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Salió por la Puerta del Principe
La tarde cumbre de Diego Puerta, con la que se consagró en Sevilla hace 50 años
Un auténtico vendaval azotaba Sevilla la tarde del 26 de abril de 1968, viernes de feria; la plaza de la Maestranza lucía el cartel de "no hay billetes" porque sobre el albero había una terna de auténtico lujo: Antonio Ordóñez, Diego Puerta y Curro Romero, con toros del Marqués de Domecq. En presencia de los Príncipes de España, que se asomaban por vez primera al palco real, Diego Puerta cortó las dos orejas y el rabo al segundo de la tarde, "Gallineto" de nombre, y cinceló su nombre con letras de oro en la historia del toreo. Nada más oportuno que estas líneas de Antonio Lorca, en "El País", para presentar con estas palabras la rememoración de aquel gran 26 de abril de ahora hace 50 años.
Actualizado 15 abril 2018  
Redacción. Servicio de Documentación   
 Diego Puerta: Cuando en la Enfermería le recibieron con una ovación
 La tauromaquia de Diego Puerta, según Antonio Díaz-Cañabate

La temporada de 1968,  ahora hace medio siglo, resultó tan rotunda como auténtica para Diego Puerta. Tuvo su momento cumbre el 26 de abril, en Sevilla,  un festejo que presidieron los entonces Príncipes don Juan Carlos y Doña Sofía --que por cierto lucia una preciosa mantilla blanca--, en la que era su primera visita a la capital hispalense. Fue la tarde grandiosa del toro del Marqués de Domeqc, al que el torero de San Bernardo le cortó las dos orejas y el rabo. 

 

Aquella temporada del 68, Puerta la concluiría con un total de 81 festejos --71 en España, 3 en Francia y  7 en América--, 127 orejas y 18 rabos. Y fue uno de los dos únicos años en toda su carrera como matador de toros que no visitó la Enfermería, en las que tuvo que ser asistido en 54 ocasiones. Y de las 44 ocasiones en las que hizo el paseíllo en la Maestranza, resultó una de las más grandes, con la célebre del miura “Escobero”, que tanto marcó su vida.

 

Un año en el que, como hacía las figuras de la época, el torero no descartó ningún encaste:  los principales fueron 13, de los que lidió 41 corridas; entre ellos estaban los del Conde la Corte, Carlos Urquijo, Joaquín Buendía o Carlos Núñez, por citar sólo cuatro nombres.

 

Este nuevo periplo de su vida taurina lo había comenzando el 14 de marzo en las Fallas. “El sosiego del arte y el trepidar de la emoción”, resumió Antonio Díaz Cañabate aquella tarde: el arte, por Antonio Ordoñez; la emoción, por Diego Puerta. Y pasada de la Semana Santa,  para el 20 de abril ya se anunciaba su primer compromiso con su tierra. En medio quedaron sus actuaciones en Córdoba, Castellón, Zaragoza y Murcia.

 

La larga cambiada, en el tercio, con la que recibió a "Gallineto"


En ABC, Cañabate tituló la crónica del primer compromiso maestrante en estos términos: “El palco del Círculo de Labradores”, localidad desde no debió ver el festejo. “La corrida de hoy sólo ha tenido dos momentos interesantes. Las dos faenas de Diego Puerta; las dos premiadas con una oreja (…) La primera fue superior a la segunda por la razón de que el toro tenía genio. (…)  Diego Puerta es millonario, más millonario aún que Pepito [
un personaje que había conocido en el palco y que, como otras veces, hace entrar y salir por el texto según convenga] Otro cualquiera, al encontrarse con un toro de genio vivo, resuelve capear el temporal, quedarse a la orilla del riesgo. Diego Puerta, como Pepito, no se acuerda de sus millones. Se acuerda de su pundonor, y en el mismo instante que el toro hace alarde de sus instintos peleones, Diego Puerta se subleva”. 

