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Un ensayo de 1903 escrito por "El Doctor Anás"
¿Se torea hoy mejor que antiguamente?
"Descanso en la plaza de toros. Óleo de José María Uría
Firmado en Zaragoza el 9 de junio de 1903, este artículo Victorio de Anasagasti --"el Doctor Anás" en la revista taurina-- es un trabajo presentado por el autor al concurso literario-taurino que organizó "El Toreo", de Córdoba, con el que obtuvo el primer premio. Años más tarde el autor lo incluyó en su libro "El secreto de Belmonte". En su artículo, el escritor bermeano va haciendo repaso de las distintas suertes del toreo tal como se realizaba en décadas anteriores y cómo en su época. Utilizando palabras del autor, a la pregunta que sirve de título bien puede darse respuesta en estos términos: "por unos y por otros hubo que reconocer la existencia de un arte que hacia menos peligrosa la lidia y que ese arte iba de día en día perfeccionándose"
Actualizado 12 octubre 2015  
Victorio de Anasagasti, "El Dr. Anás"   
 Victorio de Anasagasti, El Doctor Anás, escritor taurino de Bérmeo
Plaza de Zaragoza, en 1905

Al redactar la pregunta que motiva este trabajo, hubiera convenido, señores del Jurado, determinar claramente cuáles son las dos épocas á que se hace referencia, ó por lo menos, la línea divisoria entre ellas: saber dónde termina la una para saber dónde comienza la otra. Y, si más principalmente que al tiempo se atendiese á las distintas maneras de realizar las suertes y á las bien clasificadas escuelas, la comparación ó el estudio comparativo que de las dos épocas pudiera hacerse, se fundaría en más sólidas bases, siendo muy fácil señalar la línea que buscamos.

Pero la pregunta ésta así hecha y para atenernos á las bases del concurso, no nos queda otro medio que fijar nuestro estudio en algún hecho culminante, en algo relacionado con la fiesta y que pudiera servirnos de punto de orientación. Y nada nos parece más acertado, para la división de las épocas que implícitamente se hace en la pregunta, que la formación y el establecimiento de las cuadrillas. Este hecho demuestra cómo de lo que un tiempo fué afición, se hizo desde entonces profesión-, sin que ello niegue la anterior existencia de lidiadores dé oficio, que acudían á las fiestas como para garantizar, en cierto modo, el espectáculo. Sabemos que existían en tiempos del rey Carlos II de Navarra, allá por los confines del siglo XIV, remontándose hasta entonces (por lo menos), la antigüedad de la fiesta.

El establecimiento de las cuadrillas dividirá, pues, en nuestro trabajo la época del toreo antiguo de la del toreo de hoy ó moderno.

Y como están perfectamente definidas cada una de las partes de que consta la lidia del toro, nada más natural que atenernos á esta triple clasificación; cuyo orden será el natural para llevar á cabo nuestro estudio.

Conste, ante todo, que aquí para nada tratamos de ninguno de esos toreros exóticos, que no son más que adulteraciones del nuestro, del verdadero, del original; hablaremos únicamente del toreo español.

DEL PRIMER TERCIO DE LA LIDIA

Dada nuestra humana imperfección, es lógico que todas nuestras obras adolezcan de ese defecto; de tal modo que, conceder á lo humano lo que es inherente á lo perfecto, á lo divino, sería esforzarse en probar que cuanto es hijo de nuestro estudio ó de nuestro trabajo, tenía los honores de lo bueno y lo bello en su grado máximo, absoluto, llegando en nuestra pueril soberbia á querer pisar los talones á lo que está por encima de nuestra limitada esfera.

No quiere decir esto que la ley del progreso no deba presidir los actos del hombre, y que el afán de hacer todo de la mejor manera posible, no nos lleve á perfeccionarnos en los trabajos y á hacernos más hábiles y más prácticos en los mismos; de tal modo que, aun comprendiendo nuestro pequeño esfuerzo, nuestra escasa capacidad, no debemos desmayarnos; debiendo ver sobre todo, el bien de la sociedad (á cuyo perfeccionamiento estamos obligados), y el cumplimiento de la ley del trabajo que el Hacedor nos impuso.

