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A modo de una guía sobre aquello que se admira
Sevilla en la primavera soñada de José María Requena
Poeta, novelista, ensayista y periodista, José María Requena (Carmona, 1925-Sevilla 1998) ha sido uno de los escritores que con una mayor sensibilidad se ha acercado a los misterios de su tierra. Alejado por completo de una visión tópica, tiene acreditada una obra que hoy sigue teniendo una plena actualidad. Desde su "Sangre por las cosas" --con la que debutó en la poesía-- hasta su ultimo trabajo, supo dignificar el oficio de escribir. Por eso ha sido uno de os nombres destacados de las letras de esta era contemporánea. Ahora que arranca una nueva primavera, bueno es recordar algunas de sus palabras, que fueron precisamente eso: una verdadera primavera.
Actualizado 23 marzo 2018  
Redacción   
 Selección de escritos taurinos de José María Requena (Tamano: 222,5 kb.)

"Mucho más allá del requiebro emergido del resplandor de la belleza", José María Requena amó a su tierra y a sus tradiciones "de otro modo". Y es que canta a Sevilla desde la sinceridad de su buen escribir, cuando nos advierte que lo hace “con voz quemada y escocida, con las que el hombre busca un poquito de Dios para las ramas altas de su sueño”

Pocos libros como su "Gracia pensativa" [Ediciones Rialp, 1969]   retratan tan a lo vivo las realidades sevillanas, desde ese otro modo de ver con que el poeta de Carmona describe con formas luminosas. Ahora que Sevilla anda en una nueva primavera, qué oportuno son sus versos y  su  prosa para conocer todo aquello que se admira, no sin asombro.

La sinceridad de su canto

Para ello, nada mejor que comenzar con lo que bien puede entenderse como una declaraciones de intenciones, cuando Requena escribe sus propósito al acercarse al verdadero ser de  Sevilla:

No se canta la tierra de la entraña
con la tranquila voz de quien contempla
crepúsculos bonitos y amaneceres bobos,
sino con voz quemada y escocida
en la garganta del amor,
por la savia feroz de las raíces
con las que el hombre busca
un poquito de Dios
para las ramas altas de su sueño

 No se canta la tierra de la entraña
con voz de vino dulce,
sino con voz que moja el aguardiente
de tristeza encarada con la luz,
con esa luz que tanto imita a la verdad
sin conseguir hacerse carne de alegría.

 A la tierra de uno, la tierra que se pisa
lo mismo que palomo enamorado a su paloma,
se le canta a lo duro,
a picotazo limpio,
a besos de morder,
a tajada de hombre bajo Dios,
a corazón que se reparte
con otros corazones
en la tremenda mesa de Manuel el Cristo.

Yo quiero que mi canto a mi Sevilla
no sepa a miel, ni tampoco a odio,
sino al sabor ingenuamente amargo
de espárrago triguero
que tiene todo amor cuando se vive
con miedo a que se duerma
sobre un jergón de ausencia
en el olvido.

Sevilla de madrugada

En este contexto, José María Requena dejó retratada su visión de Sevilla, “esa niña asustada de verse demasiado mujer cada mañana”:

De madrugada, sobre todo, me pregunto
qué significa
Sevilla,
qué supo
Sevilla
en este raro sueño
que es el mundo.

De sobra sé que nunca
tendré contestaciones cuando el sol,
cuando risas y cales,
cuando flores o coplas. 

Es preciso pensarla
mientras duerme del todo,
oscura y convertida en pesadumbre
de pantera cansada
de sus propios rugidos de belleza.

No es bueno retratarla,
porque se vuelve tonta
de luces y perfumes
y parece que llora seducida
en rameras postales de colores.

Ni tampoco es posible
saber a qué ha venido
Sevilla a este ruido
redondo que es el mundo
si la vemos tan sólo dibujada
como un telón de gracia
para gente cansada
de lejanos negocios.

