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La última corrida en la vieja Plaza de Toros de Madrid
Juan Belmonte, Alipio Pérez Tabernero, Joselito de la Cal y Antonio Iglesias, en el último festejo en la vieja Plaza. (El Ruedo)
M. López-Marín lo definía como "un episodio taurino histórico". Se trata de la última corrida que se dio el viernes 6 de noviembre de 1931 en la vieja Plaza de Toros de Madrid, "aquella Plaza de Toros tan íntima, donde desde las filas altas de un tendido --no tenía más que doce-- se veía parpadear al toro; aquella Plaza, que fué testigo de las épocas más brillantes del toreo. (…) Aquella Plaza que al caer abatida por el pico del albañil desconocido se llevó entre sus escombros tantas cosas buenas de toreros, ganaderos y empresarios". De aquella tarde fueron protagonistas don Juan Belmonte y los novilleros Antonio Iglesias, Félix Rodríguez II, Rebujima, Niño del Matadero, Joselito de la Cal y Palmeño II, con reses de Alipio Pérez Tabernero y de Aleas.
Actualizado 19 junio 2016  
M. López-Marín   

Para los aficionados que gusten bajar al redondel de los recuerdos, van dedicadas estas líneas. Para los que tienen más de cuarenta años, será́ un recuerdo sentimental. Para los que no han cumplido los treinta, un episodio taurino histórico, y para los que ahora andan a  gatas, como no saben leer, no será́ ni una cosa ni otra. Pero algún día puede caer en sus manos este numero de EL RUEDO, y dejaran satisfecha una curiosidad, La letra impresa... es una letra a la vista, que no vence jamás. Y como recordar es volver a vivir, vamos a vivir dos veces, lector de más de cuarenta años, con este recuerdo mío de ahora, taurino-sentimental; un recuerdo condensado en la última corrida que se dio en la vieja Plaza de Toros de Madrid, aquella Plaza de Toros tan íntima, donde desde las filas altas de un tendido --no tenía más que doce-- se veía parpadear al toro; aquella Plaza, que fué testigo de las épocas más brillantes del toreo, dicho sea sin ánimo de molestar a los presentes... Aquella Plaza que al caer abatida por el pico del albañil desconocido se llevó entre sus escombros tantas cosas buenas de toreros, ganaderos y empresarios. Aquella Plaza --¡ay, Señor !--, en la que se pudo ver a Joselito, Belmonte, Vicente Pastor, Gaona y otros “aficionadillos” parecidos por seis pesetas una primera fila de sombra. ¡Qué Plaza aquélla... y qué seis pesetas de mi alma!

El que os está entreteniendo ahora, no sé si para bien o para mal, presenció la última corrida en aquella Plaza, que recuerda en un amago sentimental y con un deleite amargo. Hace exactamente quince años, y más exactamente todavía: fué un viernes 6 de noviembre de 1931. Un día frío y desapacible. Mi recuerdo es tan preciso y tan exacto, que parece que fué la semana pasada. Las despedidas sentimentales quedan archivadas en nuestra memoria con toda precisión, y cuando necesitamos de ellas en el recuerdo, acuden con toda puntualidad y detalle. Aquel viernes 6 de noviembre de 1931 fué para mí una despedida sentimental. No quiero ocultaros que fui aquel día a la Plaza con una tristeza invencible, y así salí con las primeras sombras de la noche y con aquella tristeza que ya era congoja.

Si me permitís, voy a reconstruiros aquella tarde de noviembre de 1931 en que tuyo lugar la última corrida en la vieja Plaza de Toros de Madrid. Si no tenéis cosa mejor que hacer, continuad leyendo.

La corrida empezó a las tres de la tarde, hora solar auténtica. Estábamos en noviembre y había que empezar tempranito. Y a pesar de las precauciones horarias, el último toro se lidió con los focos encendidos.

