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SEVILLA: Feria de San Miguel
Sentido y sensibilidad, en la despedida de El Cid en la Maestranza
El Cid, emocionado, llora en el estribo tras triunfar con el 5 (Elcorreoweb.es)
El público sevillano arropó, amparó y dotó de contenido la última tarde de Manuel Jesús ´El Cid´ en la plaza de la Maestranza en una emocionante despedida que, a la postre, fue el único argumento del festejo. "Pero el público, y hasta la banda de música, se entregaron por completo en el último toro que iba a matar vestido de luces en el coso maestrante", como escribe @ardelmoral en su crónica.
Actualizado 29 septiembre 2019  
  
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SEVILLA. La plaza se llenó hasta la bandera en tarde espléndida y muy calurosa. Se lidiaron seis toros de Victoriano del Río aunque segundo y quinto estuvieron marcados con el hierro filial de Toros de Cortés. La presentación resultó desigual, con algunos ejemplares de feas hechuras. El más potable del envío fue el segundo, aunque duró muy poco. También sirvió el tercero. Al resto le faltó fondo. Enrique Ponce, de blanco y azabache, silencio en ambos. Manuel Jesús ‘El Cid’, de azul de Prusia y oro, ovación tras petición y oreja José María Manzanares, de corinto y oro, ovación en ambos

Incidencias: El Lipi, de la cuadrilla de El Cid, saludó tras parear el segundo y Duarte destacó pareando al sexto. Este sábado se conmemoraba el centenario de la alternativa de Manuel Jiménez ‘Chicuelo’ en esta misma plaza aunque no hubo ningún gesto o iniciativa oficial que señalara o delatara el evento.

 

A Manuel le rodaban lágrimas como puños mientras daba la última vuelta al ruedo vestido de luces en una de las plazas que más y mejor le han visto. Es verdad que hay que retroceder algunos años para recuperar aquel lustro prodigioso que le vio atravesar hasta cuatro veces la Puerta del Príncipe pero el público sevillano –exquisito y elegante- supo tirar de memoria, sentido y sensibilidad para convertir en un suceso especial la despedida del diestro de Salteras. Ése iba a ser al final el único hilo conductor de una tarde en la que también hubo otros olvidos imperdonables. Ningún estamento oficial, absolutamente ninguno, echó cuenta que este sábado se conmemoraba el centenario de la alternativa de un torero fundamental al que algunos queremos sacar de un injusto olvido. Hablamos, por si aún no lo saben, de Manuel Jiménez ‘Chicuelo’, creador del ritmo moderno de torear. La oportunidad, una vez más, se había perdido...

 

Pero hay que centrarse en el único acontecimiento destacable de una tarde gris en la que la desigual corrida de Victoriano del Río y las actuaciones de Ponce y Manzanares pasaron con más pena que gloria. Y es que la ovación del público tras romperse el paseíllo ya marcó lo que iba a suceder. Las palmas, sinceras, sacaron a saludar a El Cid. A partir de ahí no iba a faltarle la entrega del público: desde el primer capotazo hasta la emocionante e intensa ovación final que recogió en los medios con el alma rota.

 

Manuel fue fiel a su fama sorteando uno de los toros de mayores posibilidades del decepcionante envío de Victoriano del Río. Fue el segundo, al que cuajó un ramillete de verónicas rabiosamente clásico que remató con una original media transformada en chicuelina. El animal mantuvo ese buen aire en la brega y Manuel renovó la fidelidad a su trayectoria más genuina citándolo de largo con la muleta en la izquierda. El toro se vino con algunas reticencias en una ronda que el torero remató con un pase de pecho a pies juntos, muy vertical la planta. El trasteo también fluyó por el otro lado sin que faltara el calor constante de la parroquia pero el bicho echó el freno cuando el matador volvió al natural. Ahí se había acabado todo y el bajonazo final no ayudó a apuntalar la petición de trofeo que, lógicamente, no pudo ser atendida.

 

Pero el público, y hasta la banda de música, se entregaron por completo en el último toro que iba a matar vestido de luces en el coso maestrante. El animal, de fondo manso y escaso contenido, no era el más apto para una apoteosis pero los compases de la banda de Tejera acompañaron desde el primer al último muletazo de un trasteo entregado y movido de terrenos en el que se produjo una emocionante comunión entre el público y el matador. El Cid supo lucirse en los remates, transmitiendo una encomiable actitud de agradar mientras el animal terminaba de cantar su mansedumbre marchándose a los terrenos de chiqueros. Allí lo estoqueó el matador saltereño que contempló su agonía sentado en el estribo. La petición de trofeo fue unánime. Manuel dio la vuelta, la última, llorando sin disimulo. Sus compañeros le iban a sacar a hombros por la puerta de cuadrillas.

 

Había roto plaza Enrique Ponce, vestido con el dudoso vestido de azabaches de la lesión de Valencia y la espesísima tarde de Bilbao. Debería colgarlo en el armario. El diestro de Chiva había acudido a Sevilla en sustitución de Roca Rey sin estar anunciado inicialmente en el abono recuperando, de paso, la sintonía interrumpida con Ramón Valencia. El empresario tenía clavada una espinita con el torero desde el anuncio de los carteles por el mes de febrero y la ausencia del peruano le permitió sacarla. El primero toro que sorteó, brindado a El Cid, fue un ejemplar soso y de feas hechuras con el que sólo pudo mostrarse compuesto y templado. El cuarto, que no se empleó de verdad ni una sola vez, tampoco fue apto para florituras a pesar del largo trasteo del maestro. Ponce, ésa es la verdad, pasó prácticamente desapercibido.

 

Sí tuvo posibilidades de lucimiento el tercero, al que Manzanares toreó sin terminar de romperse por completo aunque un sorpresivo y desgarrado cambio de mano hizo concebir otras esperanzas. Brilló más en los remates que en el toreo fundamental sin lograr remachar su labor con su espada, tantas veces infalible. Tampoco pudo ser con el sexto, al que cuajó dos o tres lapas de categoría y una larga sedosa e interminable. Manzanares es capaz de torear así cuando se encuentra en vena pero este sábado no recordó al gran torero que ha rendido tantas veces en esta plaza. Contaban que, desde Bilbao, era otro. Ayer quiso a medias sin redondear nada. El idilio se resiente sin remedio.

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