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La urgencia de formar a nuevos aficionados y de fidelizarlos
Saber de toros, enseñar la Tauromaquia
Como bien recuerda en este artículo un estudioso de estos temas como José Aledón, se comprueba como existe una constante histórica en torno a la necesidad de formar nuevos aficionados, para que lleguen a conocer la razón y sentido de la Tauromaquia. Ha sido causa de no pocos trabajos, desde "La tauromaquia o el Arte de Torear" hasta obras recientes, editados con ese sentido pedagógico y divulgador. Incluso se cuenta con intentos pedagógico-taurinos realizados in-situ, como los que protagonizaba el crítico "Hache" en la plaza de Madrid a comienzos del pasado siglo XX. Hoy, cuando por fortuna una nueva generación de aficionados se acerca a la Fiesta, puede ser el momento adecuado para reinventar las viejas fórmulas, haciendo uso de las tecnologías de las que ahora se dispone.
Actualizado 14 mayo 2013  
José Aledón Esbrí   

Lo más preciado que se puede decir de alguien a quien le gusten las corridas de toros es que es “un buen aficionado”. Lo de “gran aficionado” queda bien pero es bastante menos laudatorio.

Bien, pues una de las condiciones indispensables para ser un “buen” aficionado es saber de toros. Tal cosa es harto difícil de evaluar, pues hemos  oído decir a algún que otro matador, incluso de renombre,  que “de toros, no saben ni las vacas”. Suprimiendo la parte de falsa humildad que pueda haber en la frase, sí es cierto que tener un conocimiento cabal del posible comportamiento de un toro en la plaza es algo bastante complicado.

Hay que decir también que, como en todo, hay distintos grados de conocimiento asequible en función del ámbito en que se halle uno, siendo necesario tener en cuenta esa premisa para salir bien parado de la prueba. Así, haciendo referencia a la primera obra de alto nivel dentro de la preceptiva del toreo a pie: “La Tauromaquia o Arte de Torear”, firmada por Josef Delgado (“Illo”), la califica éste  como “obra utilísima para los toreros de profesión, para los aficionados y toda clase de sugetos (sic) que gustan de Toros”, y, para que no queden dudas sobre su propósito al inspirarla, finaliza así la introducción “AL LECTOR”:  “mi obra lleva por objeto dar reglas a los aficionados y Toreros para que se conduzcan con seguridad en las suertes; y que los expectadores (sic) instruidos a fondo en los fundamentos elementales de la Tauromaquia sepan decidir sobre el verdadero mérito de los Lidiadores, adquiriendo por ella un conocimiento que le ha de hacer mucho más grata la diversión…”. “Illo” define aquí esas tres categorías o ámbitos mencionados: “toreros de profesión, aficionados [en este caso los después conocidos como “aficionados prácticos”] y toda clase de sugetos [los “expectadores”] que gustan de Toros”.

Como cabe esperar, cada nivel tiene sus objetivos y exigencias, tal y como lo refrenda Ventura Bagües Nasarre de Letona,  “Don Ventura” en el mundo de los toros, en su libro “Escritores taurinos españoles del siglo XIX”, publicado en Barcelona en 1927 : “el arte del toreo suele apreciarse de muy distinta manera por el aficionado que asiste a las corridas como espectador y por el profesional que actúa en el ruedo; el ejercicio de la lidia ofrece aspectos que generalmente pasan inadvertidos para el público, pero no para los toreros…”.[1].

La preceptiva taurina, para profesionales o aficionados, prácticos o no, cuenta con siglos de antigüedad, como  manifiesta José Campos Cañizares: “comienza con el “Tractado de la caualleria de la gineta”, escrito por Fernán Chacón en 1551. Desde ese momento hasta finales del siglo XVIII se llegaron a componer hasta 45 textos normativos o de índole taurina caballeresca” [2]. En lo tocante al toreo a pie, hay que mencionar el tratado manuscrito, hallado en la biblioteca de la casa de Osuna, conocido como “La Cartilla de Osuna”, especie de prototauromaquia precursora de la de Josef Delgado. Se supone que fue escrita hacia fines  del siglo XVII, siendo su divulgador José María de Cossío. Su barroco título es “Cartilla en que se notan algunas reglas de torear a pie, en prosa y en verso” y comienza con las “Circunstancias que deben concurrir en el aficionado para su lucimiento”, asegurando que si éste, “olvidado del miedo y tibieza se arreglase de una adiestrada habilidad y a las advertencias de esta Cartilla, se logrará los triunfos de los generosos intentos, causando a la curiosidad admiración, de ver postrada la altivez de la más indomable fiera a un temeroso ánimo”.

