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Un camino que nunca resultó fácil
Toreros mexicanos en los ruedos españoles
Aunque la historia se remontan hasta el siglo XVIII, es cierto que a los toreros mexicanos no les resulta fácil entrar en los ruedos españoles. Desde luego, quedan muy lejos de la presencia que se mantiene a la inversa. Sin embargo, como escribe el historiador José F. Coello Ugalde, "hace ya muchos años, nuestros toreros han dado la cara del otro lado del mar, y entre las características particulares con que ha sucedido tal circunstancia, se encuentra la de aquellos carteles donde más de un espada nacional se interna en la confección de los mismos, dando a ello un particular sabor de competencia".
Actualizado 23 septiembre 2017  
José F. Coello Ugalde, historiador   


Los toreros mexicanos Jaime Bravo y Francisco Sánchez, en Madrid 1955.
“ESTO”. 20 de agosto de 1955

Por estos días, han venido actuando con buena frecuencia, y en ruedos españoles, los hermanos José y Luis David Adame. De igual forma, acaban de triunfar también, dos novilleros, también mexicanos en plazas hispanas. Me refiero a Miguel Aguilar y Héctor Gutiérrez.

No es frecuente este hecho, si para ello se puede entender lo difícil que es entrar en la batalla, precisamente cuando la campaña española está en su pico máximo. Hace ya muchos años, nuestros toreros han dado la cara del otro lado del mar, y entre las características particulares con que ha sucedido tal circunstancia, se encuentra la de aquellos carteles donde más de un espada nacional se interna en la confección de los mismos, dando a ello un particular sabor de competencia.

Ya desde finales del siglo XVIII, Ramón de Rozas Hernández El Indiano torero mulato, oriundo de Veracruz, y con prestigio suficiente a cuestas, actúa en varias ocasiones en plazas españolas. Del mismo modo, el michoacano Jesús Villegas El Catrín, y hasta donde se tienen noticias, también se remonta a la “madre patria” a finales de la sexta década del siglo XIX. Villegas poseía una capacidad económica desahogada, similar a la que en su tiempo gozaba por España el diestro Rafael Pérez de Guzmán, otro torero de la aristocracia. Caso notorio es el de Ponciano Díaz, quien confirma su alternativa en Madrid, el 17 de octubre de 1889. Su presentación en ruedos españoles asciende a 9 tardes durante su estancia, que fue de julio a octubre de aquel año, que si me apuran y con él, podría darse el antecedente más remoto de actuación conjunta, pues en su cuadrilla llevaba tanto a Celso González como a Agustín Oropeza, con quienes alterna en más de un festejo cuya integración consistió en la representación de las suertes del toreo a la mexicana, y que entonces eran desconocidas en España.

Es importante destacar que entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchos de los festejos que se celebraron no sólo en las plazas de la capital, sino también de provincia, estuvieron integrados por toreros españoles en su totalidad, lo que deja ver que en esos años ningún espada mexicano gozaba del prestigio suficiente para ser tomado en cuenta por las empresas, salvo casos aislados como los de Arcadio Ramírez Reverte mexicano (que nunca cruzó el “charco”) y un poco más adelante Vicente Segura.

De 1908 en adelante, aparece en la escena a Rodolfo Gaona, quien años más tarde se vería acompañado de diestros como el propio Segura, Luis Freg y Juan Silveti.

Pues bien, todo parece indicar, y aquí lo interesante en los siguientes datos, es que un primer cartel semejante como los que acaban de suceder en algunos ruedos españoles, ocurrió hace poco más de un siglo, y fue la tarde del 12 de julio de 1914, en la plaza de toros de Pamplona, donde alternaron Martín Vázquez, Rodolfo Gaona y Luis Freg, en la lidia de toros de Palha. En la misma jornada, sólo que en Madrid, toreaba Miguel Freg, hermano menor de Luis, quien repitió luego de una brillante actuación que consiguió el 5 de julio anterior en la misma plaza. Ese fatídico domingo 12, alternó con Pepe Valencia e Hipólito, con reses de Contreras. Su segundo lo alcanzó en la suerte suprema, infiriéndole una herida en la región infraofoidea, con rotura del extremo mastoideo, llegando hasta la apófisis delas vértebras cervicales, dejando al descubierto el paquete vásculo-nervioso del cuello, lo que significa que materialmente lo degolló. La cornada era mortal de necesidad y Miguel dejó de existir a los treinta y cinco minutos de haber entrado en la enfermería.

El 19 de julio de 1914 y en Barcelona, Rodolfo Gaona y Luis Freg volvieron a encontrarse, y lo hicieron alternando con Vicente Pastor. Para el 23 de agosto siguiente, y en San Sebastián, hicieron el paseíllo Rafael Gómez El Gallo, Rodolfo Gaona y Luis Freg para vérselas con 6 de Miura.

