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Puerta, Curro y Camino, tres grandes de todos los tiempos
Recuerdo y añoranza de tres toreros de Sevilla, que fueron columna vertebral del toreo
En realidad, a lo largo de sus vidas taurinas, tan extensas como fueron, no coincidieron más que nueve tardes en la puerta de cuadrillas. Ahora se cumplirá el medio siglo de la tarde probablemente más mágica, la del 29 de abril de 1965, cuando formaron un lío monumental en la Real Maestranza, una corrida que ocupa lugar muy destacado en los Anales de la Tauromaquia. Antes, habían coincidido en 1960 por dos veces América --en Lima y en Quito-- y tres en España: Albacete (1962), Málaga (1963) y Zaragoza (1964); después, en otras tres: en Madrid y Valencia (1967) y en Bilbao (1974). La historia grande y el misterio profundo de esta terna mítica se fraguó principalmente en las corridas de Sevilla y la de Madrid, ambas con toros de don José Benítez Cubero, que les acompañó en el triunfo.
Actualizado 18 abril 2015  
Redacción. Servicio de Documentación.   

No siempre hay que huir de viejas añoranzas. Demostrado está que, en cuanto se refiere al Arte del toreo, revivir en la memoria los grandes momentos de la historia, permite  entresacar aquello que fue lo más definitivo, dejando de un lado el dato puntual, que si en su día tuvo relevancia, con el paso del tiempo queda desdibujado por la fuerza de las grandes luces.

Iniciamos ahora el cincuentenario de un lustro en el que tres toreros de Sevilla marcaron una época, convirtiéndose en columna vertebral de cuanto sucedía en el mundo del toro. Ausente temporalmente la figura colosal de Antonio Ordóñez y consumada la irrupción heterodoxa de Manuel Benítez, sin embargo entre 1965 y 1968 el toreo tiene uno de sus fundamentos principales en ese trío de lujo que formaron Puerta, Curro y Camino. Por si no fuera suficiente, muy poco después vino a completar el cuadro un salmantino cabal: Santiago Martín “El Viti”. Siendo época de toreros grandes, sólo con estos cuatro nombres cabría explicar la historia.

En la Sevilla de entonces, esa que tantas veces nos recuerdan Luis Carlos Peris y Nicolás Sala en las páginas del “Diario de Sevilla”, los tópicamente llamados “señoritos” --porque era unos señores de los pies a la cabeza-- todavía se reunían a la hora del aperitivo en el “Sport” de la familia Gómez Guillén, donde se hablaba de toros --de cosechas, también-- como en pocos sitios. Entre la calle Antonia Díaz, los alrededores del Baratillo y el grill del Hotel Colón, se pasaba lista toda la gente del toro. En las calles estaba, en fin, la vida propia del toreo, la discusión acerca de este hecho, de tal o de cuál novillero que empezaba a despuntar… Era eso que hoy tanto se echa en falta: la realidad de una sociedad con auténtico sentido taurino.

En ese añorado caldo de cultivo llegaron al escalafón superior en el espacio de tres años el trío de los sevillanos: Diego Puerta, a finales de 1958; Curro, en la primavera de 1959 y en abril de 1960, Camino. Un año más tarde, en mayo del 61, se les unió El Viti”. Cada uno seguía su senda propia, pero pronto comenzaron a coincidir, porque era de toda lógica que lo hicieran cuando el empresario necesitaba eso que los taurinos llaman “un cartel muy rematado”.

Sin embargo, la tarde cumbre del 29 de abril de hace 50 años el trío se formó de manera ocasional. Herido días antes Jaime Ostos, que era quien inicialmente encabezaba el cartel de ese día, don Diodoro llamó a Curro para que completara la terna con Diego Puerta y Paco Camino, toreros que coincidieron, con el malaje que eso tiene, en ir vestidos los dos de corinto y oro. Por entonces la vacada de don José Benítez Cubero, que era la elegida para la ocasión,  estaba en muy primer plano, no como ahora que la han reconducido mayormente a los festejos de caballos. Era un hierro de figuras.

Curiosamente la vez primera que se dio un cartel parecido se remonta hasta el 1 de noviembre de 1960, en la plaza de Acho, donde el trío de oro mató una corrida del hierro local de Huando, con la que Puerta se entretuvo en cortarle tres orejas. Un cartel que luego se repitió en la feria Quito, pero que en España no se vio hasta 1962, cuando los tres coincidieron el 11 de septiembre en la plaza de Albacete.

Pese al tirón que entre la afición tenían los tres sevillanos, hasta la corrida histórica del 29 de abril de 1965 tan sólo había coincidido en el mismo cartel en otras dos ocasiones:  el 1 de agosto de 1963 en Málaga y el 7 de octubre de 1964 en Zaragoza. A parte de la política que seguía cada apoderado, se entiende esta falta de coincidencia, cuando se repasan los carteles de la época se comprueba que imperaba fórmula más clásica de todas, la de un “primero” y dos figuras. Y es que las figuras de entonces no necesitaban de ir arropadas mutuamente de a tres en tres.

