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Rafael Ortega, en el mundo de sus recuerdos juveniles
Se consagró como una de los gran estoqueadores de la historia taurina. Pero fue un torero con grado de excelencia. Rafael Ortega hizo una travesía dura por los ruedos, tras su ingreso importante en la novillería; pero su calidad se impuso y acabó su carrera con el reconocimiento de los aficionados.
Actualizado 22 diciembre 2010  
Redacción   
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"Entró a matar Rafael Ortega y pinchó en hueso. "Qué lástima", dijo un vecino de localidad. "Qué suerte", repliqué yo. "Suerte por qué". "Porque le vamos a ver entrar otra vez". Cuando un matador de toros como Rafael Ortega pincha en hueso se saborea más la suerte de matar". Tal escribió Gregorio Corrochano en una de sus crónica sobre el torero de la Isla de San Fernando.
 
Y ante lo que sentenciaba el crítico, el torero apostillaba: "Realizar la suerte de matar no me ha impresionado nunca. Es la que he realizado más a gusto, la que he visto más fácil. No cabe duda de que es la más peligrosa, porque le pierdes la cara al toro. Si de verdad se quiere a un toro, la vista tiene que estar fija en el morrillo, no en los pitones. Lo mismo pasa al banderillear. Cuando se ve al torero mirando a los pitones, ese va a pasar apuros para acabar con el toro".
 
Como  no hay cara sin cruz: si tanto se alabó su manejo de la espada, menos se hizo de su profundo toreo. "Muchos no llegaron a fijarse en mi toreo. Siempre he pretendido ejecutar un toreo muy puro, sin trampas, ni concesiones fáciles". Pero los aficionados sí que supieron valorar su sentido del toreo y su capacidad como lidiador.
 
De estos temas charlábamos a la caída de la tarde, en el patio de su casa, bastante años después de su retirada. Una charla en la que, en la que no recuerdo bien por qué causa, el recuerdo de sus primeros años estaba muy presente. "La primera vez que yo toree fue en una placita que improvisamos entre unos cuantos amigos en la vaquería de mi padre. No tenía más de 7 años.  Me acuerdo como si fuera hoy que mi padre trajo el becerro por las calles, atado con una buena soga a los pitones".
 
A partir de aquel día, el toro fue su vida. Con 16 años su nombre ya sonaba en los corrillos. Y tras el paro forzoso de la guerra, a renglón seguido le tocó hacer la mili, que para él fue un buen entrenamiento. "Me destinaron a Intendencia y nos encargábamos de la matanza del ganado. A todo lo que medio embestía, lo toreaba. Hasta que un día me pilló toreando el capitán Entrala. Me echó una bronca tremendo. Me preguntó si quería ser torero, y como le dije que si, para probarme me echó un toraco tremendo que había allí. Estuve bien con él y ya pude torear bastante. Con el paso de los años, este hombre fue siempre el mayor partidario que tuve en toda mi carrera".
 
Tras su paso por Sevilla, en agosto el 48, se decidió a intentar abrirse paso en Madrid. "Mi nombre sonaba ya un poco. A Madrid me fui con una carta de recomendación del general Varela y otra de mi tío El Cuco. El primer que creyó en mí fue un hombre que trabajaba para Camará. Pedrito el Misterioso le llamaban, no sé bien por qué. Le dio tanta tabarra a la Empresa de Madrid, que al final me puso en un cartel. Toreaban conmigo Trujillano y Santos Cabrero. Era el 19 de agosto de 1949. Las cosas salieron redondas. Mientras me desvestía Pedrito se dedicó a escribirle a todas las empresa diciéndole que había aparecido el torero que hacía falta. Se sentía el hombre más feliz del mundo. Padecía una hernia, que le daba bastante lata, y aquella noche con la alegría se excedió y murió al día siguiente. Bueno, pues en su entierro me encontré que todo el mundo quería apoderarme. Y a las 14 horas ya había tres apoderados que decían que me llevaban".
 
Como a partir de este éxito, las cosas se encarrilaron hasta desembocar con naturalidad en la alternativa, que acabó saliendo a hombros por la Puerta Grande de Madrid. "Toreaba con Manolo González y Manolo Dos Santos, pero en realidad fue un mano a mano, porque el primer toro mandó a la enfermería a Dos Santos. Mira que aquella tarde estuvo enorme Manolo González; pues al final quien se fue por la Puerta Grande fui yo".
 
Pero unas fechas antes vino el suceso de la murciana localidad de Cieza."Nos anunciábamos Antonio Ordoñez, el hijo de Cagancho y yo. Estuvimos por lo menos tres horas vestidos de torero. El empresario había recogido el dinero de la taquilla y se había quitado de en medio en un taxi. Uno venía a decirnos que sí, que toreábamos, y al trato lo contrario. Y mientras tanto nosotros sin movernos del hotel. Al final, intervino el Gobernador, prometiéndonos que se nos pagaría lo acordado. Todavía no he cobrado. Pero lo mejor vino luego. Al cabo de muchos años recibí en mi casa una carta del director del Hotel, pidiendo que se le pagara la factura pendiente de aquel día. Claro, le contesté que cuando nos pagaran a nosotros aquella novillada".
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