Debemos decir que este artículo tiene que ver exclusivamente con, como diría el maestro sevillano, “toda clase de sugetos que gustan de Toros”, es decir, el espectador más o menos ocasional, de corridas de toros.

La preocupación de ciertos críticos que han escrito sobre toros con carácter más o menos profesional en medios públicos de comunicación ha sido siempre el instruir al público en general, pues el aficionado se supone que busca, por su cuenta,  una formación algo más completa. Así lo expresa, en el último cuarto del siglo XIX, el cronista taurino sevillano Juan Sánchez  Lozano (”Pasanau”) en el prólogo de uno de sus libros: “Esta obrita se escribe sin pretensiones de ningún género y con el fin exclusivo  de divulgar los conocimientos taurinos entre aquellos aficionados entusiastas que, a pesar de serlo, desconocen casi en absoluto las nociones del toreo, a los que indudablemente se prestará un servicio de consideración, explicándoles la razón de ser y el modo seguro de ejecutar las suertes que les admiran y arrebatan sin conocerlas y distinguirlas en sus múltiples manifestaciones[3].

Precisamente, cuando “Don Ventura” se ocupa del citado escritor, dice, al hilo de esas palabras: “Hoy, como hace cerca de medio siglo, hay aficionados entusiastas, es decir, que van a la plaza todos los domingos [el subrayado es nuestro]  y desconocen, no obstante, casi en absoluto aun lo que puede considerarse como elemental. Estamos igual que en los tiempos en que Pasanau pretendía hacer una obra de divulgación[4].

Hubo incluso aficionados que fueron mucho más allá de publicar obras de divulgación, pues, percatándose de que --como comenta “Don Ventura”-- “el aficionado a toros, generalmente, no lee o lee muy poco; cree hallarse en el secreto de todo y saberlo todo y no sabe nada de nada[5], había que hacer algo en la misma plaza de toros para salvar el grave escollo del desconocimiento. Fue el caso de Antonio Fernández de Heredia, más conocido como “Hache” en el mundillo taurino. Fue, por este orden, militar, aficionado práctico (llegó a rejonear a la antigua usanza), ganadero de bravo, cronista taurino, tratadista y, en su vejez, asesor de la plaza de Madrid hasta su muerte en 1921. Dice de él “Don Ventura”: “Cuando dejó de escribir y antes de ser asesor, se significó mucho en la plaza de Madrid, pretendiendo encauzar a la afición, pues desde su asiento en la meseta de toril, donde aguantaba, estoico, los rayos del sol canicular, iba mostrando a los espectadores una serie de letreros donde señalaba los defectos de los toros y de las faenas de los lidiadores[6].

Si el bueno de “Don Ventura” se lamentaba en 1927 de que la situación era más o menos idéntica a la de cincuenta años atrás, veinte años más tarde, es decir, a mediados de la década de los cuarenta, el crítico taurino Emilio García Rojo, escribía en su prólogo al libro de Lucas González Herrero “El Arte de los toros”: “Es bien notorio que el espectador en nuestra fiesta – no digo aficionado – es cada día y por corrida, más considerable. Ese aluvión de ciudadanos, que los domingos llenan la Monumental con programas débiles y precios fuertes [como se ve, “no hay nada nuevo bajo el sol”], y la expectación que los jueves produce la presencia de diestros de campanillas, denotan a simple vista, el entusiasmo, que, por los toros se siente… Ahora bien, ese espectador ocasional, si se quiere, hay que convertirle en aficionado contumaz y entusiasta, y para conseguirlo nada más práctico y oportuno que ofrecerle una orientación técnica y aleccionadora… Hacer, en una palabra, de cada espectador a secas, un técnico documentado, un taurino competente. Si esa masa, a veces aterradora por su volumen, que ocupa los graderíos, conociese en sus detalles, las incidencias que la lidia de un toro ofrece, según sus distintas características, se evitarían con mucho, las arbitrariedades que en la protesta, o en el elogio, a diario presenciamos. Si el público, de una manera general, conociese técnicamente, cada una de las suertes del toreo, sus algarabías, de ensalce o censura, tendrían  cotización muy distinta. La valoración exacta que a la lidia conceden los públicos de hoy, es puramente espectacular, donde además se refugian el azar venturoso, o la incidencia desagradable y puramente ocasional. Y el toreo no es eso. Su enjundia misma, ofrece raíces más profundas, a las que se debe llegar por derroteros distintos”.