Soy el primero en reconocer que las corridas de toros constituyen en la actualidad un espectáculo imperfecto; y más aún: que tal como se verifica, es en extremo repugnante y por lo tanto criticable.

El primero de los tercios es el que más, por la imperdonable deficiencia de los toreros de á caballo, por la mala condición de las cabalgaduras y por la peor de los empresarios y de las autoridades (gobernadores, presidentes, maestros-veterinarios, etc., etc.) encargados de velar por el exacto cumplimiento de los Reglamentos de las Plazas.

La mitad ó más de los picadores son pésimos jinetes; los animales sobre los que cabalgan la mayoría de las veces, apenas pueden tenerse en pie.

Si los medios no son, pues, los convenientes para el preciso resultado de detener al toro con las varas, en la forma que el arte ordena, cúlpese á aquellos que no ajustan sus actos á la más estricta legalidad; pero no al arte, que él enseña cómo hay que sujetar á la res en su acometida, y, sacando ileso el caballo, cómo se la hace pa bar por delante ó por debajo de la cabalgadura (según los casos), al lado izquierdo del picador.

Antiguamente, dicen que los picadores cumplían su deber á maravilla; que había quien picaba una corrida de ocho y de doce toros con sólo un caballo, y quien en vez de mona llevaba calzón corto y medias de seda...

Hoy conocemos la manera de practicar las distintas suertes de vara con más detalle, con más secretos que entonces(1); hoy se trata de reglamentar la lidia y principalmente esta su primera parte, quitándola cuanto pudiera tener de repugnan te ó antiestética, y se ha llegado hasta donde cabe en el exámen de las puyas.

Pero, mientras subsistan aquellas imperdonables deficiencias de que hablábamos, ¿cabe realizar el más importante de los tercios si el jinete no sabe cabalgar, ni es torero; si el caballo no puede sostenerse de puro viejo, enfermo ó inutilizado, ó si no reúne otras circunstancias precisas? ¿No dice esto mismo que otra sería la suerte de la suerte de varas si reuniésemos los indispensables elementos?

A las Plazas se llevan caballos matalotes, inútiles para la industria; y ¡hacen bien los detractores de nuestra hermosa fiesta en censurarnos, porque sacrificamos animales indefensos, flacos, viejos, inservibles para otros usos!

¿No exigen los toreros de á pie que los toritos sean de tales ó cuales vacadas; que se jueguen en este ó en el otro orden; que sean chicos, sin gran desarrollo de armas y otras mil y mil ventajas con las que apartan de sí el peligro ó lo amenguan, por lo menos? Pues, ¿por qué los de á caballo no han de poder exigir los necesarios requisitos para llevar á cabo su misión?

Conste que aquí para nada recogemos las censuras de los extranjeros por los caballos que se sacrifican en nuestras Plazas de toros; porque ellos los crían y los engordan para reventarlos en una carrera ó para comerlos; y es en extremo ridículo que llore la muerte de un caballo en las Plazas, quien se entusiasma y apuesta en una carrera, aunque al final de la misma se reviente el animal, después de haber triunfado(2) ...

A mí no me extraña que esos pobres caballos, calificados con nombres tan denigrantes como inmerecidos (y que prueban bien á las claras que son cualquier cosa menos caballos), mueran acribillados á cornadas, por lo que ya hemos dicho; pero me extraña que las funciones de toros nos parezcan tanto más buenas cuanto mayor sea el número de caballos arrastrados; cuando en ninguna parte, en ningún tratado de tauromaquia se aplaude la necesidad de tales muertes.