El 2 de mayo de 1915, el de León volvió a alternar con “Don Valor”, esto en Bilbao junto a Castor Jaureguibeitia Cocherito de Bilbao con toros de Urcola. Para el 10 de agosto, y en la plaza de Manzanares, con toros de García Lama, el cartel lo conformaron Rodolfo Gaona, Juan Belmonte y Luis Freg.

Un dato sobresaliente, durante la amplia campaña que tuvo Luis Freg por España, es el hecho de que la tarde del 18 de junio de 1916, el valeroso diestro capitalino cede el toro Naranjero de Joaquín Pérez de la Concha a su compatriota Juan Silveti en la plaza de Barcelona, con lo que además, se materializa la ceremonia de alternativa, lo cual viene a convertirse en un dato extraordinario e histórico al mismo tiempo. Ambos toreros, volvieron a encontrarse el 11 de septiembre siguiente. Esto ocurrió en la plaza de toros de Oviedo, y al parecer en un mano a mano, donde estoquearon toros de Sánchez Rico.

Al paso de los años la presencia mexicana se intensificaba en España. Para tener una idea clara sobre este asunto, me permito citar algunos párrafos del interesante trabajo que Humberto Ruiz Quiroz presentó en una conferencia allá por 1987. Para 1990, la misma se convirtió en publicación.[1]

Ruiz Quiroz apunta que luego de la retirada de Gaona en 1925, emergió una interesante generación de toreros, entre los que se encontraban Fermín Espinosa Armillita, Paco Gorráez, Heriberto García, Carmelo Pérez, Alberto Balderas, Jesús Solórzano, David Liceaga, José González Carnicerito, Ricardo Torres, Luis Castro El Soldado, Lorenzo Garza…

Mientras tanto, en España, los toreros mexicanos se van haciendo presentes, tanto en Madrid, como en las principales ferias provincianas. Especialmente Armillita va sumando fechas: 22 en el año de 1932; mientras (…) en 1933 ocupa el tercer lugar en el escalafón con 53 corridas, sólo superado por Domingo Ortega y Vicente Barrera; sube a 63 en el año de 1934, abajo sólo del de Borox y en el de 35 es el que más corridas torea, con 64 actuaciones, igual que Manolo Bienvenida.

Lorenzo Garza toma su segunda alternativa en 1934, viene a México en el invierno, donde se consagra en febrero del 35 y ese año suma en España 43 corridas.

Luis Castro El Soldado actúa 43 en novilladas en 1934 y en 29 corridas en 1935. Ricardo Torres suma 21 novilladas y 4 corridas en 1934, aunque sólo 7 corridas en 1935 y Carnicerito, 21 en 1934 y 23 el año siguiente.

Entre los novilleros actúan Edmundo Zepeda, Eduardo Solórzano, El Indio, Julián Rodarte, El Vizcaíno, Silverio y otros muchos, que aumentarán en 1936.

Este último año, nuestros toreros preparan intensa actividad en plazas españolas. Armillita que tiene muchos contratos firmados, espera sustituir en bastantes corridas a Vicente Barrera, que ha anunciado su retiro. Garza y El Soldado tienen las mejores perspectivas y también aprovecharán puestos que dejará vacante el valenciano recién retirado. Carnicerito, Ricardo Torres, Fermín Rivera y una multitud de novilleros deberán actuar también en las plazas hispanas.

La reacción de los españoles, encabezados por Marcial Lalanda, presidente de la Sociedad de Matadores, y Valencia II, que ocupa otro puesto de importancia, fue impedir a toda costa la actuación de los mexicanos.[2]

Allí comenzó en realidad la reacción que devino conflicto, mejor conocido como “Boicot del miedo” y que Juan Belmonte lo calificó así luego de varios y desagradables acontecimientos, uno de ellos quizá el más escandaloso, ocurrió el 15 de mayo, día de San Isidro, en la mismísima plaza de toros de la capital española, cuando Marcial Lalanda se negó a torear con Fermín Espinosa Armillita, y a la cárcel no sólo fue a dar Lalanda mismo. También Juan Espinosa Armilla que defendió a su hermano Fermín de semejante afrenta. Así que para el 28 de junio un numeroso contingente de toreros mexicanos se embarcaba con rumbo a nuestro país, mismo grupo que arribó al puerto de Veracruz el 18 de julio siguiente, misma fecha en la que comienza “la sangrienta guerra civil que duraría casi tres años”, como sigue apuntando Humberto Ruiz Quiroz.