 

Para el día 25 se anunció junto a Curro y Palomo Linares, con una corrida de Benítez Cubero, remendada con un sobrero de German Gervás.  “Historia de un clavel taurino” constituye un relato tierno y encantador de una muchacha y del clavel que le tiró a Diego Puerta, que en el fondo resuelve una tarde en la que la corrida se torció nada más arrastrarse el primer toro, al que Puerta le había cortado una oreja. Pero, sobre todo, fue un ameno prólogo a lo que será el día siguiente, el  día de la Puerta del Príncipe, el día del toro del marqués de Domecq, que aquel año era un viernes de farolillos.

 

El airecillo, el buen aire y el vendaval” se tituló la crónica, que ya desde sus comienzosnos pone en situación: “Los toreros sueñan con los toros. ¿Por qué no van a soñar los toros con los toreros? Muchas veces, cuando veo toros en el campo, siempre hay uno o varios que parecen ensimismados en un ensueño placentero y siempre quieto. Ese toro está soñando que lo toree un torero. Si esto es verdad, Diego Puerta ha hecho realidad el ensoñar de este colorado del señor marqués de Domecq”.

 

Y entra en situación, después de dar cuenta de la larga de rodillas del recibo:  “De capa, lo torea Diego Puerta justificando una fórmula mágica. Entremezclar la emoción con el arte. ¡Qué furia de vendaval taurino, que levanta no una tormenta asoladora, sino alumbradora de relámpagos de belleza y truenos de emoción!”

 

“El toro embiste --sigue el relato--  con la fiereza de la buena raza, con la complacencia del sueño hecho realidad. Los espectadores también creemos estar soñandoLos cortos brazos de Diego Puerta se alargan inverosímilmente El corazón del torero se sale del pecho impulsado por el vendaval que le impele. Cuando se torea con el corazón los pases son latidos que se expanden prodigiosamente por toda la plaza, que trepida, agitada por la fuerza arrolladora del fortísimo ventarrón. Y el vendaval no se aquieta cuando muere el toro de una estocada. El vendaval del entusiasmo persiste durante las dos vueltas al ruedo de Diego Puerta con las dos orejas y el rabo en las manos”.

 

Aunque Díaz-Cañabate no debió tener espacio para poderlo consignar,  anotemos complementariamente el asombroso quite con el capote a la espalda que Puerta, a los sones de la música, ejecutó en este toro, el de su consagración en Sevilla. Pero el cronista sí dejó constancia de un hecho poco frecuente: tras cortarle una oreja al 4º de la tarde, Antonio Ordóñez invitó a Puerta a que le acompañara en dos vueltas al ruedo, clamorosas ambas.

 

“El quinto tenía genio --relató finalmente Cañabate-- . Puerta se peleó con él con su firme ánimo. Pero el genio del toro estuvo a punto de ganarle la pelea. En un redondo lo cogió aparatosamente, y luego, en un gañafón, le alcanzó con un fuerte derrote. Dos pinchazos y una estocada. Dio la vuelta al ruedo.

 

En aquella octava de la feria, vestía un precioso vestido burdeos y oro. Le acompañaban en el cartel Antonio Ordoñez --de azul y oro-- y Curro Romero –de celeste y plata--. El toro de la gran faena, segundo de la tarde,  atendía por “Gallineto” y estaba marcado con el nº 114, de capa era colorado ojo de perdiz. En la tablilla se anunció que pesaba 470 kilos.

 

Pero este entusiasmo no fue sólo una cosa de Díaz Cañabate, que sin duda fue el cronista que mejor entendió en todo su ser el torero que Puerta llevaba dentro. Un gran periodista sevillano --Manolo Olmedo en la vida civil; “Don Fabricio II”, en la crómica taurina--  comenzaba su crónica en la edición de ABC para la capital andaluza:  “El toreo es --debe ser--, antes que otra cosa, emoción. Por el camino de la emoción alcanzó ayer el triunfo —un triunfo limpio y clamoroso— Diego Puerta, torero que nunca defrauda, porque siempre se arrima. Ayer, como tantas tardes, como todas sus tardes, puso el sevillano la carne en el asador, se entregó con entusiasmo y arrojo a una tarea que fue  testimonio permanente de pundonor sin medida y hubo de promover constantes expresiones de rendida admiración”.

 

El cronista detalló que “puso al toro en suerte con unas chicuelinas tan garbosas como ceñidas, y realizó un quite con el capote a la espalda, dejándose rozar los pitones. La plaza vibró enardecida. Sonó la música y Diego hubo de saludar montera en mano”.