Para que el espectáculo no pierda su interés; para que no vaya prostituyéndose cada día que pasa, hemos de procurar que los medios sean adecuados al fin; sin culpas al espectáculo ni al arte, sino á aquellos por cuya pequeñez de espíritu ó extremado descuido no se cumplen los preceptos que el arte aconseja y que los reglamentos prescriben.

Y no cabe duda de que los detractores, los no aficionados, los que se ruborizan mostrándose partidarios de nuestra incomparable fiesta, olvidarán la aversión ó la repugnancia que les inspira si presencian corridas bien organizadas y dirigidas, y si entre unos y otros conseguimos una verdadera reglamentación, que tanto se deja sentir, haciendo cada vez más difícil la decantada regeneración.

Como habrá podido observar el paciente lector, no hacemos aquí mención de las suertes de capa, saltos, quiebros, etc. etc., que se ejecutan durante el primer tercio. No son inherentes á él, y si se ejecutan en esos momentos, débese á que el toro se halla levantado y en todo su vigor, que es cuando deben llevarse á efecto.

Casi todas esas suertes son de lucimiento ó de habilidad: pero otras, como los lances de capa con los que á veces se inician la lidia, y los quites — cuando son de necesidad — son complementarias de la principal, de la suerte de vara.

Y no hay para qué decir lo que en aquéllas se ha adelantado desde los orígenes del toreo, porque todos lo saben; aunque á veces raye en es^ caudaloso el continuado empleo de los capotes, cuyo abuso, si estropea á las reses haciéndolas perder condiciones de lidia, no perjudica menos á los toreros encargados de jugarlas, que son los primeros en lamentar las consecuencias.

DEL SEGUNDO TERCIO

Esta segunda parte de la lidia de los toros es importantísima, mucho más de lo que parece; porque es en ella donde comienzala preparación de los mismos para bien morir, haciendo que lleguen á manos del espada encargado de pasaportarlos en las mejores condiciones de lidia.

¿Cómo se practicaba antes? ¿Cómo ahora? Antiguamente, se clavaban las banderillas una á una, en un tiempo ilimitado. E l diestro encargado de esta suerte se acercaba á la res llevando la banderilla en una mano y en la otra un capote de brega, enroscado, que servía para obligar á la fiera á embestir con desproporción, dándola una salida que permitía al diestro encargado de esta misión clavar el arpón, ó mejor dicho, la lanza, de cualquier modo y en cualquier parte del cuerpo de la fiera.

Hoy se clavan á pares, ó al menos, esa es la intención del banderillero; como lo indica la palabra parear con que también se denomina esta suerte; y hoy se clavan á cuerpo limpio.

Tanto ha sido el progreso que en esta parte de la lidia se ha conseguido, que podemos decir que nada de lo que se practica con los toros bravos está tan bien definido: todos son aptos para ser banderilleados en una ó en otra forma, y en todas, aun en aquellas que se llaman de recurso, cabe lucimiento.

Más, todavía; para que el animal no vaya perdiendo facultades, se exige al banderillero que llene su misión en el menor tiempo posible; y es de todos sabido con qué ojos se mira al que no sabe igualar, al que no clava en lo alto, al que no alza los codos y junta bien las manos, como al que emplea un modo que no es ei indicado según las condiciones en que las reses hayan quedado al terminar el primer tercio.

En nuestros días se lleva á cabo la suerte de las banderillas con más riesgo que antiguamente; por ir el torero sin defensa (porque no puede decirse que las banderillas lo sean), y porque espera la acometida de la fiera frente á trente, aprovechando el derrote para clavarlas á poca distancia una de otra y en lo alto del morrillo ó donde convenga, para corregir resabios.