En los hitos sevillanos, en fin, antes de entrar en los cinco años de oro Pedro Martínez “Pedrés” había inmortalizado su nombre, con la faena colosal al toro de Urquijo un día 21 de abril de 1963, como luego tuvieron en 1966 el epílogo glorioso de la faena de El Viti al toro de Samuel.

Pero los sevillanos tenían antes de aquel 29 de abril sus propios laureles a las espaldas: la presentación apoteósica de Camino como novillero en Sevilla, en julio del 59, la tarde de las cuatro orejas; la ocasión épica de Diego con “Escobero”, el toro de Miura que lo hizo figura, como luego confirmó en Madrid; el  cante por un palo propio e inconfundible que Curro ya había marcado desde el día de su presentación, en el más lejano verano de 1957…. Mucha historia cada cual por su lado.

La apoteosis sevillana

Pero plantémonos ya en esa fecha del 29 de abril. Celestino Fernández Ortiz, “Don Celes” en la crónica taurina, escribió en “El Ruedo”: “En Sevilla no se habla de otra cosa que de esta feliz  conjunción de toros y toreros; que de la cita exacta en un día de abril, sobre el amarillo albero y dentro del círculo que forman las arcadas jónicas de la Maestranza; del arte y la gloria, en grado de apoteosis. (….) Corridas como esta dan cuerda y vitalidad a los toros como el espectáculo más singular y más formidable del mundo y acreditan su estado de juventud prometedora. Triunfo de la Fiesta, además, en su acepción, en su estilo, en su escuela sevillana. Alguien llamó a ésta plateresca, con razón, porque decora, recamando de sutiles adornos la arquitectura de las líneas fundamentales. Y por plateresca, porque no está reñida, clásica.  Línea y color. Plástica y ritmo. Alegría en el drama. Sangre y Oro. (…) De todo esto fue antología la corrida que intentamos relatar”.

ABC de Sevilla, 30 de abril de 1965

Para Manuel Olmedo, “Don Fabricio II”, en las páginas sevillanas de ABC se trató de un “cartel netamente sevillano. Toros y toreros de la tierra, en armoniosa conjunción de boyantía, arte y arrestos. Tarde de noble emulaciones y felices logros, tarde redonda en la que revalidó su fama una divisa prestigiosa y acreditaron maestrías tres grandes toreros, tres grandes artistas, cada uno con su estilo, con su personalidad bien definida, La fiesta ha discurrido entre clamores. No era para menos. Porque con los excelentes mimbres enviados por don José Benítez Cubero, la terna de lidiadores ha hecho maravillas, nacidas a impulsos de una poderosa inspiración”.

Sin embargo, luego, hay que leer las crónica para comprender el sentido y razón de tanto elogio, cuando la escueta reseña para la estadística tan sólo nos decía: Diego Puerta, vuelta y dos orejas; Curro Romero, vuelta al ruedo y una oreja; Paco Camino, ovación y una oreja. El quid de la cuestión estuvo en el uso de los aceros, que mermó el número de trofeos, pero no el entusiasmo.

Pero sigamos adelante. “¿Cómo fueron los toros?”, se preguntaba Don Celes al inicio de su crónica, para luego contestarse: “En primer lugar, de gran presentación. Entre ellos, el más grande que ha salido hasta ahora, abriendo marcha en la corrida, de 568 kilos y un nombre sugerente: «Cocherjto» Se diría que en su coche sube para triunfar, para hacer un feliz viaje, toda la corrida. Y tiene ese sentido modesto, menor, de no darle importancia a la cosa; de preciosismo también: “Cocherito”, no “Cochero”. Bravo,  alegre, codicioso, yendo de lejos a los caballos y llegando al último tercio suave y noble. Así todos... menos el último. El garbanzo negro de este cocido andaluz”.

En el ABC madrileño, Don Antonio Díaz Cañabate escribía en una crónica, significativamente titulada “Toros en una terraza de Sevilla”, en la que se podía leer a propósito del torero de San Bernardo: “Diego Puerta dominó sus nervios, siempre en tensión, acoplándolos a las condiciones pastueñas de los toros. Más tranquilas y reposadas fueron sus faenas, sin perder por ello su magnífico coraje, ese coraje de Diego Puerta que levanta en vilo a la emoción y que la sostiene en el aire de la angustia, cada momento más encendida, a cada momento más empapada en las cimas de la valentía”.