 

Con el toro del triunfo, tras dos grandes pares de “Almensilla”, “la faena de muleta  se desarrolló --según don Fabricio II--  bajo el signo de la serenidad, auspiciada por el denuedo y animada por la alegría. La viveza que le faltaba al toro, que pasó al segundo tercio con una sola vara, hubo de suplirla el espada con su propio dinamismo. Los arrestos y la eficacia se conjugaron en la estocada, y el matador obtuvo por aclamación las dos orejas y el rabo del muy noble animal. Diego paseó dos veces el anillo."

 

A Diego Puerta lo sacaron en triunfo por la Puerta del Príncipe. Merecidos honores, ganados a pulso por el camino de la emoción a fuerza de gallardía”, era la última frase de la crónica.

 

Así como en su primero poco pudo ofrecer Antonio Ordoñez fuera de un trasteo decoroso y frío, el de Ronda al 4º “lo muleteó con quietud, mando y temple, ennoblecido por majestuoso empaque”. La faena pudo tener un final contundente, porque por veces citó en la suerte de recibir, pero ambas sólo señaló el pinchazo; luego, ya al volapié, dejó toda la espada arriba y cortó una oreja. No fue aquella la tarde de Curro, que irritó a los aficionados, que lo hicieron ruidosamente, pero --como decía Manolo Olmedo-- es que durante toda la tarde “se adueñaron del camero las dudas, las vacilaciones, la desconfianza

 

Tras aquel triunfo grande, Puerta afrontó la feria de San Isidro con el compromiso de anunciarse 3 tardes:  los días 18, 20 y 21 de mayo; en esta útima repetía el mismo cartel de aquel recordado 26 de abril. Una oreja cortó cada día el de San Bernardo. El  de primero de estos compromisos luego pasó a la historia por el  conocido episodio protagonizado por “Miguelín”, cuando se tiró de espontáneo en un toro de “El Cordobés”.  Después vendrían muchos triunfos más, como el  de Barcelona del 29 de junio, cuando Puerta le cortó las dos orejas y el rabo a un toro del Duque de Pinohermoso. Y cuando se entró en el último mes del año, obtuvo un triunfo rotundo en la Monumental de México.

 

Y es que conforme se iban acumulando tacos de calendario en la alacena, por increíble que pueda parecer, Diego iba a más. Pisaba con firmeza a estas alturas el podium de los elegidos, pero le parecían siempre pocos los muchos laureles acumulados cada tarde en la lucha. Sin duda, ese fue su secreto. Por eso se le ha reconocido con unanimidad como un primer espada. Con razón decía Vicente Zabala: “La trayectoria de Diego ha estado marcada por el signo de la regularidad, por una afición sin límite y un respeto grande al público. Reconozco que no ha sido torero de mis preferencias, porque yo, iniciado en mi afición en Sevilla, he sido siempre partidario de los toreros con “duende”; pero no por ello deje de admirar, comprender y valorar los muchos méritos que le han llevado a Diego a convertirse en uno de los toreros más importantes de nuestro tiempo”. 

 

O aquello otro que comentaba Guillermo Sureda: “Diego Puerta es el torero de su generación que, en un momento determinado, más ha podido con el toro encastado, temperamental. Es un mérito que casi nunca se le ha reconocido. Puerta ha sido un torero valiente, un torero vibrante, un torero honrado. Cierto, desde luego. Pero ha sido mucho más que eso: torero con una enorme casta de primera figura del toreo, torero que ha podido con muchos toros que otros, con fama de poderosos, no han podido”.

 

Todo esto se cumplía de forma muy especial en esta temporada del 68. No hay más que repasar los resultados: Valencia, dos corridas, cuatro orejas y un rabo; Castellón, dos corridas, seis orejas y un rabo; Las Ventas, tres tardes, tres orejas; Pamplona, dos festejos, cinco orejas; San Sebastián, tres corridas, tres orejas; Almería, dos tardes, 10 orejas y dos rabos. Y así hasta 81 festejos.

Las 30 plazas en las que actuó más de 10 tardes 

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