Los toreros de aquel entonces, por fuerza habían de ser menos habilidosos, ó por mejor decir menos completos que los modernos y actuales. Las Tauromáquias de Pepeillo y Montes, si no contienen errores, por lo menos son pobres... Todas las ciencias y artes han sido así en sus albores; simples, insuficientes, incompletas; sólo con el estudio, con la observación, con la experiencia, con el tiempo han podido alcanzar el campo que poseen, y se nos presentan hoy con mayor claridad, más fáciles, más asequibles que antes lo fueron. Y por mucha perspicacia, por mucha inteligencia, por mucho amor al trabajo que hubiesen tenido los hombres primitivos y los de las primeras Edades de la Historia, no hubieran lo-

grado poseer el caudal de conocimientos universales que los de hoy podemos adcfuirir con facili dades que á aquellos parecerían inverosímiles.

El toreo es arte: el toreo está basado en reglas fijas; y ninguno que las conozca (como hoy están obligados á conocerlas todos los toreros), ninguno que las ejecute como debe, lamentará desgracia». Como no dependan éstas de la eventualidad.

De aquí la necesidad, ó mejor dicho, la escasez de buenos toreros. Mientras unos están dotados de la debida inspiración y de las demás condiciones exigidas al artista torero, otros, con un corazón más ó menos grande, pero sin más conocimientos que los adquiridos á fuerza de cornadas y de golpes, se empeñan en salvar dificultades.

El torero moderno no puede ser el hombre rudo, temerario, salvaje, que fiado en sus tuerzas se lance al combate, creyendo hallar todo resuelto en la práctica. Este error ha costado muchas vidas.

Montes dice en su Tauromaquia que con el valor y la ligereza ha de ir unido el perfecto conocimiento de la profesión; es decir, el absoluto dominio de todas y cada una de las reglas escritas para torear, y una clara inteligencia para conocer rápidamente las condiciones de los toros. Por rara casualidad sufrirá fatales percances el que se encuentre adornado de dichas cualidades y no las olvide ni por un momento; pues probado está que cuantas cogidas ocurren en estas fiestas, son debidas, ó á necias temeridades ó á indecisiones é ignorancia.

A este propósito escribía el maestro Sánchez de Neira:

«Ni el buen actor llega á serlo con sólo aprender de memoria su papel, ni el cirujano sin conocer á fondo la estructura del cuerpo humano, ni el abogado sin profundizar la filosofía y trascendencia de las leyes; ni puede el torero considerarse tal, sin distinguir perfectamente las condiciones de las reses y las reglas del arte á que se dedica, y todo eso se lo dicen los libros y las explicaciones de maestros experimentados.»

El peligro de sortear los toros es menor cuanto mejores son las aptitudes del torero; y, como muchas veces ha sucedido, llega casi á desaparecer cuando se admira á un lidiador que nos hace presenciar los variados lances de la fiesta tranquilos, seguros de que, mientras él intervenga, nuestros ojos no verán desgracias.

Después de largo aprendizaje, basado en los principios racionales en que el arte descansa, y en el que se han visto las contrariedades de la ejecución; cuando las facultades físicas restan, es cuando el torero se perfecciona, se hace; sabe el terreno que debe pisar, el lugar en que los toros pesan menos; las querencias naturales ó adquiridas que tienen y la lidia más conveniente á cada uno; sabe ver llegar y anda entre los toros con la seguridad del hombre avezado á estas lides.

Y esto no pudiera hacerse si no hubiera tal arte: no nos podríamos explicar que un hombre viejo, pesado y tardo en sus movimientos, falto de las energías que los años le fueron mermando, pudiese vencer al toro, acaso con más lucimiento que el torero joven que, ya que no con su arte, esquiva los peligros con sus facultades...

Muchos creen que lo peor del toreo, que es el riesgo, se puede salvar con la maña adquirida á fuerza de revolcones, practicando en capeas, novilladas de pueblos y tientas; pero ya hemos probado que no; y siendo muchos los pormenores de la ejecución, y no siendo comunes al hombre las condiciones exigidas al torero completo, cabe afirmar que el arte de los toros no es tan sencillo como dicen muchos, ni está al alcance de todos.

