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De Tragabuches a Gitanillo y Cagancho
Toreros de fragua y bronce
Desde el legendario "Tragabuches" al joven matador contemporáneo Oliva Soto, la historia se detiene especialmente en dos toreros calés: Curro Puya –el primer Gitanillo de Triana– y Cagancho. Se trata de una parte de la historia del toreo que anda "entre la historia y la leyenda". Con una particular sensibilidad, Álvaro R. del Moral, cronista de "El Correo de Andalucía", traza aquí un acrtado bosquejo de estos toreros "de fragua y bronce".
Actualizado 22 diciembre 2016  
Álvaro R. del Moral   

La historia del toreo calé se ancla a medio camino entre la historia y la leyenda. La tragedia de José Ulloa Tragabuches, aquel bizarro torero de Arcos de la Frontera que aprendió el oficio de lidiar toros de manos de los Romero de Ronda, es bien conocida. Y en la ciudad del Tajo le llegó la ruina al hallar al amante de su mujer -un sacristán llamado Pepe el Listillo- oculto en una tinaja de su casa. El filo de su faca hizo el resto y de ahí, después de tirar a la doña por el balcón, al monte... cuentan que fue uno de los équites más sanguinarios de aquella partida de bandoleros, los siete Niños de Écija, que asoló los campos de la Baja Andalucía en los primeros años de la centuria decimonónica. Todos fueron apresados pero nada se supo de Tragabuches; su rastro se perdió entre los predios feraces del valle del Guadalquivir abonando su leyenda...

De Tragabuches –que también era cantaor– al contemporáneo matador camero Oliva Soto, la historia traza nexos comunes entre el toreo y la gente de bronce. Esos hilos se enredan con el eco del cante jondo y no llevan, entre brumas, a la figura de Francisco Ezpeleta, matador de toros gaditano y tío abuelo de un célebre cantaor, Ignacio Ezpeleta, que revolucionó las alegrías. Las frondosas reatas de los toreros y flamencos de Cádiz y Sevilla –las dos partes en las que dividió el mundo Fernando Villalón, el poeta ganadero que quería criar toros de ojos verdes– desembocan una y otra vez en la familia de los Gallo. Rafael, José y toda la familia Gómez Ortega podían presumir de esa veta de sangre gitana. Les venía de su madre, la bailaora Gabriela Ortega, que también se enredaba en algunas de las ramas más ilustres del árbol taurino gaditano.

En el malogrado y gran Joselito, gitano entreverado, confluyeron o se cruzaron las familias de los Cucos, los Caracoles o los Almendros, pero fue su hermano Rafael, tan genial como inconstante, el que condensó las trazas más gitanas de sus ancestros del bordón y el estoque, heredadas por su sobrino, Rafael Ortega Gallito, matador de la posguerra que tuvo más del Divino Calvo que del coloso de Gelves. Ojo, tampoco podemos olvidar el ramalazo gitano de la familia Ordóñez Araújo. Lo aportó la abuela Coral, madre de Consuelo, la gran artista que casó con el Niño de la Palma para alumbrar cinco hijos toreros.

Pero las espantadas de El Gallo –un personaje por descubrir más allá de su propio trampantojo– marcan alguna de las constantes de los lidiadores de su raza. También nos llevan de la mano a otra figura genial del toreo gitano. Para ello hay que cruzar a Triana. Nos moveremos poco de allí. Hablamos de Cagancho, el artista de los ojos verdes que navegaba entre las cimas y las simas agrandando su misterio. Nacido en 1903, en la pila le pusieron Joaquín y Rodríguez como su padre, del que tomó el mote que distinguía a aquella saga de gitanos de cante y fragua.

El diestro trianero pertenece a ese periodo tan brillante como sangriento, la Edad de Plata, que hizo florecer las artes y el toreo entre la Gran Guerra europea y la contienda civil española. Tomó la alternativa en Murcia en 1927 en coincidencia con una fecha fundamental para un grupo de literatos que toman espíritu de generación de manos de Ignacio Sánchez Mejías, cuñado de José y Rafael El Gallo, su padrino de doctorado. El diestro trianero fue capaz de lo mejor y lo peor. Quedar como Cagancho en Almagro es un dicho que ha quedado en el acervo popular. En la época circuló también una célebre viñeta. Dos ratones mostraban su inquietud en un calabozo: «Son las diez y Cagancho sin venir», se preguntaban los roedores. Pero la valía de este artista genial e inimitable va más allá de la anécdota, e incluso de esas contadas cimas inigualables que trufaba con fracasos estrepitosos que hacían que diera con sus huesos, vestido de torero, en más de un cuartelillo. De empaque personal y misterioso, una indolente y rara solemnidad caracterizaba su lenguaje torero, que en tardes de acoplamiento e inspiración electrizaba a los públicos con sólo un recorte de su capote o la lenta tersura de un muletazo imposible. Llamado la talla de Montañés, vitoreado y denostado, era tan capaz de dejarse un toro vivo, como de matarlo con una estocada perfecta. Alargó su carrera hasta el año 53, abarcando dos épocas muy diferentes de la historia del toreo, sin que su arte intermitente dejara de tener actualidad.

No hace falta moverse de Triana para encontrar a Curro Puya, aquel extraordinario capotero, artista precoz, que fue fiel continuador de la línea belmontista. El primer Gitanillo es uno de los grandes de la historia en el toreo con el percal. A su verónica vertical, natural, templada y elegante –ejecutada con manos bajísimas– se la llamó «del minuto de silencio». Esa es la gran aportación de este torero de artística trayectoria, iniciador de la dinastía trianera, que vio truncada su vida por la terrible cornada sufrida el 31 de mayo de 1931 de Fandanguero, un toro de Graciliano Pérez Tabernero. Aquel percance fue epilogado de una tremenda, larga y angustiosa agonía hasta que expiró el siguiente 14 de agosto. Quedaban sólo 3 años para que las astas de Granadino, el fatídico toro de Ayala, pusiera fin a la vida de Sánchez Mejías y sellara, de alguna manera, la propia Edad de Plata. Pero Gitanillo de Triana fue también su hermano Rafael, que abría el cartel de otra tarde nefasta: la del 28 de agosto de 1947 en Linares en la que cayó Manolete. Se vistió de luces su hermano José y su sobrino Francisco Moreno Vega, hijo de su hermana Pastora, el último Curro Puya y uno de los grandes del toreo de plata.

Pero el árbol del toreo gitano se ramifica más allá de la calle Castilla. Es justo evocar la figura de un torero casi olvidado, Salomón Vargas, hermano de Gitanillo de Camas y espejo en el que se miró Curro Romero para juntar las manos en su inconfundible verónica. El gran banderillero camero Ramón Soto Vargas siguió esa estela pero cayó en el ruedo de la Maestranza con el corazón perforado el fatídico 13 de septiembre de 1992. Su sobrino Alfonso tomaría la alternativa en el mismo escenario, con el rey Juan Carlos en el Palco del Príncipe, 16 años después. Su abuelo materno, Alfonso Soto Alfonsillo fue picador a las órdenes del mismísimo Cagancho. El círculo, de alguna manera, se estaba cerrando.

No podemos olvidar en este recorrido por el toreo calé la figura de Rafael de Paula, de nacencia jerezana; los Amadores de Albacete o el madrileño Rafael Albaicín. Sevillano de nacimiento, y medio gitano, es Julio Aparicio. Su madre, la gran Maleni Loreto fue bailaora de fama, hermana de Miguel Loreto, capataz que fue del Señor de la Sentencia. Casi nada...

©  Álvaro R. del Moral/El Correo de Andalucía/2016

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