Más de media entrada en la Plaza. Os repito que era una tarde fría y desapacible, y fuimos nada más que los cabales, taurinamente cabales. Gabanes, bufandas, guantes. Don Juan Tenorio dando gritos por los escenarios madrileños. Buñuelos de viento, castañas asadas por las esquinas. No era tarde de toros. Pero había que decir adiós a la Plaza de tanto abolengo taurino, y la Empresa organizó, organización sentimental también, una corrida contra viento y marea y frío. El cartel fué éste (¡atención a la historia taurina¡): dos novillos de Aleas, para el caballero rejoneador don Juan Belmomte. Sí, el mismo que vistió y cabalgó: Juan Belmonte. Y cinco novillos de Alipio Pérez Tabernero y uno de Aleas, para los novilleros Antonio Iglesias, Félix Rodríguez II , Rebujima, Niño del Matadero, Joselito de la Cal y Palmeño II .

Al aparecer Juan Belmonte sobre su jaca, el público, en pie, le ovacionó de manera tan cordial y calurosa, que Belmonte, curtido ya en tantísimas tardes de apoteosis, no pudo vencer su emoción. Y, mientras daba la vuelta al ruedo sobre su jaca, don Juan iba llorando. Lo recuerdo con toda precisión y exactitud. Iba llorando. Rejoneó a su primer novillo muy lucidamente, y echó pie a tierra y le dió tres pases de muleta tan puros y maravillosos, que los cimientos de aquella Plaza crujieron. Un pinchazo y media estocada. Se reprodujo la ovación, con vuelta al ruedo.

Y salió el segundo novillo de rejones, un Aleas negro, recortadito, nervioso, alegre. Belmonte le consintió, dejándole la jaca a merced de sus pitones; hizo varias pasadas sin poder clavar el rejón, hasta que una de las veces metió el brazo con tal ímpetu, que dobló el rejón. Entonces, don Juan se apeó de su jaca y tomó el capote. Ovación atronadora y una intensa emoción en la Plaza. En los tercios del 10 se fué al novillo con el capote plegado. Traje campero: zajones, chaquetilla de alamares, sombrero ancho... De esta guisa pisó el terreno del toro y le porfió gallardamente. Hubo una pausa magnífica. Y fué entonces cuando se produjo el momento de más intensa emoción de aquella tarde de noviembre fría y desapacible. El novillo se arrancó descompuesto, sin dar tiempo a Belmonte a vaciarlo, y lo cogió de lleno por el vientre, y prendido de los zajones se lo llevó de los tercios del 10 a los del 1. Allí lo dejó en el suelo, encogido y maltrecho. No pudo levantarse. Una emoción de angustia nos ahogaba a todos. Cuando recogieron del suelo a Belmonte, los zajones estaban deshechos, y el sombrero ancho, con el ala abatida... El torero de todas las épocas estaba mortalmemte pálido. No fué nada, por fortuna. Una ligera conmoción.  Pero allí se acabó da tarde taurina. Después fueron saliendo los novillos de Alipio Pérez Tabernero, que dieron buen juego, y cortaron orejas el Niño del Matadero, Rebujina y Félix Rodríguez II.

Al salir el último novillo se encendió el alumbrado eléctrico de la Plaza, me sentí notario y levanté este acta notarial del último toro lidiado en la vieja Plaza. Conservo el acta y la transcribo. Dice así: “El último toro fué de Aleas, se llamaba Aceituno, era negro, zancudo y recogido de pitones. Salió de los toriles a las cinco y diecisiete de la tarde. Le corrió a punta de capote el peón Torquito. Aceituno tomó tres varas de los picadores Anguila y Antonio Díaz. Le clavaron dos pares de banderillas Torquito, y uno Rafaelillo. Palmeño II le dio al de Aleas dieciséis pases y media estocada, y a las cinco y treinta (hora solar), doblaba para siempre Aceituno”.

He aquí el acta notarial del último toro que se lidió en la vieja Plaza de Toros de Madrid.

Fuente: El Ruedo, nº 106, Madrid, 4 de julio do 1946 

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