¡Ahí el error de tantos desgraciados, que ignorando lo más rudimentario, se ajustan la taleguilla, creyendo encontrar en el ejercicio, en la práctica, las leyes necesarias cuyo conocimiento ha de ser anterior é indispensable, adquirido al lado de maestros experimentados, en el estudio de las obras que nos legaron y en la historia, que es guía, que es lección y es escarmiento!

DEL ULTIMO TERCIO

Apliqúese al público lo que acabamos de decir del arte y del artista.

El público de la antigüedadera, ignorante en materia de toros: tenía que serlo. Si hoy lo es en su mayor parte, ¿cómo no había de serlo entonces?

Pero esa ignorancia, ese desconocimiento del arte y las reglas tiene que ser relativo, fundándose, precisamente, en las dos clases de ignorancia que dicen que existen.

El público de hoy es el que, con ver tantas corridas como en la actualidad se celebran; con lo que lee y discute de toros, está obligado á saber más, mucho más de lo que sabe: luego su ignorancia es vencible, porque medios tiene para salirse de ella.

En cambio, el público del pasado, por no existir el arte ó por existir en gérmen, carecía de todo cuanto podía ilustrarle en la materia: no conocía el arte de los toros como hoy cabe conocerlo.

Labor verdaderamente ilógica es la de aquellos que se afanan en hacernos creer que cualquiera tiempo pasado fué mejor.

Y más incomprensible es todavía en quienes, como ciertas autoridades en la materia, se empeñan en hacernos ver negro lo blanco, perdiendo lastimosamente el tiempo en trabajos que á nada conducen y olvidando lo más necesario y urgente. ¡Triste papel el de algunos que tan mal empleo hacen de las extraordinarias dotes que el Hacedor les otorgó! Pero ¡más triste es aún el de aquellos que comprendiendo la verdad de nuestra doctrina, se obstinan en ser apóstatas!

El examen del último tercio de la lidia tiene que dividirse en dos partes: primero hay que hab ar de los pases de muleta y luego del empleo del estoque.

Si es verdad que el hombre burla y vence á la fiera merced á la inteligencia de que está dotado, claro está que esa su inteligencia podrá desenvolverse y manifestarse mejor cuanto mejores y más completos sean los medios de que disponga: por lo tanto, como el empleo que de la muleta se hacía antiguamente, era insuficiente; no podía llenar el objeto apetecido. L a existencia de dos pases, el natural y el de pecho, ¿podía bastar, podía llenar el objeto de suma importancia que tiene el pasar los toros de muleta? ¿Quién ignora que los toros llegan comúnmente á la muerte recelosos, descompuestos, cuando no de sentido, y que por lo tanto ofrecen múltiples dificultades que el espada debe corregir?

Cuando el toro se tapa, cuando no humilla lo necesario, cuando se cierne en el engaño, cuando toma querencia en tablas, cuando llega con muchos pies y se ciñe demasiado, etc. etc., ¿cómo será posible al espada componerle la cabeza y prepararle para una lucida muerte, si carece de medios para dominarle"?

¿Se puede pasar por alto, por bajo, en redondo, etcétera, no valiéndose más que de los pases, natural y de pecho, como antiguamente?

Y ¿no era ese trasteo monótono y peligroso?

La gran variedad de los pases hoy en uso, que los clasificamos en pases de lucimiento, de castigo, de recurso y mixtos, demuestra que si la fiesta se halla, como algunos dicen, en su decadencia, no es por falta de conocimientos, sino por la deficiencia de los elementos que en ella intervienen.

El arte llegó á su apogeo: artistas como Montes, Curro, Cayetano, Lagartijo y Ouerrita aportaron á él los necesarios complementos. Antes era la época de la media-luna, de los perros y otras salvajadas; hoy, la época del arte; pues tal como se conoce nuestra fiesta, nada deja que desear, salvo las deficiencias anotadas en el primer tercio.

