos desde el segundo tercio, pero teniendo en cuenta la lidia de que fueron víctimas, una lidia infernal que se traducía en un diluvio de capotazos desastrados.

Con decir que ni el público mismo, con sus protestas continuadas, pudo evitar semejante desorden, basta para comprender la magnitud de éste. En el redondel cada cual se encomendaba a su santo, y cada santo resultaba en abierta pugna con sus correligionarios.

Si los herraderos son --como dice un celebrado escritor español-- el garbanzo negro de los pucheros taurinos dominicales, podríamos pasarla alegremente, orgullosos en nuestra barrera.

Algabeño, Chicuelo y Gallito, rayando a igual altura en dirección; merecen todas las silbos y todas las protestas en tal sentido. ¡Si aquello era una verdadera merienda de negros, toro por toro y tercio por tercio! Hasta los de la puntilla metían el capote cuando les iba en mientes.

Lamentamos la nota burda del espectáculo y, lamentándola, debemos pedir su rescisión.

Veamos ahora la labor de cada espada alternante, que van diciendo para su coleto: «Yo, y nada más. El conjunto, para el gato».

Algabeño

Encontró a su primero convertido en un pícaro, desarmando y colándose que era un primor.

Lo desengañó, lo consintió y lo fijó sin dudas ni vacilaciones, y en menos tiempo del que empleo en trazar estas líneas, lo rindió a sus pies de media estocada al volapié neto, entrando el diestro recto como una saeta y con los terrenos cambiados.

Grande y merecida ovación.

En su segundo estuvo mucho más hábil el diestro de la Algaba, porque, aun cuando el burel buscaba el bulto, supo cauterizarle resabios.

Tras de dos pases ayudados de tanteo y confirmación, dos naturales superiores, una serie de telonazos de castigo para fijar y... otra estocada al volapié, honda, hasta los gavilanes y en la misma cruz, en- trando, vaciando y saliendo como un maestro el matador.

La ovación duraba cuando el cornúpeto recorría la arena. He ahi una estocada clásica. Algabeño recordaba la edad de oro de la tauromaquia.

En el sexto toro, que le tocó matar por el percance de que fué victima El Gallito, y que luego explicaremos, estuvo sobrio con la muleta y acabó de confirmar sus inmejorables condiciones como matador puro que no busca alivios ni triquiñuelas

En quites, Algabeño estuvo oportuno y cuidadoso, y salvo sus complacencias para con el peonaje, merece ovaciones sin cuento en el recuerdo de los aficionados

Ha cimentado su cartel, realizando un nuevo triunfo.

Chicuelo

Entre el gran matador Algabeño y el gran torero Gallito, Manuel Jiménez (Chicuelo) aparece como un término medio y como un eslabón de simpatía.

No llega adonde se ha colocado el primero por su maestría, ni puede alcanzar al segundo en habilidad y en elegancia; pero tiene personalidad propia, agallas y deseos para ganar la gloria. Que la escale sin volver la cara, sin envidias ni temores. El que lucha triunfará en el redondel con verdad y con amor.

Al segundo de turno lo saludó Chicuelo con un cambio de muleta ceñido; mas fuera de este pase y otro de pecho, lo demás fué puro baile y relumbrón puro. Una estocada tendenciosa completó la labor, escuchando el torerito palmas.

Al quinto toro, por ser ladrón que buscaba el amparo de las tablas para defenderse, nos parecieron razonables las precauciones de Jiménez; pero no así su falta de decisión al hundir el acero. Largó una honda delantera y perpendicular, un metisaca de mala manera, dos pinchazos y media certera. Si el toro cortaba el terreno, desarmaba y se defendía, lo natural era que el matador hubiese buscado alguna estocada de recurso, como la media vuelta, el revuelo.

Chicuelo lució en floreos con el capote, una que otra vez en quites y con un excelente par de banderillas de frente.

Gallito

Mucho habíamos leído y mucho más nos habían contado de este diestro, pequeño en su estatura y en su alias grande por los méritos que encierra. No hay que exigirle todo ni quererlo todo. Colocar el deseo dentro del medio ambiente, es lo razonable y lo que da la medida de la afición, que huye de quijotismos y poemas ultramontanos.

Gallito es el torero del día, hecho para nuestro público. Sus flóreos, sus originalidades, sus elegancias recortadas  artísticamente, levantaron aplausos sin cuento.

No habíamos visto ni mas gracia ni mayor soltura en los lances de capa. He ahí al que innova, al que inventa, al que va llenando el toreo de nuevos puntos brillantes.

El bravo muchacho desplegó una faena da muleta variada en su toro da turno —el tercero— y al observar que buscaba, como una querencia propia, las tablas, lo estoqueó allí, entrando con fe y logrando una estocada de rápido efecto. (Muchos aplausos.)

En banderillas entusiasmó. Tomó una silla, citó casi en los medios y realizó el cambio, viendo llegar con serenidad, midiendo los tiempos matemáticamente y levantando los brazos con primor para dejar un par supremo, cuya situación olvidamos de propósito, en virtud de la gran idea y de la voluntad ejecutiva.

El Gallito se enloqueció con las palmas, aquello semejaba los efectos de un temblor trepidatorio que hacía crujir el maderamen del circo; tomó otros rehiletes; se le ocurrió llegar a jurisdicción del bicho gazapeando; pero la desgracia asomaba las garras... El torerito hizo una parada en firme; alegró con el cuerpo a tres metros del burel; éste arrancó, y en el momento de la consumación, por efecto de un derrote alto, Gallito sufrió un puntazo en la cara que le obligó a encaminarse á la enfermería.

Un silencio profundo reinó después de esta escena. El pensamiento del aficionado volaba a la enfermería. ¿Estaría grave el Gallito? ¿Se presentaría otra vez en el redondel?

La corrida terminó bastante tarde. Hubo pares de banderillas que merecen aprobación entusiasta, entre ellos los de Pataterillo, en primer lugar, agregándole los aplausos que se le tributaron por sus galleos a cuerpo limpio en la preparación; un par al sesgo de Pepín, y buenos al cuarteo de Blanquito, Sevillano, Sordo y Marinerito.

En la brega, Galea, Blanquito y Pepío, y muchos, pero muchos más aplausos para éste último por su salto de garrocha limpio y sobre corto y por su cambio de rodillas en los medios de la plaza. En varas, Zurito y Mazzantini, y con la puntilla, nuestro mexicano Tovar.

Sin el herradero, esta corrida se habría traído por los aires a todos los públicos de España. ¡Que lástima de garbanzo negro!

PARTE FACULTATIVO

Durante la lidia del quinto toro ha ingresado en la enfermería el espada Rafael Gómez (Gallito), con una herida de tres centímetros, que le ha fracturado el borde alveolar del labio inferior, ocasionándole la pérdida de dos dientes, lesión que le impide continuar la lidia. La herida no es grave y tardará en curarse más de quince días.- Dr. Silverio B. Gómez.

 [1] Manuel Jiménez Vera «Chicuelo I»,  padre del renombrado Manuel Jiménez “Chicuelo”, se inició muy joven en el toreo, actuando en muchas ocasiones con otro aspirante: Rafael Gomez “El Gallo”. Debutó como novillero en Madrid en 1899, tomando la alternativa dos años más tarde en el mismo coso capitalino, apadrinado por “Lagartijillo”. Aquejado de tuberculosis, se negaba a dejar la profesión, hasta que no tuvo más remedio que retirarse el 17 de julio de 1906, tras torear en Valencia. Falleció en su tierra natal el 18 de noviembre de 1907.

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