Yo la busco de noche,
en el recuerdo
del día que ya no es.
Y  la siento espesura
de gritos no gritados
que atesoran sus plazas.
Y la abrazo en rincones
donde sé que prepara
sus mejores estilos de fugarse.

Y presiento que es niña
asustada de verse
demasiado mujer cada mañana.
Quizá porque Sevilla
tiene el encanto de aldea
perdida al acostarse
con marinos de todas las razas
que llegaron por siglos hasta ella
con rumbos de lujuria orientales
remontando lejanas primaveras
del río Guadalquivir.

Hay un algo de siempre, todavía,
de elegante tristeza,
de sangre
con oxígeno aún del paraíso,
con ojos
de acabar de mirar
nada menos que a Dios
al filo del barranco
de la primera pena.

Se ha pasado la historia
jugando a parecerse al Paraíso.
Fijaos cómo levanta hacia las nubes
los ángeles mortales del jazmín.

Fijaos cómo le estalla
el sol en plena frente de su cal
a esta tierra luzbel
que le grita al azul
su soberbio desprecio para el tiempo.

Fijaos cómo Sevilla
muerde la curva jugosa de la vida
igual que Adán y Eva la manzana,
toda el alma en los dientes
ciega renuncia de la dicha,
sed que se bebe
los jugos de la gloria,
tierra inventando
profundos parecidos con el cielo.

La realidad de Triana

Pero de inmediato hay que mirar hacia el otro lado del Guadalquivir, hacia Triana, que en un poema dedicado al poeta trianero Manolo García Viñó, en el que canta:

Acaso ni exista de verdad.
¡Quién sabe
si no se habrá inventado
ella misma a sí misma!

No es nada Triana siendo todo
lo que no se razona
lo que se queda a solas con su gracia,
lo que resta de un verso y no es el verso,
lo que presiente el hombre
y sólo sabe Dios.

¿No será que será
una santa conciencia
que Sevilla despliega a la otra orilla
para nunca dejar de ser un pueblo
caldeado de pena y de entusiasmo?

¿O quizá cada cual
la crea con su mirada
a imagen clara y semejanza limpia
del milagro sencillo
para vivir de forma que la muerte
se quede en potro negro desbravado?

Muchas veces la miro
como a una gran paciencia junto al río
a la espera de alguna
verdad a toda vela.

Huele a pobre Triana,
a pobre cuya casa
está en el Evangelio
cuando llega cansado
Jesús y milagrea
en cosas de comer
con todopoderoso disimulo,
en tanto que acaricia a los chiquillos
como a enormes milagros que no vemos.

Plazas, calles, gentes... ¿Y qué más
para decirla entera,
para que no se escape del poema,
para enjaular su arcángel con mi canto?

Todos la nombran
con voz de conocerla
hasta el cimiento mismo de su gracia.
Dicen Triana y ya no dicen más,
igual que si no fuera
otra cosa que nombre
de grandeza dormida junto al río
o recuerdo de alguien
que perdió la memoria
en el justo momento
de empezar a cantarla.

Pasa con ella
igual que cuando exigen
definiciones claras de lo blanco:
no hay palabras que expresen
las luces que conviven
y hasta luchan por dentro
de tanto sin color,
de tanta sangre
que ya no está y que duele
en el arte desierto
del silencio blanquísimo.

¿No será que Sevilla
se quita su ropaje
de lujo acumulado, allá en Triana
y se queda desnuda, encales vivas,
fuera del tiempo, verdadera,
alma de tópico grandioso,
ºgracia sentida y no visible?

Las Hermanas de la Cruz

Pero no se alcanzaría a entender la esencia misma de Sevilla sin un referente indispensable: las Hermanas de la Cruz,  esas santas mujeres que el poeta reclama para que la acompañen en su último día.  La Compañía de la Cruz --que es su denominación exacta-- es una congregación fundada en Sevilla en 1875 por Ángela Guerrero González, hoy Santa Angela de la Cruz, para muchos también, sencillamente, la Madre Angelita.