Ahora digamos algo de lo que á las estocadas se refiere y de la manera de ejecutar esa suerte. Hay estocadas de muerte que no están dadas en lo alto de las agujas (no en lo alto del morrillo como algunos dicen; que no es lo mismo), y ¿quién asegura que los matadores de antaño no utilizaban cualquiera de estas estocadas para hacer rodar al toro instantáneamente?

Si antes era la suerte de recibir la que se practicaba para dar muerte á los toros, ¿quién se atreve á asegurar que es fácil clavar el estoque en la cruz, siendo el toro el que acometía y estando quieto el matador? ¡De cien mil veces, una, y ésta por casualidad! No ha mucho que una firma autorizada decía: «que era raro el bicho que rodaba á la primera».

^No es disparate creer que Costillares ó el Africano realizaran el volapié como lo practica hoy cualquiera, el mejor de los peores"! ¿No es más lógico creer que fueron unos mata-toros, que no matadores clásicos que se reunieran en corto, perfilados, que atacaran despacio (salvo en los contados casos en los que convenía lo contrario), que emparejaran bien y que cruzaran como debían, obligando al toro á doblar el cuello para dar paso al torero? Probablemente, seguramente. Costillares y el Africano, los dos que pasan como inventores de la suerte del volapié, darían las estocadas donde buenamente pudiesen y sin que el toro se diese cuenta del ataque, hasta que sentía los electos del espadazo. ¿Quién entonces (aun reconociendo que la afición reparase en estos detalles de marcar los tiempos), se fijaría en los piés del estoqueador, para saber si el toro fué herido derecho, si la suerte se ejecutó con arreglo á lo preceptuado?

No estará de más que recuerde aquí una escena que presencié en la sala de billares de un casino.

Tratábase de un carambolista tan diestro, que ejecutaba por centenares las carambolas: iban y venían las bolas, chocaban ó no donde y cuando el jugador quería. Parecía que, imantadas ó magnetizadas, ´as esferas de marfil obedecían á la voluntad del maestro del taco; y era cosa de sentarse cuando se disponía á jugar, porque aquello parecía que no tendría fin. Y — como sucede cuando se admira á un maestro — los problemas más difíciles de choques, retrocesos, efectos, barandas, etc., etc., se nos antojaban cosa fácil, sencillísima, á los espectadores.

Uno de los curiosos, no encontrado frase más apropiada para expresar su admiración, dijo al artista del billar:

— ¡Juega usted más que el que inventó las carambolas!...

Y ustedes me dirán si el inventor podría, ni por casualidad, ni por milagro, poseer una diezmillonésima parte de la ciencia ó de la habilidad de aquel portentoso jugador. Porque todos hemos visto los sucesivos perfeccionamientos que en tacos, bolas y mesas de billar se han venido realizando día tras día.

La suerte de recibir, por ser una de las suertes de estoquear que hoy han caído en desuso, tiene que parecer dificilísima á los espadas. No la practican; ni la han visto ejecutar, por lo menos á los que la ejecutaron, mejor ó peor, pero con alguna frecuencia. Los entorpecimientos que hallan los que tratan de resucitarla, no dependen de la suerte en sí, sino del procedimiento. Todo lo que no se practica nos parece siempre erizado de dificultades...

Pero la suerte de recibir, comparada con su opuesta la del volapié, es menos compleja: tiene un tiempo menos, aunque por todos sea considerada como la suerte suprema del toreo. L a suerte de recibir, que caracterizaba al toreo antiguo, no puede aplicarse más que á contadísimas reses; y la del vo´apié, en todas sus clases y derivaciones, que es la que hoy se emplea para dar muerte á los toros, cabe emplear con toros de todas condiciones; especialmente con|aquellos que dejan colocarse al espada.

¿Está clara la diferencia del toreo antiguo con el del presente?

¿Se comprende ahora por qué el Pontificado dictó aquellas disposiciones de excomunión á las autoridades que consentían las fiestas de toros y de negación de tierra sagrada á cuantos muriesen en tan bárbaro espectáculo? ¿Verdad que tales castigos estaban puestos en razón, y que hoy serían tan ridículos como anacrónicos ó infundados?

