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Su particular "libro de estilo" sobre el periodismo taurino
El sinsentido de Morante y la televisión
De caprichos y ocurrencias no se vive en el toreo, ni aunque se adornen con esa vaguedad que las más de las veces son las genialidades. Los toreros pueden ser, y de hecho lo son, genios en el manejo del capote y la muleta, en la creación del arte; en todo lo demás, son ciudadanos que deben regirse por las normas comunes. Si ayer era su cruzada por los desniveles de los ruedos, ahora Morante de la Puebla anda enzarzado en explicar cómo debe ser la crónica taurina y, naturalmente, cómo deben ejercer su oficio los cronistas y comentaristas de la televisión. Y si no le hacen caso, no se deja televisar. Se mire como se mire eso de tratar de imponer "lo taurinamente correcto" no tiene pase; no lo tuvo ni en las épocas más negras de la crómica taurina.
Actualizado 26 enero 2019  
Redacción   
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lo largo de los últimos 30 años se ha mantenido viva la polémica de la bondad o no de la presencia habitual de las cámaras de televisión en las plazas de toros. En nuestra opinión, cuando se hacen las cuentas del “debe” y el “haber”, el saldo general resulta positivo, aunque haya que añadir no pocos matices. En sí mismo ofrecer los espectáculos taurinos en directo, resulta una aportación para la Fiesta; lo negativo nace cuando se abusa de forma extralimitada de esta fórmula. Todo en esta vida tener que tener una medida.

 

En estos días, bien parece que Morante anda en campaña, como cuando se empeñó en la batalla de los desniveles de los pisos de plaza, para marcar las normas de estilo a las que deben ajustarse las informaciones y comentarios sobre el hecho taurino, al menos cuando él torea. Como ocurrencia para entretener el triste invierno sin toros, puede servir; pero de ahí a tomarse en serio las imposiciones del torero de la Puebla, media un abismo.

 

Un ejemplo: Morante de la Puebla  ha declarado (ABC de Sevilla, Lorena Muñoz):“Creo que la manera en que se retransmiten las corridas de toros no es la más adecuada para sentir a través de los ojos. No me gusta que haya tantas voces. Se quiere comparar los toros con el fútbol y no cabe”.

 

Otro ejemplo. En otro momento, Morante ha insistido (El Correo de Andalucía, Álvaro R. Del Moral): “Los toros pertenecen a la mística y a la cultura. No me imagino que a uncantaor le estén diciendo a la vez lo que tiene o no que hacer o si lo hace bien o mal. Cuando se mueve el toro y embiste al torero, creo que no tiene que haber tantos comentarios”.

 

Y en esta línea, aunque a efectos profesionales sea lo de menos, un tercer caso:  para que Morante  autorizara la retransmisión por Televisa  de su reciente actuación en la Monumental de México,  tuvo que dar paso a un único comentarista,  que no forma parte del equipo habitual de comentaristas en el canal mexicano, que por lo que se deduce también son de los que incomodan al torero de la Puebla.

 

Nadie duda que un artista, como todo ciudadano, tiene derecho a controlar sus derechos de imagen, cuando se trata además de medios de masas, como es la televisión. Y en esto Morante no es el primero,  ni probablemente será el último. En la era contemporánea José Miguel Arroyo “Joselito” o José Tomás se han negado sistemáticamente a que se le retrasmitiera; pero ninguno de ellos tuvo la ocurrencia de imponer a un determinado comentarista, como condición necesaria para que las cámaras estuvieran presentes en el acontecimiento.

 

Lo de Morante, en cambio, es muy diferente: pretende dictar cómo y quién comenta sus actuaciones. Al margen de que al elegido no le hace precisamente ningún favor, pretende imponer a los medios su propio libro de estilo” para la crónica taurina: cuándo se puede comentar, qué orientación deben tener las opiniones…. Todo eso resulta una aberración profesional, que no se entiende como un medio lo pueda admitir y cómo las organizaciones profesionales no hayan llamado la atención sobre este modo de actuar. En el fondo, sería tan como aceptar voluntariamente como bueno el principio de la autocensura.

 

Pero nada de eso es nuevo: En la última década ya hubo intentos similares por imponer “lo taurinamente correcto”, entre cuyos promotores estaba precisamente Morante, junto a otras figuras. Todos circulaban por el escalafón superior y eran predilectos de muchos aficionados; esto es, tenían su “tirón” para las cámaras. Afortunadamente, esos no fueron títulos ni  avales suficientes como para que la empresa mediática correspondiente renunciara a su potestad de orientar libremente la línea editorial sus contenidos.

 

Es muy de esperar que el caso Morante en la Monumental de México no se repita en España, porque resultaría hasta bochornoso. Está en su derecho de no permitir la presencia de las cámaras cuando él se anuncia; pero eso no resuelve presionando a los medios, sino que  será algo que deberá negociar con el empresario de turno; sin ir más lejos, como ahora Morante está haciendo en Sevilla: anunciarse sólo en fechas sin TV y, si no hay fecha libre, no anunciarse en esa feria.  

 

Pero a nadie en su sano juicio se le ocurre plantear que cualquier medio tenga que pedirle permiso previo a un torero para nombrar a su cronista de toros. A lo largo de la historia, ni en las páginas más negras de la crónica taurina se ha visto cosa igual. Y nada digamos de la pretensión de  delimitar cómo debe realizar su cometido profesional ese cronista. Un puro sin sentido, que no puede taparse bajo la inconsistente capa  de las genialidades de un artista. El genio en el toreo es otra cosa mucho más  sublime y relevante; eso otro de condicionar a los medios nunca pasarán de ser simples trapicheos de despacho.

Morante, en fin, parece desconocer dos elementos fundamentales que la televisión bien hecha aporta a la Tauromaquia: la importancia de su presencia en todos los puntos de la geografía taurina --lo que a su vez obliga a no dar por supuesto que todos los espectadores están en el secreto de este arte-- y, no menos importante, la labor didáctica de los comentaristas, que como aficionados que son siempre reman a favor del toreo. No es pequeña la aportacion, aunque para Morante no cuente.

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