Requena les dedica una página entrañable y sentida:

Hábitos color de tierra
recién llovida y desolada

Velos negros, de luto casi alegre
por los pobres tan pobres
que con morir diciendo Padre mío
se salvan y nos salvan.

Llevan suelas de esparto de alegría,
diseñadas por Dios,
sus alpargatas.

Tienen un patio
donde flores riegan
rezándole a la Virgen de muchacha.

Una guarda silencio por la calle,
mientras la otra responde
en nombre de la Gracia.

Cara y cruz de la vida,
parecen dos arroyos
junto a la vida que se acaba.

Por mi parte,
aquí lo testamento:
cuando llegue la hora,
que vengan dos hermanas
conmigo hasta la línea
de la eterna aduana.

La Semana Santa, vista por un novelista

En otro momento, Requena acude a la prosa. Así lo hace en su “Versión un tanto literaria de la Semana Santa de Sevilla[Servicio de Publicaciones, Universidad de Sevilla], un ensayo muy sugerente que conviene repasar en estas fechas. Y ahí, entre otras sugerencia, el escritor nos propone cosas como las siguientes:

Ante todo, para evitar divagaciones y malos entendidos, conviene subrayar el punto de vista que he preferido, al menos en esta ocasión, para contemplar, apreciar e interpretar, a mi manera y por libre, esa grandeza tan indudablemente tópica y típica que es la Semana Santa de Sevilla. Dicho sea lo de tópica y típica en el sentido más sano y alejado de las intenciones peyorativas. Porque nada hay que sea tan tópicamente del lugar como lo es la Semana Santa en Sevilla, así como tampoco se da en nuestra ciudad ninguna otra reiteración de tamaña insistencia, durante siglos, sin apenas cambios sustanciales y con una monotonía tan expresa y cuidadosamente mantenida, tanto en las denominaciones como en el lenguaje, en los atuendos, y, sobre todo, en cuanto se refiere a unos cargos cofradieros que llegaron a ser en su día auténticas y adelantadas jerarquías seglares de la Iglesia, primerísima preponderancia de gente sin hábitos, que, después de congregarse religiosamente en torno a Cristos y Vírgenes, terminarían por arracimar afanes de vecindad y de gremios al pie de unos altares, hasta el punto de llegar a “sacar” esos mismos altares a la calle, por considerarlos muy suyos, casi del todo y exclusivamente suyos, aunque los curas párrocos de entonces pudieran opinar lo contrario.

Para mí, en un principio, el “paso” fue --añade luego--  el altar de los santos titulares de la cofradía, de la hermandad, del agrupamiento de hombres pertenecientes a un mismo oficio. Todavía está por hacer la pequeña y gran historia que se puede hilar y deshilar a cuenta de este altar del Señor o de ese otro altar de Virgen a la hora de perfilar y conocer las líneas maestras de la Semana Santa. Una Semana Santa, que, como tema sociológico, se presta demasiado poco a los planteamientos rigurosos y preconcebidos.

Por el contrario, el motivo cofradiero es de los que se revuelven y enroscan, obligando al retorno de capítulos que se dieron por cancelados, quizá porque, al tratarse de una manifestación tan dada a lo estrictamente reglamentario, se produce, de rechazo, esa especie de fermentación inacabable de sugerencias que acosarán siempre las plateadas tapas de Las Reglas.

Con todos mis respetos de creyente de a pie, quisiera conseguir, nada más y nada menos, que reflejar, aunque sólo fuese en parte, lo que innumerables sevillanos sienten durante su Semana Santa. Y no sólo aquello que sienten, sino también aquello que intuyen en ese inusitado y atrevido modo de celebrar, con liturgia callejera, las jornadas más transcendentes de la Redención, bajo la bóveda del cielo, al filo chillón de las tabernas, bajo las altas y tupidas ventanas de los conventos, o acaso al cruce de alguna plaza agriada por las magdalenas tristezas de la prostitución. Desfile, pues, para ricos y pobres, para devotos y gentes descreídas, reclamados todos por inciensos y perfumes, por músicas, gestos y brillos, por velas y oros y platas...

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