Si otros Pontífices revocaron aquellas disposiciones y permitieron en Bulas curiosísimas la celebración de las corridas en España, forzoso es admitir, no que la fiesta estuviera tan arraigada que su prohibición trajera grandes males (cosa incomprensible, dado el escasísimo número de fiestas que entonces se celebraban), sino que por unos y por otros hubo que reconocer la existencia de un arte que hacia menos peligrosa la lidia y que ese arte iba de día en día perfeccionándose.

___________

(1) Remito al lector á la excelente obra del maestro Hache, que trata el asunto con toda la extensión y con todo el conocimiento técnico que pudiera exigirse.

(2) “Y a un acaudalado lord, ya una opulenta miss, dejan parte de sus bienes para fundar un hospital de gatos ó para que se atienda á la educación y delicada asistencia de cuantos perros vagabundos se encuentran por las calles; ya un miembro de la Cámara de los Comunes increpa duramente, en sesión pública al Gobierno, para que se digne decir si se ha castigado, como exige la ley, al infame delincuente que dió un palo á un gato, sin más razón que la de que le quiso robar una chuleta; ó ya, por fin, otro millonario, tratante en carnes, lega una renta para que se dé todos los domingos un rancho extraordinario á las ratas que hay en sus posesiones. ¿Habráse visto mayor extravagancia?

Y si al fin no viésemos en ello más que el lado ridículo, ¡anda con Dios!, pero hay que tener en cuenta otra cosa importantísima. Los potentados que tales fundaciones hacen en pro de los gatos, perros, ratas y burros, nada hacen en beneficio de los hombres que se encuentran desvalidos; y los que dan rancho á los animales inmundos, dejan poco menos que morir de hambre á infelices mujeres que por enfermas no pueden ganar un miserable jornal en una fábrica. Y téngase entendido que en Inglaterra, cuna de la protección animal, el hombre se muere de hambre, porque el pauperismo es numeroso”. Sánchez de Neira.

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¿Una Comunidad Autónoma puede regular la Fiesta?

La trascendencia del recurso contra la ley antitaurina de Baleares


El recurso de inconstitucionalidad del Gobierno contra ley del Parlamento balear, que trazaba una regulación desnatualizadora de las corridas de toros, reviste una importancia que va mucho más allá de este caso concreto. Lo que realmente está en juego es definir, a tenor de la Constitución, a qué instancia institucional corresponde la potestad de regular o desregular la Fiesta de los toros, si es al Estado, o también puede ser competencia de las Comunidades autónomas. Visto todo lo ocurrido, con una cascada de decisiones de las instituciones públicas que han pretendido entorpecer el camino de la Tauromaquia, la cuestión encierra mucha trascendencia. Por eso, sería muy de desear que el Alto Tribunal no necesite en este caso otros seis años para dictar su sentencia, como en el caso catalán.


Ortega y Gasset

DOCUMENTOS
Medio siglo después la conferencia sigue teniendo vigencia


Marcial Lalanda: "Cincuenta años viendo toros"


En todos sus pasajes fundamentales, la conferencia parece premonitoria de las circunstancias que hoy vivimos. Pero están dichos ahora va ya para medio siglo. Se trata de la conferencia que en marzo de 1967 pronunció Marcial Lalanda en la Peña "Los de José y Juan", bajo el título "Cincuenta años viendo toros". Traemos a nuestras páginas el texto íntegro de aquella disertación, en la que Lalanda se sincera de una forma directa, sin andarse con rodeos. Naturalmente, como corresponde a una conferencia, no estamos ante un tratado histórico; más bien habría que hablar de un relato de sus memorias, en las que no elude ningún aspecto. Llama poderosamente la atención como en aquel 1967, Marcial ya adelanta los riesgos por los que hoy atraviesa la Tauromaquia.


ESPECIAL TAUROMAQUIA
Especial Tauromaquia
José María Requena


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