Todo lo anterior es historia. Las preguntas  que debe hacerse el taurinismo hoy, por lo que le va en ello, son: ¿cuánto sabe de toros el espectador o espectadora que asiste con alguna regularidad a las corridas de toros?, ¿sabe más que el de hace cincuenta o cien años?, ¿le interesa realmente saber sobre el toro de lidia y su mundo? Y, si la respuesta a esas preguntas muestra que una buena parte de ese público aceptaría cierta formación de calidad sobre el espectáculo, ¿qué se puede hacer para satisfacerlo y fidelizarlo?

Algo que puede orientar para tratar de responder cada uno para sus adentros esas preguntas es la aceptable cantidad de programas radiofónicos y televisivos (emitidos principalmente por ciertas cadenas autonómicas) que tratan el tema taurino, a la vez que la  creciente y variopinta publicación de libros didácticos sobre el particular, con títulos tan expresivos como “Cómo ver una corrida de toros: manual de tauromaquia para nuevos aficionados” (J.A. del Moral); “Cómo ver el toro en la plaza” (J.L. Prieto Garrido); “Comportamiento del toro de lidia en el campo, en el ruedo” (A. Purroy); “Toros para todos” (E. Romero), etc., lo cual demuestra que, ciertamente, hay demanda de conocimiento por parte de un segmento de la sociedad española lo suficientemente importante como para desencadenar esa  oferta divulgadora.

Es una señal verdaderamente esperanzadora que los distintos estamentos que conforman el planeta de los toros no deben desestimar, aprovechando el momento para construir la base de la tauromaquia del siglo XXI.

La gran ventaja que la taurofilia organizada tiene hoy reside en el uso adecuado de la tecnología, poniéndola al servicio de sus intereses que, en una sociedad democrática, deben coincidir con los del consumidor, en este caso con los del espectador de la corrida de toros.

Alguien puede aducir que eso es justamente lo que hacen los citados programas de radio y televisión mencionados, así como los autores citados junto a otros no nombrados pero no menos dignos de serlo. Ciertamente lo hacen y lo hacen muy bien, al igual que los críticos que reseñan en la prensa los festejos celebrados en las distintas ferias y corridas sueltas que se dan tanto en España como en otros lugares de la geografía taurina. 

Todo ello es necesario pero no suficiente. Hay quienes dicen que para saber de toros hay que ver muchas corridas. Totalmente de acuerdo. Igualmente necesario, pero no suficiente, pues no sólo hay que ver, sino “saber ver”. Muy bien, dirán otros, para eso están los programas, los libros y las charlas y conferencias que, sobre todo en invierno, se dan aquí y allá. Tampoco les falta razón. Todo ello es necesario, ¿pero, es suficiente? Creemos que tampoco. Entonces, ¿qué?, ¿qué se podría hacer que no se hace? Y, ¿eso sí sería suficiente?

Antes de exponer aquello que creemos se podría hacer para rematar la faena divulgativa no hay que olvidar que para adquirir conocimientos (se entiende que en el campo no profesional) sobre cualquier materia hay que dedicar tiempo y también dinero. Aquel que carezca de uno de los requisitos lo tiene complicado. No digamos ya lo que ocurre si carece de los dos.

Efectivamente, para saber de toros hay que ver muchas corridas. Ahora, pregúntese el lector, ¿cuántas corridas de toros o novilladas se dan en su lugar de residencia o en una zona fácilmente accesible para él? Las ferias, excepto la de San Isidro, duran entre una y dos semanas y las corridas de toros celebradas en fechas concretas  del año no son muy frecuentes, por lo que para presenciar muchos festejos hay que asistir a varias ferias cada temporada con lo que ello supone en lo relativo a la disponibilidad de tiempo y dinero y eso durante unos cuantos años. Una dificultad añadida es el horario de los festejos, pues comenzando éstos generalmente entre las cinco y las siete de la tarde, quien tiene la suerte de trabajar lo tiene ciertamente complicado para asistir si no es periodo festivo en su localidad. Aquel que opte por las retransmisiones televisivas ciertamente amplía las posibilidades de ver festejos pero lo que hay que potenciar es la asistencia de la gente a las plazas, no fiarlo todo a la realidad virtual.