A la hora de explicar lo de Curro, “Don Celes” no se anduvo por las ramas en “El Ruedo”: “Curro Romero no ha tenido su tarde,  porque ha tenido algo mejor. La suya ha sido la tarde  de ese torero inmenso, ideal y soñado, en torno al que la Fiesta quiere concretarse. Y que rara vez se  consigue. Jamás hemos presenciado más larga y más  ancha lección de estética. Jamás la belleza ha ocultado mejor lo que el toreo tiene de oficio, de porfía, de brega, como en las dos actuaciones --de capa y de muleta-- de Curro, al que llamaremos El Magno. Todo lo que ha hecho --hasta retirar, desarmado ante el toro, perdido el capote-- ha estado transido de gracia”

Para Camino, en fin, guarda “Don Fabricio II” esta valoración: “Dentro de la bondad general del encierro ha habido un lote menos grato: el que correspondió a Paco Camino, quien, pese a ello, ha obtenido un éxito estimabilísimo, porque ha puesto en el empeño todo su saber, animado por un firme anhelo de éxito, y ha superado airosamente los escollos presentados por sus enemigos, sobre todo por el que cerró plaza”.

En consonancia con todo lo anterior, Manolo Olmedo eligió para el final de su crónica este párrafo: “La memorable corrida tuvo un epílogo de desbordadas efusiones, con vueltas al ruedo de los espadas, de Pepe Benítez Cubero, del mayoral de la ganadería, entre las ovaciones de un público que manifestaba su entusiasmo de manera unánime y rubricaba clamorosamente la gran apoteosis sevillana”. A “Don Celes” le bastaron cuatro palabras: “¿Hay quien dé más?”.

Un cartel que luego sólo se repitió tres veces

Con todo lo que tuvo de excepcional, que aquellos eran otros tiempos para el toreo se explica con un simple dato: el cartel de los tres sevillanos ya no se volvió a repetir más que en tres ocasiones. La primera, plenamente triunfal, en Madrid el 26 de mayo de 1967, repitiéndose aquel mismo año en Valencia el 24 de julio. La ultima tuvo por escenario Bilbao, el 19 de agosto de 1974.

En Valencia, con toros de Torrestrella, la tarde se saldó con el siguiente resultado: Diego Puerta, dos orejas y ovación; Curro Romero, división de opiniones y dos orejas; Paco Camino, palmas y ovación. Y en la postrera de Bilbao, que hubo de suspenderse a la muerte del tercer toro por la lluvia, se lidiaron reses de Juan Pedro Domecq, con los que Diego Puerta dio la única una vuelta al ruedo de la tarde.

La de Madrid, en cambio, tuvo el remate final de los tres toreros y el mayoral por la Puerta Grande de Las Ventas. Como se recordará, Curro había dormido aquella noche en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, tras negarse a matar uno de los toros en la corrida del día anterior. Pero ya de antemano, según contó Antonio Díaz Cañabate, este cartel era “el que más expectación había levantado de toda la feria”. 

El mítico “Caña” introducía la tarde en estos términos: “Cartel sevillano. Sevillanos los toros nacidos en los campos marcheneros, flor de la campiña andaluza (…) De la misma Sevilla Diego Puerta. De la misma Camas, a la vera de Serva la Bari, Curro Romero y Paco Camino. Toros con ángel. Toreros con duende. El duende del valor de Diego Puerta. El ángel del arte en Curro Romero y en Paco Camino. Ángeles y duendes, de orillas del Guadalquivir, planeando su toreo en la plaza de toros de Madrid. Los madrileños y los forasteros se las prometían muy felices. A poquito que embistieran los toros de Marchena, Sevilla y Camas trazarían en el aire de los Madriles los arabescos andaluces, floripondios luminosos, perfiles de tierras y razas milenarias de donaire”.

La esperanzas no se vieron defraudas. Diego Puerta le cortó una oreja a cada uno de sus toros, Curro hizo otro tanto y  Camino las dos del que hizo 3º. “Tanta oreja fue posible porque los marcheneros toros se portaron a las mil maravillas  con los tres sevillanitos”.

Y añadía Cañabate: “Las dos orejas ganadas más a pulso, con el pulso del puro toreo, fueron las de Paco Camino en el tercero. Pulso de toreo puro. Conjunción del ángel y del duende. Arrogancia. Elegancia. Majestad. (….) La faena de hoy de Paco Camino fue toda ella el fulgor de la belleza, sin puntos oscuros que apagaran su resplandor”.

En otro momento escribe: “Otra gran faena, de diferente estilo a la de Camino, fue la de Puerta al cuarto. Punteaba el toro. Lo aguantaba el torero sin un paso atrás. También es puro arte de torear. La emoción es distinta. Una, artística. La otra, sobrecogedora. Las dos, pariguales en el estremecimiento”.

Y sobre Curro, tras advertir que “·comprometida era la tarde”, el cronista de ABC destacaba: “Gallardía unida al temple.Temple unido a la elegancia producida por la naturalidad derivada del buen gusto. En los pases de Curro Romero  se percibe claramente cómo la inspiración desciende a su muleta y asciende al arte del toreo. Cómo la inspiración comunica a su figura la magia de la belleza. Sus movimientos entonces adquieren una cautivadora sugestión muy sevillana”.

Yo también, como mi amigo Irineo, me acordaré de esta tarde del 26 de mayo. Y no por las orejas y menos por las bocas de los toros, sino porque me esperanza la ilusión de que el toreo puro anda ya por los aires de las plazas de toros”, concluía su crónica.

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