Y luego describe un interesante pasaje, que no pretendo omitir en estas notas:

Los toreros españoles se salieron con la suya de echar de su país a nuestros toreros; pero nunca pensaron que éstos saldrían ganando, pues de no haber existido el boicot, los hispanos que hubieran logrado salir de la Península, hubieran invadido nuestras plazas, donde seguramente hubieran actuado sin restricciones.[3]

El contexto histórico con el que Ruiz Quiroz permite acercarnos a un momento sumamente importante, sirve ahora para incluir los datos de otra célebre jornada, protagonizada por Lorenzo Garza y Luis Castro El Soldado, en Madrid.

En la temporada 1934, Lorenzo renunció a la alternativa, pues sólo había toreado tres festejos “en lo que sobró de temporada” y comienza su nueva etapa de novillero en Valencia. Torea en varias plazas, entre ellas Madrid; pero no logra la atención intensa de los aficionados hasta el 29 de julio, día en que alterna Cecilio Barral, pero además con su compatriota Luis Castro “el Soldado”, en la plaza de Madrid, entendiéndoselas con toros de Gamero Cívico. Tal fue la labor de uno y otro, que se organizan para los días 9 y 23 de agosto dos corridas, mano a mano los dos novilleros mexicanos, que llenas la plaza de público. No pudo éste sentirse defraudado, pues cada uno en su manera, y los dos en la del valor, hicieron alardes temerarios y llegaron a apasionar a la afición. El 5 de septiembre vuelve Garza a tomar o renovar su alternativa. Lo hace en Aranjuez, de manos de Juan Belmonte y con toros de don Ángel Sánchez, de Salamanca.[4]

Es el propio José María de Cossío quien detalla, en el caso del perfil biográfico de Luis Castro, lo ocurrido la célebre jornada del 19 de julio de 1934:

Al matar, así como los restantes de Gamero Cívico, el primero Cecilio Barral, fue cogido, quedando fuera de combate por aquella tarde. Quedaron solos los dos mexicanos y se entabló entre ellos tal emulación que el público, primero absorto y después entusiasmado, no cesaba de ovacionarles con entusiasmo. El Soldado lanceó con enorme variedad con el capoteo, banderilleó estupendamente, hizo unas magistrales faenas de muleta, y al matar, prescindiendo de la muleta, que tiraba a un lado, utilizaba el pañuelo para vaciar al toro en la suprema suerte. Sobre todo en su primero, en que la estocada quedó perfecta en lo alto del morrillo, muriendo el toro rápidamente, las vueltas al ruedo, y tuvo que saludar muchas veces desde los medios, varias de estas con Garza, que también toreó con gran fortuna. De aquí surgió una competencia entre ambos muchachos, y la organización de varias novilladas, ya acompañados de otro matador, ya solos, en que los billetes se acababan en la taquilla tan pronto como ésta se abría, con la suerte para los aficionados madrileños que en en ninguna de ellas defraudaron su interés.[5]

Pasados los años, y reanudadas las relaciones taurinas entre México y España, el intercambio y la presencia de toreros de una y otra nacionalidad en plazas de aquí y de allá fue una constante, acompañada como siempre, de ciertas y constantes desavenencias.

Para concluir, otro dato interesante. Corre el año 1955. Actuaban por aquel entonces en España Joselito Huerta, Miguel Ángel El Güero García, Antonio del Olivar, Jaime Bravo, Francisco Sánchez y Carlos Cruz Portugal. El 14 de agosto, comparecieron en “Las Ventas”, Jaime Bravo y Francisco Sánchez, quienes alternaron con Miguel Campos, lidiando una auténtica bueyada de Ignacio Sánchez y Sánchez y uno de Flores Albarrán. A pesar de ese aspecto en contra, Bravo y Sánchez se hicieron ovacionar con fuerza. Los detalles de uno y otro están rubricados por las imágenes fotográficas que hoy abren estas notas, mismas que dejan apreciar las razones por las cuales tuvieron el privilegio de torear en el primer ruedo hispano, mostrando así su “tarjeta de presentación”.

 [1] Humberto Ruiz Quiroz: “Cincuentenario de la Independencia Taurina Mexicana”. México, Biblíófilos Taurinos de México, A.C., 1990. 15 p. Ils., fots. (Lecturas Taurinas, 2).
[2] Op. Cit., p. 4-5.
[3] Ibidem., p. 6.
[4] José María de Cossío: Los toros. Tratado técnico e histórico. Madrid, Espasa-Calpe, S.A. 1974-1997. 12 v., Vol. 3, p. 351.
[5] Op. Cit., p. 184.

Los escritos del historiador José Francisco Coello Ugalde pueden consultarse a través de su blogs “Aportaciones histórico taurinas mexicanas”, en la dirección: http://ahtm.wordpress.com/

 

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