Al margen de las citadas cuestiones, cuya respuesta es puramente individual, no está de más ver qué puede ser más operativo a nivel teórico para optimizar un proceso de aprendizaje, en este caso para aprender a ver toros. Estudios realizados para determinar el porcentaje aproximado de uso de los sentidos en el proceso de aprendizaje en el ser humano muestran que la vista ocupa el primer lugar con un 75%, siguiéndole el oído con un 13%. A continuación están el tacto con un 6%, el gusto con un 3% y el olfato con otro 3% [7]. Naturalmente, habrá discrepancias en el campo académico sobre este particular, pero, creemos que, en cualquier caso, la vista y el oído son los sentidos más importantes para aprender, y que el más alto rendimiento cognitivo se consigue con la conjunción de ambos.    

La propuesta que nos  atrevemos a hacer, basados en la citada conjunción sensorial, aún a sabiendas de ser tachados de soñadores, utópicos o algo peor, es la de formar al público joven “in situ”, es decir, en el coso taurino. ¿Cómo? Pues, retomando una iniciativa que, excéntrica en su momento, hoy puede ser llevada a cabo a la perfección. Nos referimos a aquello que el citado “Hache” iniciara hace un siglo en la plaza de Madrid, sin más medios que esa “serie de letreros donde señalaba los defectos de los toros y de las faenas de los lidiadores”, pero utilizando hoy megafonía y haciéndolo en positivo, es decir, no sólo para “señalar los defectos de los toros y de las faenas de los lidiadores”, sino para explicar, desde el comienzo del paseíllo a la conclusión del festejo, qué es lo que está ocurriendo en la arena y por qué.

Ello sería una grandísima oportunidad para las Escuelas de Tauromaquia de cada Comunidad Autónoma, pudiendo su cuadro de profesores encargarse de hacer los oportunos comentarios en las plazas de su demarcación  en el mismo momento en que se hacen  las suertes en el ruedo.

Los festejos idóneos para tales sesiones divulgativas podrían ser novilladas con y sin caballos, pues al tratarse de festejos con un menor nivel de responsabilidad para toreros y ganaderos se puede ganar en naturalidad lo que se pierde en rigidez reglamentaria. Naturalmente, los costes de dichos festejos de divulgación y promoción deberían ser los mínimos, repercutiendo del mismo modo en el precio de las entradas. También habría que adecuar calendario y horarios  a la actividad laboral o escolar del público al que van dirigidos. Una variante de tales festejos podría ser la organización de novilladas en las que son los profesores los que sugieren - en vez de comentar lo que ven – lo que es conveniente que hagan los lidiadores en función de las condiciones de la res, anticipando de esa manera lo que va a ocurrir y sus consecuencias. Tales sesiones se pueden grabar y colgar en la red a la vez que difundir en los actuales soportes informáticos.

De esta manera, la corrida formal queda intacta, sin intromisiones de ningún tipo, sirviendo las novilladas para lo que han servido toda la vida, para aprender los jóvenes toreros y, si ahora se quisiera, también los públicos jóvenes.  

Hay un precioso librito, escrito por el torero valenciano Víctor Manuel Blázquez, profesor de la Escuela de Tauromaquia de Valencia, que lleva por título “¿Qué sabe usted de toros?” (Col. Al Quite. Diputación de Valencia, 2003) que contiene todo aquello que él mismo o cualquier otro instructor podría explicar de viva voz en una plaza de toros.

Ello haría justicia por igual a esos dos componentes constituyentes del toreo clásico: técnica y estética, basados ambos en ese tan difícil y leonardiano “saper vedere” a la vez que lograría, con insuperable perfección, que “los expectadores instruidos a fondo en los fundamentos elementales de la Tauromaquia sepan decidir sobre el verdadero mérito de los Lidiadores, adquiriendo por ella un conocimiento que le ha de hacer mucho más grata la diversión”, como soñó Pepe-Hillo.

 

[1] Op. cit.: p. 200.

[2] “Encuentros en Catay”. Nº 20, 2006. Departamento de Lengua y Literatura Españolas. Universidad Fujen-Taipei, p. 280.

[3] “Manual de Tauromaquia”. Sevilla, 1882, p.7.

[4] Op. cit.: p. 37.

[5] Op. cit: p. 137.

[6] Op. cit.: p. 219.

[7]www.lapetus.uchile.cl/lapetus/archivos/1208266795Clasen_3.ppt

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Alberto P. Pelaez
20/01/2014
el estado de la fiesta.
fjrigjwwe9r1_blog:comentario
Muy ilustrativo, francamente me parece un buen articulo, comprensible para cualquiera y perfectamente estructurado. Lastima que las tendencias actuales
, sean tan contrarias a la Fiesta y que algunos de sus protagonistas, la estén denostando de forma descarada, unas veces por sus particulares intereses, otras, por una miopía que rayaría en lo sospechoso.
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